Dos latidos

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Óscar Baños Huerta*

En su mano latía un corazón pequeño y nosotros sabíamos por ello que estaba acompañada, que no venía sola al mundo; su piel translúcida dejaba apreciar por unos momentos un manchón rojizo que se movía rítmicamente como un reloj. Se dijo por lo bajo, que no era bueno que aquello lo supiera la gente, que era mejor mantenerlo en secreto, no fuera que se convirtiera en causa de envidias y maledicencias.

Después de lavar el cuerpo con agua tibia, de revisar que estuviera completo y que no le sobrara nada, nos dirigimos al patio, fumábamos, platicábamos de cualquier cosa, la cosecha, las lluvias que este año se dejaron sentir con furia, el río gigantesco como serpiente hambrienta devorando animales y casas; sin embargo, a pesar de ser muchas nuestras preocupaciones, ninguno de nosotros dejaba de pensar en aquella mancha roja palpitando debajo de la mano izquierda de la niña.

Como su padre, me incomodaban las miradas de lástima con que me cobijaban los amigos y familiares, uno de ellos, el más cercano, mi compadre Adolfo, prefirió salir alegando que tenía que reforzar su corral, no fuera a ser que el temporal lo arrancara como lo había hecho hacía tres noches; ahí me quedé yo, solo en medio de esos hombres que mientras platicaban de la lluvia y el viento imaginaban no sé qué cosas.

Por fin llegó la noche, se dejó caer como atarraya, de repente, sin avisar, cuando nos percatamos ya estábamos cada uno en su capullo de oscuridad, bien envueltos por la cobija de sombra; me sentí seguro, descansé la vista cerrando los ojos, mi quijada trabada por la tensión y la vergüenza descansó también, se armó el silencio, un silencio que si bien era incómodo, me servía de protección contra preguntas malintencionadas y no del todo claras.

Cuando se dieron las cuatro de la madrugada, la llovizna que estuvo cayendo interminablemente desde el cielo cesó de repente, sacándonos de nuestro letargo, algunos vecinos se fueron, otros más empezaron a impacientarse y supe, por el movimiento de sus cuerpos, que buscaban una excusa para marcharse.

Sé que les incomoda mi presencia, que a pesar de que me saludan y me invitan a tomar cerveza con ellos como si fuera uno más, nunca me han aceptado del todo, sienten que les robé algo que les pertenece, que cuando llegué a este lugar de caminos polvosos y zancudos nada bueno podría traer mi presencia; yo, sin embargo, nunca me sentí mejor que en este sitio; finalmente me casé con ella, sus padres aceptaron no de muy buena gana, los conocidos asistieron a la ceremonia como lo marca su rígida etiqueta, hubo regalos, buenos deseos, dudas y acabaron por casi aceptarme.

Hasta hoy, que ya no existe un lugar en el que me esconda, pues la niña ha nacido con algo que está vivo y es ajeno dentro de ella, tiene la marca de la guerrera, eso en una hembra es poco menos que una maldición. Se bautizará sin que ello sirva para nada, se le pondrá nombre cristiano, irá a la escuela con los otros niños, atenderé sus fiebres, diagnosticaré sus males como lo he hecho con la mayoría desde el pequeño dispensario médico que es mi refugio. Nada cambiará.

Tendrá un espacio dentro de la comunidad, será parte de las fiestas, pero la otra la estará esperando en el monte y no tardará en llamarla, se acercará a nuestra casa por las noches y marcará con orines el patio, enmudecerá a los perros con su arte y mi niña acudirá sin que lo sepamos, sin que podamos impedirlo, hasta que no haya nada que hacer más que dolerse en silencio.

Es la segunda noche y ya la piel de su cuerpecito ha perdido aquella transparencia, el mal se ocultó dentro, solo los que saben, los que están maldecidos de igual modo, podrían percatarse de aquel eco que rompe la melodía de su pulso, aquella cacofonía hipnótica que la llamará tarde o temprano, que la alejará de nosotros, de la vida real y partirá en dos su existencia.

Pero el miedo nos hace más valientes también, después de paralizarnos nos aclara la mente y deja que ideas que en otras circunstancias serían absurdas suban a la superficie, salgan a flote y nuestras manos, piernas, ojos y todas las partes de nuestro cuerpo que deban hacerlo trabajen juntas para que esos pensamientos tomen forma definida.

Es tan bonita mi nena, no llora ni por las noches, su manera de anunciar que es necesario cambiarla o que tiene hambre es un débil ronroneo, duerme el resto del tiempo acurrucada, casi no abre los ojos, cuando lo hace, un brillo ámbar asoma entre sus párpados. Tomo su bracito, es tibio, suave, contrasta con la aguja fría y rígida; le administro primero tiopental, un anestésico para evitar cualquier señal de dolor, luego viene un paralizador llamado pancuronio, su respiración se detiene lentamente, al final, cloruro de potasio y sus latidos, ambos, callan por fin.

En el camposanto, entre lágrimas y flores escandalosas, los hombres se me acercan, me abrazan, me dan el pésame, y aquella carga que doblaba mis lomos comienza a aligerarse, a desaparecer, sus rostros están tranquilos, me aceptan.

*Nació en Pachuca. Ha participado en revistas de divulgación cultural dentro del estado de Hidalgo. Fue becario de letras por parte del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo en 2010. Ganó el primer lugar en el 24 Certamen de Composición Poética “Orquídea de plata”, en julio de 2010. Fue columnista y articulista de la revista Chispas para Encender Ideas del Consejo Nacional de Fomento Educativo. Su libro Orígenes e historias obtuvo el Premio Internacional de Cuento, Mito y Leyenda “Andrés Henestrosa” en 2013, que convoca la Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca. El Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo publicó su libro de cuentos cortos A ras de lona en 2015. El Programa de apoyo para las culturas municipales y comunitarias (Pacmyc) aprobó el recurso para la publicación de su libro Los señores de la tierra en 2017. Palabras viajeras, su último libro, fue publicado en 2018.

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