Enid Carrillo

Fue el cautín el arma para descifrar el enigma de aquella descompostura. Su mujer se había sentido mal toda la mañana. Mover los ojos le exigía un esfuerzo espeluznante y su voz se había convertido en un hilo que se enredaba en los oídos de Fabián. Sus brazos crujían al mínimo esfuerzo, no había podido ni sostener su desayuno. Por primera vez en meses había dejado llena su lata de aceite. Todo aquello resultaba extraño porque desde que la compró, había funcionado a la perfección.

Esa noche tendrían que ir a la cena de Navidad con los padres de Fabián, sería la primera vez que saldría con ella, la primera vez que se la presentaría a su familia. Para que nadie dijera nada, para que dejaran de molestar con eso de tenerlo todo. Decidió que iba a darle un tiempo, un ratito a ver si se recuperaba. Le dijo palabras bonitas al oído, le prometió todo lo que a una mujer le puede ser prometido; fue tierno, luego rudo, luego violento, luego obsceno. Nada funcionó.

La hora de la cena se acercaba y cualquier cosa era mejor que pasar por la pena de decirles a sus padres la verdad. Así fue como, impaciente y necesitado, Fabián decidió abrir a su mujer. Tomó el cautín y logró derretir la soldadura que mantenía su torso amarrado a unos tornillos. Por fin pudo verla por dentro. Un enorme hueco en su cuerpo de latón le provocó las lágrimas. No había nada allí, nada que pudiera ser arreglado, nada que pudiera estar mal: su mujer era vacío puro. El hombre, lastimado y triste, la metió en su caja, la apiló junto las otras y marcó de inmediato a la atención a clientes. Pidió un nuevo modelo, importado, a prueba de error. Entrega inmediata.

Cuando su paquete llegó, Fabián estaba ya cambiado y listo para la fiesta; la sacó de la caja y la encendió. Todo estaba bien. Le puso un abrigo rojo que a todas les había quedado bien. Ella no era la excepción. La tomó de la mano y caminaron juntos por las calles de esa ciudad convulsionada. Ahora sí, no habría duda alguna de que él podía tenerlo todo.

La ley del más fuerte

Óscar Pérez Cabrera

El lagarto acecha, está ahí cerca de él, lo puede ver pero todavía no lo huele, todavía no se ha dado cuenta que hay un hombre herido a unos metros de distancia; camina lento, parece torpe pero es lo suficientemente grande para devorarlo, para arrancarle poco a poco la carne y comerlo vivo mientras grita de impotencia, de dolor; ahora él puede convertirse en la presa.

Trata de concentrarse y en el estrés y preocupación se le olvidan las oraciones, no hay letanía con la que pueda suplicar a San Jorge, a la Virgen o al mismísimo Dios por su propia vida. Medio balbucea un rezo que resulta la mescolanza de varias oraciones, y luego, llora en silencio, trata de no hacer ruido, trata de no mirar hacia donde el reptil se encuentra; suficiente ha sido con observar a la distancia los enormes dientes del lagarto.
Está herido, no ha sangrado pero seguro tiene un hueso roto, la clavícula dislocada; el dolor es inmenso y en la soledad del lugar no se puede ni gritar, más que ayudar, atraería a los depredadores, el hombre sería presa fácil de cualquier criatura en esa región.

El reptil sigue ahí, como si sintiera la presencia del herido, como si algo le dijera que fuera más atento. Trata de observar pero no lo ve, sin embargo, por alguna razón tampoco se va, están ahí en un mismo lugar, compartiendo el espacio sin que uno sepa del otro, aunque el otro sí sepa del animal.

Entonces comienza a caminar… se dirige hacia donde el hombre y este comienza a temblar; tiembla hasta orinarse en los pantalones, entonces la urea es detectada, el animal sabe por dónde ir, camina con seguridad, torpe, lento pero seguro. Un grito seguido de una lucha inútil. La orina fue la culpable.

Las mujeres de mi vida

Alma Santillán

Nunca he sido muy femenina. Lo traigo desde niña, en mis primeras memorias estoy yo deseando haber nacido niño; de algún sitio compré la mentira de que el género femenino, mi género, es débil, y yo nunca sería débil. Nunca lo he sido.
El modo masculino de hacer muchas cosas me parecía más familiar, más cómodo, seguro. No llorar cuando lo sentía, ocultar en el silencio mi voz temblorosa, sepultar muy profundo cualquier dejo de delicadeza.

Crecí y poco cambió: pasé el mayor tiempo de mi infancia, adolescencia y juventud rodeada de hombres, mis amigos, mis compas, pero también varios idiotas. El mundo de los fuertes, comillas al lado, era en el que yo quería habitar.
El día que me quebré quise no sentir tanto, pero era inevitable. Asumí que no era tan fuerte, que debía asirme a unos brazos que lo fueran si quería sobrevivir. Y esos no serían brazos de hombre.

Nací de la mujer más fuerte y femenina, toda amor, igual que mis hermanas; juntas levantaron la muñeca de trapo en que estaba convertida… por un cabrón. Me vieron llorar cualquier cantidad de veces y nunca me dejaron caer. Supe que para eso se debe ser un roble pero una flor, porque el día en que yo las vi llorar fue mi turno de ser fuerte y suave al mismo tiempo.

Me llevó poco más de tres décadas reconciliar a mi yo resistente con mi yo frágil, a la que no teme ensuciarse las manos con grasa de auto con la que abraza por todo. Pero era inevitable: aprendí de las mejores.

Invitación

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Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera,
Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían
caer en el vicio algún día.

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