Trigésima segunda parte y última

Pasado el mediodía se veían gentes en esas alturas de la perdición, “lentas, desgastadas, despeinadas, dolientes de excesos aparecían asomándose desde sus aposentos”, unas sacaban amorosamente sus macetas de delicadas plantas, otras acomodaban frágiles jaulas en las que tenían consentidos pájaros, las ya despabiladas zarandeaban cobijas, ropas, cajas, agitaban y vaciaban ahí en la calle el contenido de bacinicas, limpiaban y sacudían braceros, desaguaban el lebrillo paradas o sentadas frente a la cortinilla que resguardaba su intimidad. Se acompañaban por despensa o alimentos, terminadas sus labores domésticas arregladas fumaban Alitas o Raleigh “esperando la llegada de los primeros marchantes”.
El día pasó y terminó conociendo del informe de Rosell de la Lama que, sin ser pachuqueño ni hidalguense, había ganado la gubernatura por compromisos de la elite política del país relacionada con el presidente de la nación López Portillo. El arquitecto en su recorrido político previo a su elección, en los “baños de pueblo” en donde dado su folclorismo le apasionaba “revolverse con la pelusa” así lo dijo, ahí conoció de la red de corrupción que por más de 50 años se había urdido e implantado en la villa de Pachuca, como un gran teratoma con manos, pelos y formas sanguinolentas, crecía alimentado por infinidad de parásitos funcionarios, propietarios de licencias, cantinas y puticlubs. Eran taberneros, dueños de tugurios, madrotas, padrotes tratantes de mujeres blancas y negras, prostitutas, sirvientes que guardaban celosos el interés de promotores –enviciadores– vendedores de alcohol y cerveza representantes de grandes compañías.
En el antiguo real de minas al siguiente día parecía venir otra soleada mañana de la primavera de 1984, iniciada allá por la cañada de Texinca a espalda del añejo cerro de La Rabia. Los árboles del virreinal jardín Constitución apenas oscilaban, se percibió un susurro inusual, un extraño ajetreo sucedía desde las 6 horas por el vetusto edificio de “los morongueros” o “Sangre Preciosa de Jesús” de la Asunción, estaba presente el “comandante Pedro”, como era conocido el vigilante y asistente del viejo edificio de la presidencia municipal, ese del que había sido despojado en el siglo XIX el prestamista ruso-polaco Lambert dueño de fundos mineros del prístino Real de Minas de Arriba. El oficial ya había apartado una larga fila de lugares para el estacionamiento de funcionarios que misteriosamente habían sido citados por el presidente municipal el día anterior.
Desde hacía unas horas, en el informe del gobernador Rosell, habían conocido de un murmurante rumor, de una decisión del Ejecutivo en la que, “de un tarascazo y hasta el fin” emprendía acciones concretas para desterrar del centro del mineral los vicios, innobles negocios y corrupción fuertemente enquistados en el cerro de El Lobo o de Las Coronas. Como hormigas amontonados al círculo del alcalde se encontraban los sorprendidos y desmañanados funcionarios; el jefe de limpias, el secretario general, el ingeniero Melo director de Obras Públicas con su equipo que con antelación habían levantado censos de habitantes, alistó maquinaria con fuertes retroexcavadoras y preparó camiones llenos con arena y grava. Ahí estaban el tesorero, el oficial mayor, el juez del registro civil…a la voz “todos sin que ninguno se separe salimos en este momento allá arriba” a la zona del vicio y la prostitución “es una orden del señor gobernador hoy, ahorita a clausurar” todos los tugurios de Gómez Farías, calles y callejones aledaños.
El encargado de la obra pública acató las órdenes desde la madrugada dirigiendo camiones cargados, asegurando el traslado de la maquinaria en accesos y salidas. Desde El Jacalito, donde alguna vez se oyó cantar a Chavela Vargas muy drogada y borracha, fueron cortando el suministro eléctrico, interrumpieron el servicio de agua potable, destruyeron drenajes, otros iban levantando el pavimento con la “mano de chango” y descargaron en los accesos camionadas de arena y grava. Acompañados por la fuerza pública, patrullas y policías bien uniformados, muy a su pesar llegaron a las alturas los funcionarios, desfilando también en procesión, colocaron sellos de clausura en todos esos tugurios, emborrachaderos, cuartuchos, puticlubs, cantinas y desplumaderos.
La mañana junto con el ambiente comenzó a calentarse, avanzaban con los sellos, aumentaban los ruidos de las máquinas que golpeaban el pavimento, surgieron aguas malolientes y limpias que inundaban haciendo arroyos de lodo. Los emblemas de clausura los pegaron hasta en vecindades con habitaciones familiares de donde aparecían asustados y adormilados vecinos a enterarse del argüende. De las mazmorras permanentes de muchas prostitutas, lugar de trabajo, que era lo que tenían por morada, salían con lágrimas y berridos arrastrando sus ropas, jalaban el bracero, cargaban el lebrillo aún con “agua de coco”, la bacinica, las plantas, las jaulas de pájaros, los trastos, iban abrazando sus santitos.
En la calle Gómez Farías, antes de la esquina con Federico Gamboa, por El Centenario se escuchaban los casi aullidos de un grupo de prostitutas con discapacidades. Estas y las otras en su letargo percibían el eco que traía el viento de las faldas del cerro de Las Coronas, apenas si entendían y distinguían las letras de infinidad de canciones de la noche “…por qué te fuiste mujer como un sueño fugaz…” aún escuchaban voces de los embrutecidos asistentes a El Pigalli que gritaban a la encueratiz de la variedad “¡Aní Reidy!” “…no te apartes del camino bella luz que me ilumina ¡oh gitana mi nocturno de pasión!” “Yo me enfrente al destino buscando tu cariño, y afortunadamente al destino gané”, “yo sé que eras ajena, que sigues siendo ajena, y sé que algún día cercano te tengo que perder”.

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