Aquella mañana se levantó a la misma hora de siempre, pero se sintió extraño nomás abrir los ojos. Se palpó la cara, luego los brazos y el cuerpo. No le dolía nada. Incluso, después de hacer sus ejercicios matutinos tampoco había dolor. Sin embargo, seguía con la sensación de que algo en él no estaba bien del todo.

Vivía solo, en una casa de campo apartada de la gran ciudad. Su vecino más próximo se encontraba a varios kilómetros de distancia. Tampoco tenía Internet o teléfono o cualquier aparato de comunicación que lo conectara con lo que denominaban el mundo, aunque para él eso no era más que un abuso del lenguaje.

Era escritor, al menos le gustaba definirse como tal, pues amaba las palabras más que a nada en el mundo. Había publicado una novela hace 10 años en una pequeña casa editorial. La edición había sido solo de 100 ejemplares y él la había pagado completamente. Solo se había vendido uno, a él mismo, y el resto yacía en una caja de cartón en el sótano.

El fracaso de aquel vástago prematuro no le hizo perder ni un ápice la vocación de novelista que tenía. Formaba parte de su ser de una forma tan enraizada que era imposible extirparla sin causarle un daño irreparable. Afortunadamente, la herencia que había adquirido de sus padres era suficiente para sustentarlo.

Inició su trabajo después de ducharse y desayunar. Las palabras surgían de una manera precisa y fluida. Sin ningún esfuerzo los dos personajes hablaban de algo trascendental. Él y ella se complementaban de una manera maravillosa, como si la naturaleza de su relación floreciera a cada instante en una unión perfecta; en la cual se producía, en forma de crisálida, la simbiosis de la dualidad.

Nunca se había entusiasmado tanto con su labor, nunca se había llenado tanto de orgullo de sí mismo. En esos momentos se sentía en la cima de su creatividad y en la plenitud de su ser.

En el asombro de su propio espíritu pasaron las horas, persiguiéndose las unas a las otras en su afán destructor del día. Al levantar los ojos de la máquina de escribir, la oscuridad era total, absoluta en su negrura sin sombra.

Encendió una vela y se puso a leer lo que había escrito. La perplejidad lo llenó por completo. Quedó estupefacto ante su obra. Entonces supo cuál era su dolencia. Tiró las hojas escritas al cesto de la basura y silbó una canción aprendida de niño, aunque solo sonó en la fría noche una frase helada mil veces repetida.

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