Tengo el alma dada.
Me gusta dejarme llevar por lo que me dice el cuerpo, procuro hacerle caso cuando me dice por dónde ir. Proyecto una idea, la establezco como meta, pero para materializarla intento dejar fluir el movimiento en mi cuerpo, jugando a no detenerme y dejarme pensar.
Imagino a la par que uso el cuerpo para objetualizar mis ideas; procuro ser un autómata. Hacerlo así me hace sentir el dadaísmo en el cuerpo, suelo decir que “tengo el alma dada” para que sea un juego de palabras cursi y equívoco.
Como ya había escrito en el texto de la semana pasada, el absurdo es ya una tradición en el arte y esto tiene mucho que ver con las ideas revolucionarias de la modernidad.
Ahora, para que usted pueda entenderme, lo llevaré a Europa, en su época entre guerras, principios del siglo XX, un lugar en donde algunas personas cuestionaron su contexto cotidiano, vieron a través de la tecnología, las artes y la ciencia una posibilidad de cambio. Con el tiempo, a este acumulado de diferentes grupos de personas se les denominó “vanguardias artísticas”, por ser personas que se les consideraba adelantadas a su época, es decir, aquellas que marcaban las nuevas posibilidades de hacer cosas. Dentro de estas vanguardias se encontraban diversas tendencias del arte, de las que seguro usted ha escuchado, como el cubismo, impresionismo o surrealismo.
El dadaísmo también fue parte de estos movimientos, este grupo de personas, entre otras cosas, se preguntaba cómo era posible que siendo seres racionales se provocaran tantos males entre sí, encontraba obsoletas las reglas del mundo occidental que dictaba cómo debía ser la vida, el arte, la intelectualidad y abogaba por el cambio en la vida por medio de lo absurdo e irracional, en verdad, no le miento, de algún modo podríamos decir que este grupo dedujo de manera racional y lógica, que si este mundo y sus tragedias habían sido construidos bajo el estandarte de la razón, lo adecuado sería cambiarlo por medio de lo contrario.
¿Y por qué dadaísmo?
Pues hay varias versiones sobre el origen del nombre, al parecer tiene que ver con un caballito de juguete en francés, pero la verdad a mí me gusta la historia que cuenta cómo se tomó un diccionario, se cercenó con un cuchillo que calló en la onomatopeya de los bebés “dada”, de esto no sé si sea cierto, no recuerdo dónde lo leí y ni siquiera sé si me lo he inventado yo, podría estarles mintiendo, pero como siempre he dicho, de lo que me cuentan prefiero las mentiras interesantes y divertidas a las verdades aburridas y comunes.
No me crea, sea dadá, porque como escribiría Tristan Tzara: “Dadá duda de todo”.

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