Asomada, en el fondo de la casa, Macaria abraza el viento, a dónde irá, se pregunta: a rescatar aves perdidas, a vivir en el principio de la noche, habitar el muro y el jardín, que ella ama, o a gemir en la orilla del desierto. Su piel morena está hecha de dureza, de sufrimiento, es retraída, oculta, pero hay asomo de alegría que dan vuelta sobre ella y le arrancan del pecho la lava hirviente que la hunde en la noche. Es el alba, la madrugada ha estado repleta de alcanfor y eucaliptos, su cabeza se hunde en la cama, sueña y fantasea, busca el mar que no conoce, pero no importa, flota en su orilla, lo imagina como una tarde que dormita, o quizá como un lucero que la desafía, tal vez es un abismo que cruza el río, imagina que puede llegar al mar por señales pintadas en la nada, y aunque no conoce el mar, está segura que es enorme, casi invisible, es como los ríos llenos de olores y visiones, o como una fuente rebosante de agua. ¿Habrá ninfas y sirenas en el mar, y por la noche duermen en él, los rostros desfigurados de la llorona y los duendes? El temor la abraza, casi en silencio, como un pez vela herido, horada la madrugada. Ya amanece, debe encender el fuego, inicia una expedición para ir a recoger la leña, sorprender al Sol que desde temprano cae como plomo, pero continúa soñando, vuelve a acariciar el mar, es muy seguro que por la noche este duerma entre las nubes porque arriba no pasa nada, ahí viven las estrellas y el Sol, el tiempo no existe, no hay caminantes, desde la sombra caen las horas, la luz se diluye entre las piedras, que se ponen verdes de frío y la selva también se vuelve una inmensa nube dorada donde el caracol ulula luz marina. Desafiando el alba camina errática, el silencio de la madrugada le permite acariciar las estrellas y llevar en su cántaro a la Luna, aunque solitaria se resiste abandonar sus sueños, es su anhelo infinito, es su propio juego íntimo y escondido, debe soñar, porque sabe que este instante fue y ya no será más. Corre por el hueco del aire, bajo el tiempo, en la sombra, no se queda quieta, le gusta jugar con la lluvia, impregnarse de su aroma de tierra mojada de alhelíes, de vapor que inunda los caminos. Al fin llega al río donde se alzan las aguas, desliza sus pies infantiles en el enturbiado lodo, húmeda y corpulenta como un vidrio el agua la acaricia, debajo de ella está la vida que piensa, es solo el barniz de la Luna, los pájaros y las cañadas, las ranuras del día, las canciones infantiles, las caras del viento y el rostro de todas las horas; mientras sueña el cielo gira al otro lado para iluminar su dicha que casi se puede oler, moja su pelo color caoba desordenado que le recuerda la tierra seca venida de las profundidades lejanas, sueña, porque sabe que su fragilidad es su fuerza. Ella canta a la tierra, al mar que no conoce, al muchacho que la ha visto nadar, canta mientras acaricia la llave de sus noches. El movimiento la apresa, debe volver, pero vuelve a soñar que el mar es un espejo de hilos de plata que ella guarda dentro, quizá también sea un fantasma cansado de pelear contra el recuerdo y la locura. Debe volver para encender el fuego, pero no quiere regresar con la aurora, ella es su propio laberinto, su oculta geografía de caminos, de pequeños avances de su metamorfosis. Quiere salir de su interior, de su cómoda oscuridad, para huir, para ser incandescente, pero debe esperar. Su largo silencio es interrumpido por los filamentos de la mañana, desaliñada, somnolienta, camina por el campo sonámbulo, saludando la recién nacida luz del día debe volver a casa, pero siempre sueña con el mar, en su interior sabe que debe amarlo como se ama la encendida crisálida, la oculta flor, el íntimo relámpago. Es el alba de Macaria.

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