—Hola, buen día, nuestro director general quiere hablar con usted, está muy molesto por el artículo que publicó en el boletín semanal.
—¿Qué artículo?
—Ése, en el que manifiesta posturas políticas. No le puedo decir más, la comunico.
Escuchas la música de fondo, seña de que tu llamada está siendo transferida al área inalcanzable. No pudiste hablar cuando el director general decidió retrasar tres meses tu pago; tampoco pudiste hablar cuando le dejó de pagar a la imprenta y cambió de proveedor o cuando despidió a tu articulista. No puedes hablar con el director general, ningún empleado puede hacerlo.
El director general llega antes que ninguno y se encierra en su oficina, la siguiente en llegar es su secretaria, quien bloquea con su escritorio y su enorme cuerpo la puerta de acceso. Quien la ve por primera vez no puede evitar evocar a un enorme perro lleno de pliegues que espera las instrucciones de su amo.
No está escrito pero los empleados saben que no pueden irse a casa antes que el director general salga (normalmente a las 10 de la noche), pero corren los rumores que más de una veintena de empleados fueron despedidos y acusados de malos manejos porque se fueron en su horario.
A la hora de la comida, el director general sale solo, se mete en su auto modelo 89 y conduce. Algunos dicen que se va a las fondas del centro de la ciudad, donde ningún parroquiano imagina que ese hombrecillo —de traje lleno de lamparones y cuellos percudidos— es en realidad el director general de la empresa de gestión educativa.
La música deja de sonar.
—¿Bueno? —preguntas después de unos segundos de silencio.
—¿Sí?
—Buen día.
—¿Quién habla? —te pregunta con desprecio.
—Antonieta, señor.
—¡Ah!, bueno pues le marco cuando quiera hablar con usted. Buena tarde.
Colgó el teléfono. No es la primera vez que tiene estos desplantes. Sabes que volverá a marcar, mientras tanto aprovechas para hojear el boletín semanal, no entiendes a qué postura política se refiere. Son ocho artículos tan ligeros que la publicación podría flotar: herramientas para hacer búsquedas en Internet, películas, recomendaciones de libros comerciales, aplicaciones para teléfonos inteligentes, horóscopos, planes de alimentación, efemérides y actividades de agilidad mental.
Vuelve a sonar el teléfono.
—¿Sí?
—Antonieta, el director general quiere hablar contigo, además está muy enojado porque le colgaste el teléfono.
—Pero…
Nuevamente suena la música, es una melodía desentonada que podría tratarse del Himno a la Alegría, pero no estás segura. Recuerdas cuando llegó a la empresa, muchos opinaban que él era un trabajador de los de antes, de esos que son muy duros administrando el dinero ajeno, de esos que renuncian a su vida con tal de que el jefe lo quiera, de esos que desprecian a los subordinados. Lo conociste el día que el presidente de la empresa te invitó a una reunión extraoficial, el director general fue amable contigo, te preguntó a qué te dedicabas, escuchó atento cuando le explicaron que tu trabajo era externo y que cada semana entregabas a la imprenta el boletín que se repartía a los empleados y asociados. Viste su rostro de sorpresa cuando el presidente habló de la amistad entre tu madre y su esposa. El hombrecillo recibió la taza de café con dos sobres de azúcar y viste cómo los guardó disimuladamente en el bolsillo del saco, para después pedirle a la secretaria que le trajera azúcar.
— ¿Pero cómo, no te trajo?
—No, pero no se preocupe licenciado, ahora la traerá —le dijo con docilidad el director general al presidente.
—Señorita Rita, por favor no vuelva a olvidar el azúcar.
—No entiendo cómo pasó —le dijo la mujer al presidente visiblemente desconcertada.
—Pues ponga más atención —le dijo con superioridad el nuevo director general.
Cuando regresó la mujer con un pequeño contenedor de porcelana repleto de sobrecitos, el director general vació cuatro en su café y, con el mismo disimulo, guardó otros tantos en su saco.
Dejó de sonar la melodía.
—Buenos días señor, me dicen que quiere hablar conmigo, ¿en qué puedo ayudarle?
—¿Quién habla?
—Antonieta señor, ¿en qué le puedo ayudar?
—Ah, Antonieta, ya veo. Bueno señorita, pues creo que usted ha hecho una declaración en contra de la empresa para la que trabaja.
—No comprendo señor.
—Pues sí, escribir a favor de la tortura, es vergonzoso.
—Ah. Se refiere usted a que hablamos de que el 26 de junio es el Día Internacional de Apoyo a las Víctimas de la Tortura.
—Pues sí, usted apoya la tortura.
—Señor, con todo respeto, creo que usted no leyó el párrafo. Es una cita de la UNESCO, si quiere le repito lo que dice.
—Pues no le vamos a pagar ese boletín.
—Con todo respeto señor, si usted no paga eso, aténgase a las consecuencias.
—¿Me está amenazando?
—No señor, estoy diciéndole que se hizo un trabajo y se debe pagar por tal.
—Pero en ningún lado dice que usted puede apoyar la tortura.
—Señor, si usted insiste en que apoyo la tortura, claramente no leyó el párrafo.
—Pues a mí muchas personas me dijeron que les parecía fuera de lugar que apoyáramos a la tortura.
—Pues si usted está tan seguro creo que debemos hablar con el presidente.
—Mire señorita Antonieta, la voy a perdonar esta vez pero quiero que nunca más vuelva a apoyar temas así. Usted trabaja para una institución que es abierta pero, no puede apoyar la tortura.
Te colgó el teléfono. Quedaste francamente molesta, ibas a escribir un correo electrónico al presidente pero decidiste calmarte un momento, entraste a tus redes sociales para distraerte, ahí, como si todo se hubiera tratado de un chiste, leíste un tuit del director general: “La práctica sistemática y generalizada de la tortura constituye un crimen contra la humanidad #BastaYa”.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.