El almuerzo

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Silvia Mendoza

Llegué temprano a su casa en un pueblo de los muchos que existen en nuestro estado, estaba apurada preparando el almuerzo para ella misma y su esposo, sus tres hijos adultos ya están casados en casas propias. Su vivienda, compuesta de cuatro habitaciones incluyendo la cocina, dista mucho de la casa que conocí hace dos décadas, en ese entonces una habitación y una cocina improvisada junto con un corral de animales domésticos conformaban su hogar. Los animales domésticos persisten, pero la casa fue agrandada y construida con materiales más resistentes, el agua potable está en la puerta de la casa y los problemas de electricidad quedaron en el olvido.
Luego de una invitación para compartir su almuerzo, unos minutos después puso en la mesa tortillas recién hechas, nopales con salsa y una taza de té de manzana, atenta y gentil atendió a su marido y luego al resto de los comensales. Ella no muestra titubeo en asumir su papel de cuidadora de su esposo, sus hijos y todo aquel o aquella de la familia que muestre minusvalía; a pesar de que hace años enfrentó el enojo de la familia porque acudió a los cursos de capacitación de artes culinarias y confección de ropa. También realizaba labores domésticas a todas las personas que la requerían, además los días de tianguis acudía a vender sus tejidos. Tanto empeño en trabajar no fue gratuito, su esposo fue encarcelado durante seis años, el resto de la familia no pudo ayudarla porque la pobreza era compartida.
La menor posesión de bienes o servicios fue visto con sospecha poniendo en duda su honor, en más de una ocasión fue tachada de infiel. Al preguntarle sobre la violencia vivida, ella asegura que jamás le han “levantado la mano” refiriendo a los golpes o daños a su cuerpo, quizá tenga razón, ella no enfrentó violencia física pero constantemente estuvo sujeta a la violencia psicológica emitida por su familia y algunos miembros de la comunidad. ¿Acaso existe algo más sensible para las mujeres que su honor asociado a su cuerpo y el ejercicio de su sexualidad?
“El qué dirán” es un arma poderosa cuando se trata de menguar el empeño y la capacidad emprendedora de las mujeres, nada mejor que poner en duda su honor. Ese poder tiene origen en el sentido de propiedad que la familia tiene sobre el cuerpo y la sexualidad femenina, ambos son propiedad y dominio colectivo, esa es otra de las violencias que las mujeres no cuestionan porque es un rasgo cultural heredado y trasmitido de generación en generación.
Ya que se acerca el 25 de noviembre, fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia en contra de la Mujer, es necesario hablar sobre las otras violencias, esas que no dejan marca en el cuerpo pero que agreden la integridad, aunque ellas sean personas trabajadoras, fuertes, con capacidad para asumir sin reclamos, su condición de cuidadoras, aunque el resto de sus seres queridos no reconozcan que los bienes y comodidades que tienen todos los días son producto del arduo y entregado trabajo femenino.
Ese día, la posibilidad de un almuerzo caliente y recién hecho fue posible porque una mujer atenta y compartida puso en la mesa el producto de su trabajo.

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