Rubén Gil

Bienvenidos sean todos ustedes a este espacio temporal y periódico de aproximadamente 2 mil 500 caracteres, mismos que bajo el nombre de “El acto inútil” buscan hacerle saber del arte y sus relaciones con la sociedad de varios tiempos, desde la perspectiva provinciana de quien nutre estas letras. Si usted parece extrañado por el titulo que lleva la presente columna, no se preocupe, ahora le cuento.
La idea de la inutilidad me ha dado diversas experiencias a lo largo de la vida, recuerdo a muy temprana edad la frustración al no aprender a recortar bien con mi mano zurda y que a esta la quisieran amarrar para arreglarme lo descompuesto, que el profesor de la estudiantina en la primaria sin enterarse de mi zurdes me considerara negado para la música, porque, instintivamente, yo siempre tomaba la mandolina al revés. Luego, la dulzura con la que los amigos de la infancia discutían aguerridamente para que su servidor no les tocara de compañero en la cascara callejera, obviamente por mi extraordinaria habilidad para rebanar el balón; por otra parte, también se me alimentó con la culpa de haber obtenido por genética la inutilidad paterna que ni siquiera tuve la oportunidad de seleccionar, pero bueno, uno crece creyendo que en algún momento tomará ritmo, habilidad o cambiará de cuerpo por algún hecho científico o milagroso.
La verdad es que eso nunca pasó y no sé si pase; y, para serle honesto, la pubertad y primera juventud lo empeoró, pues ningún oficio, trabajo u ocupación proyectaban en mí un futuro luminoso. La carga de saberme inútil se hacia cada vez más normal, no más ligera, pero sí aceptada ya sin rechistar.
En una de esas y tras tropezar por la albañilería, talabartería, en gasolineras, cafeterías, despachando fichas en videojuegos, rentando películas de ficheras, cortando tickets en un cine pornográfico, sacando copias y descargando botes de camiones –que a decir de mis amigos fue la primera que gané dinero de la pintura– fue que encontré el camino para profesionalizarme, decidí entrar a la universidad.
La he librado, pensé, he encontrado el camino…
Entonces vinieron de nuevo y me dijeron las clásicas palabras, el cliché, ese discurso que parece ha sido aprendido en las últimas páginas de La Biblia, el glosario de las predicciones de Nostradamus o el manual de Carreño. Me mataron de hambre, me llamaron bohemio, rebajaron mis deseos universitarios a hobbie, pero sobre todo reafirmaron mi inutilidad.
Tras mucho malestar y con el pasar del tiempo, me di cuenta que tenían razón, lo asumí y me enorgullecí, era un ser inútil, de actos inútiles, generador de objetos inútiles, me había convertido en artista…

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