Casi todos conocemos al alcohol… y sabemos que los azúcares al fermentarse, modifican su estructura molecular y producen eso que hace perder, primero la vergüenza y luego te anima, pero ya iniciados los moquetazos, no ayuda.

Droga legal, que junto al cigarro y a las chatarras y aguas negras, matan y envenenan, sin que nadie haga algo al respecto.

Me comentan los que saben, que una causa de las muertes recientes por consumo de alcohol adulterado (ciento y tantas) en varios estados de la República, se debe a la introducción de alcohol centroamericano.

¿Quiénes lo introducen y distribuyen? Y porqué coincide con la pandemia? .

Don Nahum Quintero Reséndiz, microempresario y productor de aguardiente de caña bajo el sistema rústico y orgánico, me explica que él ve la causa en que el alcohol nacional producido en los ingenios, al ser adquirido en su totalidad por el gobierno federal para usarlo en la atención a la pandemia, se ocasionó un desabasto entre los alcoholeros de siempre, esos que viven de la venta de alcohol rebajado en su graduación hasta hacerlo potable y que con esfuerzo han construido un directorio de clientes en regiones del país a los que no pueden dejar sin producto etílico. Buscaron opciones y se toparon con el alcohol de los ingenios del Centroamérica y del Caribe, que, ante una falla moral o técnica entre los comerciantes, no resultó 100 por ciento potable. ¡Y que se mueren algunos! Se me hace sensata la hipótesis, además esto no es nada nuevo. Desde que se abandonó el cultivo de la caña para la producción de piloncillo, provocado por la irrupción de azúcar a un precio relativamente bajo, comparado con los costes de producción del pilón y ante la permanente y creciente presencia de la adicción alcohólica entre los habitantes del medio rural, los distribuidores optaron por algo relativamente muy sencillo, importar el alcohol de donde lo tuvieran más barato.


Hasta políticos han incursionado en este “noble” negocio, Jesús Murillo le invirtió y las pipas con alcohol llegaban a San Felipe Orizatlán, para de ahí, en garrafas y bidones, hacerlos llegar hasta donde una fiesta religiosa lo exigía. Mientras los muertos no fueran juntos y en un solo día, todo fue legal. Pero si se revisan los casos de cirrosis hepática entre los campesinos y campesinas muertas, durante un periodo, podemos cuantificar los crímenes de estos políticos encumbrados. Y casi nadie dice o hace algo al respecto. Preferimos la comodidad de no querer tener problemas, aunque terminamos siendo la parte más vergonzante de esta desgracia social. ¡Por cobardes!
Los buques, pipas o cisternas de alcohol importado deben pasar por nuestras aduanas. Ahí está un primer gran responsable. Ya sabemos que el alcohol en México y en los países pobres y mal gobernados, es un eficiente instrumento de control, dominio y explotación. También sabemos que sumado a nuestras creencias mágico/religiosas, lo hacen artículo de primerísima necesidad. ¡Vaya! Ha sido y es el alcohol un horcón fundamental para que el medio rural mexicano sea lo que fue y es. Quien lo dude, que vaya a Yucatán, a Veracruz o a Jalisco para que vea el perfil socioeconómico de los casi 200 muertos por ingerir alcohol venenoso. O si no quiere ir tan lejos, que acuda a Acatepec, Huautla o a Ohuatipa de Xochiatipan y verán como está “tradición” de alcoholizarse, religiosamente se ha transmitido de generación en generación. ¡Y nadie dice o hace algo!

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