Antonio Madrid*

La Sierra Norte de Puebla se caracteriza por su clima frío. En primavera y verano regularmente la temperatura no rebasa los 24 grados. Su temperatura promedio durante el año es de 16.5 grados. Cuando ocasionalmente ha llegado a alcanzar los 30, las personas, sorprendidas, les da por murmurar en los cafés, en las calles y en cualquier lugar que se encuentran: “Pa’ su, que calor está haciendo, parece horno”. O “No marches, no se aguanta el calor”. La alarma cunde de tal manera, que no han faltado algunas mujeres muy devotas que santiguándose con auténtico espanto, han llegado a asegurar que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, confundiendo el atípico clima con uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis y cosas por el estilo, aunque nunca falta el otro que exclame con sabiduría salomónica, rebatiendo de manera contundente cualquier otro argumento expuesto anteriormente: “Nunca estamos contentos, cuando hace frío, porque hace frío y cuando hace calor, porque hace calor”.
Cuentan los lugareños que una vez, a principios del siglo XX, hizo tanto calor que tuvieron que sacar a peregrinar al santo patrono del lugar, conocido como Santo Entierrito, por las calles del pueblo para que lloviera. Fue algo tan insólito, que aún se conserva en los anales de la historia local como un episodio digno de comentar, en cambio no existe algo parecido referente a un capitulo que hable del frío, lo que viene a reafirmar lo antes expuesto acerca del clima serrano.
Esta vez, para no variar hacía frío en la Sierra. Aunque también hay que decirlo en estricto apego a la imparcialidad, que en esa ocasión el frío también era atípico, sobrepasando los índices conocidos por todos.
Como era de esperarse, la gente comentaba en los cafés, en las calles y en cualquier lugar en el que se encontraba: “Pa’ su, que frío está haciendo, parece refrigerador”. Por eso a Melquiades no le sorprendió cuando su amigo Sostenes le avisó a través de Facebook que mejor se suspendiera la caminata diaria que ambos hacían por las calles del pueblo, con el encomiable objetivo de ejercitar el cuerpo, aunque en realidad lo hacían porque no tenían otra cosa que hacer por las mañanas, al igual que a mediodía y también por las tardes, aunque por alguna razón que no vendría al caso abundar, preferían hacerlo al comenzar el alba.
-¡Estas huevón mi Sostenes!
-No carnalito, tengo nueva alumna mañana. Además, tengo visita esta noche –Sostenes era profesor de inglés–.
-¡Picarón! ¡Pronto entrarás en calor entonces!
-No carnalito, no es visita marital.
Ambos rieron por la ocurrencia.
Así pues, se suspendió la caminata del día siguiente.
En las caminatas mañaneras, que religiosamente iniciaban a las 7 de la mañana, ambos personajes agarraban camino sin rumbo fijo. Unas veces llegaron a ir por la colonia El Paraíso. Otras por el centro. Otras más por algún camino a las afueras de la población. En una ocasión, Sostenes, que era una lumbrera para eso del capitalismo, engatusó –nótese la paradoja– a un perro callejero que lo siguió hasta su domicilio donde lo ató con un laso y tras algunos días logró venderlo para obtener el sustento de algunos días.
Durante las caminatas, mientras músculos y tendones iban agarrando calor con el ejercicio, largas y a veces acaloradas discusiones se protagonizaban entre ambos, con temas tan diversos y a veces contrapuestos unos de otros como economía, música, política, idiomas, medios de comunicación, feminismo, machismo, religión, ateísmo, deportes, costumbres y tradiciones, filosofía y mil cosas más. Se podría decir que la caminata era solo el pretexto para entablar las dichosas conversaciones.
Como ya se ha dicho, ambos personajes no eran muy dedicados a su trabajo que digamos, por lo que tenían suficiente tiempo para investigar y conocer de muchos temas, algo que un sujeto que se dedica a cierta actividad de tiempo completo, difícilmente podría hacerlo. Incluso, acostumbraban que llegando a su casa, cada uno investigara acerca del tema abordado por la mañana, para al día siguiente retomar el debate con mayores argumentos.
Hay un dicho de las abuelas: “Todo sabio es, a fuerza, huevón”. Desde ese punto de vista, Sostenes y Melquiades habían acumulado una sabiduría aceptable.
Amigos como eran, cabe decir que Sostenes y Melquiades sabían también la vida completa uno del otro. Sus costumbres, sus fobias y sus filias, sus defectos y virtudes. Su amistad era tanta, que llegaba a rayar en la fraternidad.
Por eso, cuando esa noche conversaron a través de la red social de moda y Sostenes suspendió la caminata, había comenzado para Melquiades –sin saberlo– el inicio de una tragedia muy personal.
Lo supo cuatro días después, una vez que el frío había cesado, un frío que alcanzó los cero grados. Un frío que causó hipotermia a Sostenes, quien murió acurrucado, como buscando huir del frío, al igual que en vida había buscado huir de la vida misma, huyendo siempre de todo y de todos.
Murió solo, como solo había vivido la mayor parte de su vida, pese a los dos matrimonios que le habían arrojado dos hijos –una y uno–. Solo. Solo. Completamente solo, acurrucado en su cama, en posición fetal, en su cuarto de azotea, sin más compañía que su radio, que le seguía hablando imperturbable, sin saber que ya no lo escuchaba.
Melquiades no lo podía creer. Y se reprochó no una, sino 22 veces el no haber ido a buscar a su mejor amigo para cobijarlo con una frazada y arrebatárselo a la muerte, esa muerte, que quizá llegó en forma de mujer, como Sostenes lo había mencionado la última vez que pudo teclear, porque, conociéndose como se conocían, Melquiades había sabido desde el principio que esa mujer nunca había estado ahí. Es más, que nunca hubo una mujer, que si alguien llegó a estar con Sostenes la noche de su muerte, fue un ente parecido a una mujer, pero no una mujer de carne y hueso.
¿Porque te fuiste cabrón?, cuentan que vieron a Melquiades gritar con voz ahogada afuera de su casa, mirando al cielo, ocho días después de la muerte de su mejor amigo, como reprochándole por haberlo abandonado, cuando bien sabían los dos que había un pacto no escrito para acompañarse a cualquier parte que fueran.
La respuesta, como era de esperarse, no llegó nunca, pero dicen que en las noches en que el frío es aún más intenso que de costumbre en Huauchinango, si se fija uno bien, ahí, medio escondido entre las penumbras, aún puede verse a Sostenes con una manta encima en el balconcito de su azotea que da a la calle Hidalgo, esperando ver pasar a Melquiades para decirle que lo perdone por su partida, pero que si él gusta y tiene tiempo, irán juntos a donde sea.

*Originario de Huauchinango, Puebla, es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa; ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna

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