Rubén Gil

El presente año es un año especial por su carácter simbólico. Esta columna ha buscado surgir precisamente con las primeras inhalaciones de 2017, porque se cumplen 100 años de la firma más poderosa del siglo pasado en cuanto al arte –aseveración que debe valorarse como la de un consumidor cultural enamorado de lo que consume, no se vaya más lejos–, aquella que distanció el arte contemplativo, o “retiniano” en palabras de Marcel Duchamp, del arte como ejercicio intelectual, ese que hoy en día sigue con tanta fuerza ejerciéndose a lo largo y ancho del mundo y que podría ser, desde mi perspectiva, el paradigma vigente, una convención ya centenaria para el día de hoy.
Así es, el señor R Mutt tuvo a bien hace 100 años, tomar un objeto de uso cotidiano, invertirlo de su posición adecuada y firmarlo para proponerlo como obra de arte, es decir, tomó al objeto (un urinario o mingitorio, como guste usted llamarlo), lo inutilizó y lo hizo arte. Si a usted le parece extraño lo que le describo, no se preocupe, la mayoría de las personas que leerán estas letras pensarán igual que usted; por otra parte, si a usted le parece conocido lo que describo, no se emocione, muchos deben haber leído o visto una imagen acerca de ello, recuerde, fue hace un centenario, de la época en que la palabra “vanguardia” se podía entender por su origen bélico y la manera en que se peleaban las guerras.
Ahora, para dejar de confundirlo, seré concreto. Marcel Duchamp, un reconocido artista francés de principios del siglo XX, tomó un urinario y lo descontextualizó, es decir, tomó un objeto de uso cotidiano y le quitó su función, en este caso lo invirtió de manera que ya no pudiera funcionar de acuerdo con las necesidades por las que el fabricante lo había facturado, a este acto de inutilización del objeto se le llamó ready made y en español le llamamos objeto encontrado. Si para usted este acto parece absurdo, está en lo correcto y déjeme decirle que para estas fechas también lo absurdo ya es una tradición en el arte.
Así entonces, Duchamp, tras tomar el urinario, lo bautizó como “La fuente”, lo firmó como se firma toda obra de arte, pero lo hizo con un seudónimo –el nombre del fabricante– y lo envió a un concurso en donde él –Duchamp– era jurado.
¿Para qué hizo eso el señor Duchamp?
Muchos suponemos que lo hizo para mostrar que el valor del arte se encuentra en la idea, estableciendo que el artista puede dar uso de objetos no fabricados por él para generar significados, así como un pintor –y esto lo digo yo– hace uso de objetos fabricados por otros como modelos para generar imágenes que signifiquen algo cuando se relacionan dentro de un cuadro.
Si lo pensamos, sin prejuicios, no es muy diferente del arte de todos los tiempos, solo pasa como en la vida, cambia la tecnología, cambia la técnica.

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