La ciencia clásica, sus argumentos, sirvieron de elemento catalizador de la sociedad industrial y del desastre ecológico del que ahora somos testigos. Para la ciencia clásica, la naturaleza era un don que había sido dado al hombre y la mujer. Por tanto, los problemas que presentaba para su aprovechamiento se podrían resolver a través del instrumental teórico proporcionado por la ciencia clásica.

Idea romántica de la ciencia, que era acompañada por la creencia de que el aprovechamiento de la naturaleza debería contribuir al perfeccionamiento del hombre y la mujer y que, además, junto al racionalismo y humanismo, nos llevaría a un estadio superior de justicia, felicidad y armonía. Sin embargo, ha concluido en, como diría Ulrich Beck, una sociedad construida sobre riesgos que ponen en peligro la existencia del planeta.

Aunque sería injusto considerar a la ciencia clásica en general como algo nocivo, nadie le puede negar las aportaciones que ha logrado incorporar al bienestar humano. Sin embargo, ese paradigma ha llegado a un punto en el que, infelizmente, los problemas que se le han presentado ya no han podido ser resueltos con el instrumental con que cuenta. Sus propuestas teórico-empíricas fueron útiles para un tiempo, si así se le quiere ver, pero ahora su modelo se agrieta a pasos agigantados.

El gran defecto del antiguo paradigma acerca de cómo se observa a la naturaleza, consiste en que el hombre y la mujer fueron puestos por fuera de la naturaleza. A los seres humanos la filosofía renacentista, sobre todo, le concedió un lugar privilegiado que en realidad no tiene: el hombre y la mujer fueron colocados como entes ante cuya existencia todo toma sentido, como si la vida que existe a nuestro alrededor no tuviera significado alguno.

Por supuesto que es el ser humano el que da sentido a las cosas por esa cualidad que tiene de significar los hechos; sin embargo, una cosa es colocarlo con cierta capacidad de sentido y otra la de ubicarlo, además, como el amo y señor del mundo. Lo anterior, traducido al lenguaje social, no fue otra cosa que la explotación despiadada de los recursos naturales que posee el planeta en beneficio de quienes asociaron razón con riqueza.

Cuando decimos que la visión clásica que nos ha heredado la ciencia de la naturaleza ha llegado a un punto en el que ya es irreversible su decadencia, queremos decir que existen problemas que simplemente explica (mal, por cierto), pero no resuelve. La ciencia y su visión de la naturaleza se ha convertido en una especie de ciencia normativa. Es decir, por lo general actúa con el fin de legitimar los daños, tratando de crear una “conciencia cientifizada”.

Quiere decir que la ciencia al servicio de los grandes conglomerados industriales ha contribuido a crear una conciencia falsa, que acepta la explicación científica a modo con el deterioro ambiental. Sus consecuencias son organizar la conducta humana en torno a legitimar el desastre ecológico. Dice Beck en su célebre obra sobre la sociedad del riesgo, citando a Marx y Weber, que la sociedad capitalista es una sociedad que distribuye inequitativamente lo que se produce socialmente, pero de manera “legítima”.

La actual sociedad del riesgo hace un poco lo mismo, distribuye los riesgos que deja el “progreso”, pero tratando de legitimarlos a través de la antigua ciencia, utilizando para ello el prestigio logrado en el pasado. La posesión de armas nucleares no son una amenaza que atenta contra la vida en el planeta, incluidos los humanos, pues se tratan de armas que defienden a un país de otro. Einstein, es por tanto, el gran científico de la ciencia. A García Robles (mi paisano, por cierto), Premio Nobel Mexicano de la Paz y contrario a la proliferación de armas, no se le menciona ni por casualidad.

Los riesgos ya no son como en el pasado, es decir, perceptibles a los sentidos humanos, expone Beck. La ciencia en decadencia expone con cifras y datos estadísticos lo que ocurre con los bloques de hielo que se derriten en los polos o la pérdida anual de selvas y bosques. Pero a ello le agrega siempre lo social, generalmente expuesto, sobre todo por la prensa y los medios electrónicos, como si se tratara de un velorio. Los islandeses observando como despiden a su último tempano de hielo.

Los ríos, lagos y aguas subterráneas, los mantos acuíferos y los bosques y las selvas, los bloques de hielo de los polos, el mar, el aire, las calles de las ciudades y la vida misma, se deterioran con el pretexto de seguir progresando y resolver los problemas de hambre y pobreza, como si esta última no fuese una consecuencia de un tipo de progreso que se ha instalado a cualquier precio en el corazón mismo de la sociedad.

Oponer resistencia al deterioro ambiental puede significar una herejía. Sin justificarlo, así ocurrió con la visión de la naturaleza que fue sustentada por la ciencia clásica. Algunos de quienes desafiaron antiguas creencias fueron literalmente quemados en la hoguera, como ocurrió con Giordano Bruno en el siglo XVI. Aunque a Galileo le crearon la imagen de haber desafiado a la autoridad durante el juicio que le siguieron (en donde abjuró de algunas de sus creencias copernicanas), por poco y corre la misma suerte que Bruno.

Así como hubo resistencia en el pasado cuando se instaló el paradigma de la visión científica de la naturaleza (contraria a la existencia de figuras divinas), fuerzas conservadoras quisieron mantener cierta influencia y control sobre las nuevas creencias. En la actualidad existen dinámicas que tratan de controlar desde el poder la emergencia de los movimientos ambientales: la creación de partidos verdes y teorías basadas en la sustentabilidad; todo para seguir con el jolgorio que para un sector reducido de la sociedad deja la destrucción del medio ambiente.

Afortunadamente, la sociedad crítica no está ausente ni participa del “velorio social” que se le quiere endilgar. En la prensa y las redes sociales podemos encontrar actos ejemplares de esos nuevos movimientos sociales defensores del medio ambiente.

El ambientalismo es una corriente abierta a la sociedad (caben chairos y fifís), no hay problema, siempre y cuando se comprometan con sus principios… Larga vida a los movimientos ambientalistas.

En materia ambiental no hay plan o “planeta B”…

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