La palabra droga, por nuestro contexto sociocultural, de inmediato se asocia al concepto de “adicción” –en el más indulgente de los casos–, “vicio” o, incluso, “delincuencia organizada”. Droga es una palabra que, de acuerdo con el diccionario etimológico de Joan Corominas, es de origen oscuro, que en castellano parece provenir del norte de Francia. Tal vez proceda de la palabra celta que significa ‘malo, de mala calidad’ –bretón: droug, galés: drwg e irlandés: droch–, que se habría aplicado a las sustancias químicas y a las mercancías ultramarinas en el siglo XV. Según el Diccionario de la Real Academia Española, proviene del árabe a rúka, que significa ‘charlatanería’, pero parece poco probable. María Moliner la registró en su diccionario como “cualquier sustancia que se prepara y vende para cualquier finalidad: usos industriales, para pintar, limpiar, etcétera. Particularmente, cualquier sustancia natural o sintética que se emplea en medicina, especialmente las de acción enérgica”. El Diccionario del español de México adoptó esa acepción con algunas variantes y actualmente también la registra como “deuda, a veces la que no se puede pagar”.

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