Recordaba su niñez mirando aquellos campos donde había jugado tanto, casi desnudo, con su más fiel y antiguo amigo, Benjamín. Con todo lo que había logrado en la vida y a su edad sentía nostalgia. Los años no perdonan a nadie.

Se alejó un poco del carruaje de su joven esposa. Su corcel no deseaba otra cosa para descansar del cansino paso al que le obligaban. Aquellos breves pasos de distancia adquiridos repentinamente no fueron percibidos por su dama, animada por la conversación del joven y atractivo teniente González, quien viajaba con su encantadora mujer como invitados del acaudalado.

Al anciano se le llenaron los ojos de lágrimas a ver detrás de un gran encino la charca donde pescaba y se bañaba con su amigo. Su memoria le llevaba a aquellas risas inocentes y llenas de esperanzanas.

No sabía entonces que el cumplimiento de estas era el fin de toda inocencia. Si al menos tuviera los oídos fieles de Benjamín para contarse su historia y aliviarse el alma, pero su amigo hacía tiempo había desaparecido sin dejar rastro.

Se acordaba perfectamente que fue en aquella charca, pescando, cuando le propuso la loca idea de embarcarse de polizones en un carguero, con rumbo a Panamá, que llevaba suministros para la construcción del Gran Canal.

Como esperaba, conociéndolo, Benjamín se negó a abandonar su hogar y él tuvo que irse solo a labrarse su fortuna, sin ayuda de nadie. Muchas veces en el trayecto quiso volverse, pero no lo hizo y ahí estaba para dar cuenta de lo mucho que había conseguido, al menos quería darse ánimos con esas palabras mundanas.

Él sabía que lo obtenido era pura apariencia, que las riquezas no valían ni el tiempo que costaban en conseguirlas, que solo eran humo de vanidad con un valor insignificante, que no alcanzaba al de la hoja un árbol o al salto de una rana.

Si su amigo estuviera vivo estaría por allí. Se alejó un poco más y encontró la vieja casa de los criados que ya no se utilizaba. Dejó enlazado el caballo en un árbol y caminó hasta la casita en ruinas.

Entró en ella para recordar su pasado y el pasado se presentó en él para recordarle su presente. No podía creer lo que estaba viendo, pese a los años transcurridos como iba a olvidar aquellos ojos tan puros que seguían ahí.

Se acercó, lo abrazó, lo llenó de besos. Bendijo a Dios por aquel don tan especial que le había concedido. No pudo hablar, tantas cosas por decir y ni una palabra salía de su boca.

Empezó a sentir la boca seca y luego a ahogarse. Estaba tan contento de morir así, en la más pobre de las casas y junto a su amigo. Eso redimía todos sus pecados. Se fue dejando ir poco a poco mientras Benjamín le cantaba al oído una vieja canción de pescadores.

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