Los claveles de los centros de mesa ya se veían cansados, apenas un poco, no lo suficiente para que cualquier invitado pudiera notarlo, pero Iliana lo veía con bastante claridad, ¿cómo no se daría cuenta?, si lo único que había visto durante los últimos años era el marchitar de las flores. Estiró una mano para acariciar el pétalo más cercano, con cuidado para no ensuciar de sopa su vestido de novia, y percató la flacidez del clavel. Se esforzó por mantener su sonrisa, pero se preguntó con temor si no había cometido un error.
“El amor se ve en la flores”, le había dicho su abuela, “entre más frescas se mantengan, con más amor te las regalaron. Cásate con el hombre cuyas flores se mantengan frescas durante mucho tiempo”, e Iliana se esforzó por hacer caso a su consejo, y ahora estaba ahí, en reciente matrimonio con Alfonso, quien para cortejarla saturó su casa cada semana con arreglos y arreglos de claveles, que invariablemente terminaban por secarse a los tres días; aun así, las flores de Alfonso eran las que más habían durado.
Sin dejar de sonreír, volteó a su izquierda para ver a su esposo, radiante y animado en la conversación con los familiares que llegaban a felicitarlo. Dio unas cucharadas a la sopa y luego contempló a los demás invitados. La mayoría, sino es que todos, la habían cortejado con flores: jazmines, gladiolas, rosas, margaritas, tulipanes, arreglos enormes, humildes ramos, en pares, individuales, rojas, amarillas, blancas… todas terminaron por marchitarse al día siguiente. Solo las de Alfonso sobrevivieron, pero ¿tres días? De nuevo Iliana se preguntó si casarse con él no fue un error.
Llegó el turno de que la felicitaran. Recibió alegrías, bendiciones, abrazos y varias muecas simuladas de disgusto, de seguro, pensó Iliana, por no elegirlos en matrimonio. Pasó lista mental y comprobó que todo el pueblo estaba en la fiesta, pero faltaba César, ¿o era Edgar? Aquel muchacho descuidado en su vestir y su pequeña caja alargada de cartón con moño amarillo, que había tratado de acercarse a ella con ímpetu testarudo, pero su madre, en escolta perpetua, se lo había impedido. Iliana no supo por qué se acordaba de él, sería porque faltaba o porque sin saberlo sentía curiosidad por conocer el contenido de su obsequio. De seguro alguna flor cortada de un jardín público; César o Edgar, o como quiera que se llamara, no parecía tener dinero para entregarle algún regalo mayor.
Salió de sus ensoñaciones cuando retiraron los duraznos en almíbar preparados como postre. Alfonso se puso de pie y pidió que lo acompañara a la mesa de regalos. Iliana se paró, levantó su vestido blanco para evitar que se arrastrara y comenzó a abrir las cajas y bolsas de obsequios: electrodomésticos, artículos de cocina y para baño, botellas de vino y licor, flores que terminarían por secarse como ya empezaban a hacerlo los centros de mesa… Siguió abriéndolos con entusiasmo simulado porque ¿qué esperaba encontrar? Iliana lo sabía, esperaba hallar un regalo que eliminara sus dudas, cualquier cosa que le indicara que hizo lo correcto, aunque estaba consciente que tal cosa jamás podría envolverse para regalo.
Casi al terminar, entre aplausos y aprobación de los invitados después que rompiera celofanes y brillantes envoltorios, encontró una pequeña caja alargada de cartón con moño amarillo, en la etiqueta leyó “De: Edgar”. Tomó el obsequio casi con reverencia, liberó el moño y abrió la caja para ver el contenido. Una sensación nerviosa circuló por su cuerpo, aflojando sus músculos, las lágrimas amagando con brotar; contempló la prueba que le decía que había cometido un error.
En la caja había una, y solo una, rosa roja… hecha de papel.

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