Es verdad, al recorrer la capital de Hungría el río Danubio de inmediato enamora y provoca, ahora comprendo por qué tantos poetas le cantan. Es un río que se mueve al ritmo de un vals, su cauce provoca todas las emociones que se guardaban justo para ese momento, ese instante en que la añoranza invade con inspiración arrebatadora, que llegan las evocaciones para extrañar lo que nunca ha sido tuyo, que las remembranzas de todo lo que siempre sueñas se enredan por fin en tus dedos.

Ese día que lo admiré, estoy segura que murmuró mi nombre muy dulcemente a mi oído y muy bajito le escuché decir palabras envueltas en melancolía y mojaditas de nostalgia. Fue tan generoso que me contó todas esas historias que quiero oír, donde el amor es imposible, los pecados indecibles y la pasión un suspiro.

Llegué a creer que el agua de su cauce tenía un aroma dolorosamente dulce, y me dieron ganas de llorar. Por instantes presentí que su fluir se parecía a las lágrimas que derramo en esos amaneceres que me siento agradecida con la vida. Su corriente era tan lenta como cuando palpo el gozo de mis soledades.

Mientras cruzaba el Puente de las Cadenas, muy en el fondo de mi alma, deseaba caminar sobre sus aguas, aunque no fuera la hija de ningún dios, solamente quería tener fe, perder tantos miedos, santificarme por cada pecado, calmar tantos vientos en contra y volverlos a favor. Sí, estaba en Budapest y el río Danubio me enamoraba todita, quizá porque solamente lo visitaba armada de ilusiones, gozosa de deseos por cumplir y cargada de las historias que añoro contar. El primer encuentro fue tan placentero, penetró mi mirada de inmediato, esa misma mirada que se perdía en la infinidad de esa agua intranquila, humedad provocadora, color cielo por instantes, luna empapada. Qué ganas de ser sirena de río y jugar en sus aguas, inventar otro vals que copie su cadencia, sanar las heridas que todavía laten en su profundidad, inventar un canto que consuele a Hungría, que festeje la caballerosidad de los húngaros, la sororidad de cada mujer húngara y que profundice mi cariño por un mexicano que con su poesía enseña a conjugar la palabra “szerelem”.

Me asomo desde cualquier parte del puente y descubro que el Danubio a su paso va reflejando el cielo donde quiero pecar, los atardeceres que deseo compartir, los matices de una amistad eterna y una vibración muy parecida al amor, platónico y romántico, nostálgico o tormentoso, posible e imposible.

Decidí espiarlo lo más cerca posible y sus murmullos me conmovieron tanto; pero cuando me fui alejando, creí que lloraba ya nuestra despedida. Tengo la certeza de que desde su profundidad brotaban aromas de guerras y derrotas que lo siguen tatuando hasta la eternidad. Quiero ser la llorona que deambule por su margen para tapar con mi rebozo este sentimiento que Hungría me ha inspirado, este gozo que estimula Buda, esta fortaleza que comparto con Pest.

El Danubio y su provocadora nostalgia que invita a dejarse llevar por su natural corriente, siempre tan amorosa, con la esperanza de desembocar en ese mar donde soy la sirena que sueña con él y se enamora, canta, vive, ama…

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