Permítanme un poco de sarcasmo ya que –lo anuncie o no– todos al leer este título no podrán dejar de esbozar una pequeña sonrisa, por la aparente contradicción que contiene esta frase. En efecto, todos sabemos que los diputados y senadores apenas trabajan y solo cuando es quincena –segundo sarcasmo–. En realidad, en este tema de los representantes legislativos y su trabajo no hay que hacer un gran esfuerzo para destacar en doble sentido todo lo malo que encarnan los diputados y senadores de uno de los tres poderes más importantes de nuestra República.

Como ciudadanos tenemos en general una percepción negativa –el 78 por ciento de los mexicanos no tiene confianza en el Congreso– del arduo trabajo de los legisladores del país; todos sabemos que tienen un alto nivel de ausentismo a las, de por sí, pocas sesiones de trabajo al año, que dividen en dos periodos legislativos y que es muy raro que se autoconvoquen a periodos extraordinarios. Además, todos tenemos claro que cobran altos sueldos que ellos mismos se fijan; ni hablar de los aguinaldos y de los seguros médicos y las que a grosso modo podemos llamar partidas secretas, que en realidad no son más que gastos sin comprobación autorizados por ellos mismos.

Pero lo más lamentable es que esta imagen no está muy lejos de la realidad, más bien sin tener una gran cantidad de datos sobre el trabajo legislativo, nuestra imaginación confirma la triste situación. De acuerdo con información que contienen el Censo Nacional de Poderes Legislativos Estatales 2017 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y el Informe Legislativo 2018 del Instituto Mexicano para la Competitividad (Imco), hacen que este desalentador panorama se sostenga en datos reales. Por ejemplo, en siete congresos locales el presupuesto por diputado es superior al de la Cámara de Diputados federal, que es de 16.9 millones por cada diputado. También esos estudios arrojan que la exasamblea del Distrito Federal costó en 2018 dos veces lo que les cuesta a los españoles su Cámara de Diputados. Las 32 legislaturas en este año costaron 14.5 mil millones de pesos.

Por otra parte, más del 50 por ciento del personal que labora en los congresos son asesores y secretarias, y de ellos solo el 46 por ciento cuenta con licenciatura, el 5 por ciento con maestría y el 0.5 por ciento con doctorado; para ocupar esas plazas ninguna legislatura lo hizo por convocatoria pública.

En otro sentido, las características del trabajo legislativo sobrepasan nuestra realidad, en 2016 se establecieron mil 69 comisiones y comités de trabajo, que presentaron 9 mil 183 iniciativas y 5 mil 129 proposiciones con punto de acuerdo, de ellas solo el 3.7 por ciento se enfocó a educación y cultura, y el 3.5 por ciento a seguridad pública y protección civil, eso a nivel nacional.

A todas luces, el trabajo legislativo es costoso, con nula priorización de demandas, lento y escaso. No es un poder que ofrezca a los ciudadanos contundencia y liderazgo.

Sabemos que la política de austeridad del nuevo gobierno federal reducirá los costos de contar con 32 legislaturas y el personal de apoyo se disminuirá notoriamente. Sin embargo, esto no garantiza que lo importante mejore. En efecto, la disminución presupuestaria no nos garantiza que el trabajo legislativo sea más profesional, objetivo e institucional, que lo podamos reconocer por su calidad y capacidad de respuesta y de gestión a las demandas de la ciudadanía, y nos ofrezca así una visión a largo plazo, prospectiva y pensando en el México de los próximos 50 años.

Al trabajo legislativo, los nuevos diputados deben introducirle nuevas herramientas de apoyo, una visión estratégica de largo plazo e inteligencia, es decir, conocimiento científico.

No podemos darnos el lujo de seguir improvisando el futuro del país, porque es más importante, según nuestros criterios, lo coyuntural, lo miope y que para la toma de decisiones se utilice información de dudosa confiabilidad y que sigamos desaprovechando la enorme y mejor investigación científica que se hace en las universidades del país, dejándonos llevar por la inercia del sentido común.

Todos los legisladores deben pensar en los problemas que el país debe solucionar en los próximos años y no pensar en cómo solucionamos los problemas que legisladores del pasado crearon hace 40, 30 o 10 años atrás; deben trabajar para el futuro, no para el pasado, ofreciendo los caminos para que el México del mañana comience a crecer desde hoy.

Los legisladores deben verse ellos de manera distinta para que el sarcasmo no invada nuestra imaginación, deben trabajar a lo largo del país arduamente por el México de los próximos años.

Comentarios