Arturo Ortega Morán

No sé ustedes, pero de pequeño tuve nada menos que al Cuco —o Coco— asustándome a cada rato. Cualquier leve atentado de mi parte contra la tranquilidad de los mayores era reprimido con un tajante: «¡Te va a llevar el Cuco!». Nunca me dijeron a dónde me llevaría y mucho menos me dijeron cuál era el aspecto de tan siniestro personaje; pero ni falta que hacía: mi imaginación se encargaba de darle un rostro cada vez diferente pero siempre tenebroso.

El Cuco —o Coco, como se le llama también en México y en España, de donde es originario—, lleva siglos como aliado de los mayores para «educar» a los niños en sus etapas más tempranas. Ya se le menciona en Cancionero de 1445, del español Antón de Montoro (ca. 1404-1483), que dice:

…tanto me dieron de poco
que de puro miedo temo,
como los niños de cuna
que les dicen ¡cata el coco…

No contento con asustar a los niños ibéricos, el Coco cruzó el océano y rápidamente instaló sucursales en la mayoría de los países americanos. Fue de este lado del Atlántico donde nació la variante Cuco. En 1929 el investigador cubano Fernando Ortiz propuso la interesante hipótesis de que pudo haberse originado de un sincretismo entre el Coco peninsular y el Kuku —nombre de un demonio africano del pueblo bantú—, que llegó a América junto con los barcos de esclavos.

Sobre el origen del Coco existen diversas opiniones. En 1611 el escritor español Sebastián de Covarrubias (1539-1613), en Tesoro de la lengua Castellana, dice: «Coco; en lenguaje de los niños, vale figura que causa espanto y ninguna tanto como las que están a lo oscuro o muestran color negro, de Cus, nombre propio de Can, que reinó en Etiopía, tierra de negros».

Por otro lado, algunos etimólogos piensan que pudo derivarse del griego kakos, que significa ‘malo, deforme’. Otros lo hacen derivar de la palabra griega kókkos, ‘grano, pepita’. En el DRAE, sin embargo, se dice que viene del portugués côco, y que se refiere al «fantasma que lleva una calabaza vacía, a modo de cabeza». Como podemos constatar, el origen de la palabra es incierto.

Además de asustar a los niños, el Coco le dio su nombre al fruto tropical de la palmera. En 1526 Gonzalo Fernández de Oviedo, en Sumario de la natural y general historia de las Indias, escribió:

El nombre de coco se les dixo porque aquel lugar por donde está asida en el árvol aquesta fructa, quitado el peçón, dexa tiene otros dos allí un hoyo, y encima de aquél hoyos naturalmente, e todos tres, vienen a hazerse como un jesto o figura de un monillo que coca, e por esso se dixo coco, pero en la verdad, como primero se dixo, este árvol es especie de palma.

¿Seguirá asustando el Coco? No lo sabemos. Ya está viejo, y los niños de hoy ya no son tan ingenuos. Además, es perseguido ferozmente por las nuevas corrientes educativas. A pesar de todo, no dudamos que los nuevos padres, al enfrentar los berrinches de los pequeños —para los cuales las técnicas recientes tienen otros «métodos»—, de pronto se sientan tentados a solicitar los servicios del viejo Coco. Y duérmete niño / duérmete ya / que viene el Coco / y te comerá…

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 En nuestro español significa ‘¡mira al coco!’.

El Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas, dice que «al “fruto del cocotero” le dieron este nombre los compañeros de Vasco de Gama en la India en 1500 por comparación de la cáscara con ojos y boca, como la de un Coco o fantasma infantil».

 En el Corpus diacrónico del español —cordE— (1526).

 Fragmento de una de las canciones de cuna más conocidas que versan sobre el Coco, la cual se canta con la melodía de la canción «Rock-a-bye Baby».

Boletín

El libro de las letras

De pequeños nos hicieron aprendérnoslas y las utilizamos todos los días para decir las cosas más chistosas, groseras, inteligentes, tontas o cotidianas. Sin embargo, pocos saben de dónde vienen, cuál es su historia, por qué tienen la forma en que las conocemos y un sinfín de detalles que les dan tanta vida. El libro de las letras —de la A a la Z, y no es diccionario— es la forma en que Algarabía editorial rinde un homenaje a esos diminutos —y aparentemente insignificantes— signos que nos permiten comunicarnos.

Éste no es un libro de filología. Más bien nos cuenta cómo fueron evolucionando las grafías de las 27 letras del español, así como de los dos dígrafos —Ch y Ll—, que durante tanto tiempo han hecho tanta alharaca y generado polémica acerca de si son en sí mismos letras o no.

En esta entrega, de la Colección Códex, se le ofrece, querido lector, un ameno acercamiento a la letra como personaje, como abstracción, como célula de la imaginación y la creación. Sea usted bienvenido a esta historia llena de onomatopeyas, risas, palabras, expresiones y exclamaciones, todas ellas escritas tan sólo con 27 caracteres.

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