Y esa noche mi casa se convirtió en un río que silenciosamente empezó a bajar por las escaleras y poco a poco las convirtió en cataratas. En olas de mar mudo que empapó algunos libros y puso a prueba a mis sirenas de trapo, de barro y de papel maché. Charcos que ahogaron una de mis pantuflas y la suma de una gota, 10 gotas, 100 gotas en la cabeza de mis vacas de peluche.

Mi hijo fue el que advirtió el naufragio hogareño, qué feo despertar con tu cama convertida en isla. El agua seguía saliendo sigilosa y no paraba, la fuga venía de nuestro baño recién cambiado y estrenado. Nunca descubrimos de dónde brotaba el agua, pero cerramos todas las llaves, tapamos los agujeros poco solidarios, los tubos traicioneros, amordazamos a la regadera y torturamos a nuestro tinaco, nadie, ninguno se quiso declarar culpable. Y como Cenicienta empapada junto con mis dos príncipes bellos y airosos tomamos trapeadores, jergas, mi bata vieja de baño, jaladores, esponjas, estropajos, mechudos y despeinados.

Qué triste ver tanta agua desperdiciada, me recordaba a mí misma cuando ofrezco mi amistad a esa gente que después por envidia o traición me decepciona una y otra vez.

Qué cansado exprimir una y otra vez, recordaba todas las lágrimas derramadas en cada momento triste, en cada hora solitaria, en esa desolación que llega en noches de insomnio o en la voz de una mujer ausente de total sororidad.

Qué frustrante ver correr tanta agua por mis dedos como esas historias donde no ocurrió lo que deseabas, donde pasó lo que temías, donde confirmas que la gente mala existe y de verdad hace lo posible por dañarte.

Toda la madrugada se fue en jalar y jalar agua tan limpia que yo empecé a salar con cada lágrima que escurría por mis mejillas, qué triste es desperdiciar tan preciado líquido, muerta de sed que agoniza en el arroyuelo, sirena que no sabe nadar.

Mis vacas empapadas tiritaban de frío, algunos libros –por ya no caber en mis libreros y vivir en el piso– amenazaban con morir de pulmonía, mi bolsa de Mafalda se dio cuenta que no sabía flotar, y una carpeta de mi egoteca salvó varias constancias de mis actos heroicos de 2018.

No sé cuántas cubetas llenamos, nadie se atrevió a culpar a nadie, surfistas fracasados, pescadores sin suerte. Por lo menos, el piso quedó bien limpio y planchado. Mi alma se reflejó en el mosaico ahora cristalino. Dormimos con culpa, soñé con agua que entraba por las ventanas, que volvía barca mi cama, que cumplía mi deseo de convertirme sirena.

Hoy encontramos al culpable, pero su confesión no regresa tanta agua derramada, ese líquido preciado ahora desperdiciado por una fuga tonta, por una fuga cruel. Qué triste ver tu alma ahogada, qué pena llorar sin poder así reponer tanto líquido perdido.

Resignada me fui a trabajar dejando mi corazón tendido al Sol.

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