No era una ventana indiscreta, era un balcón. Un balcón amplio, en el que cabía perfectamente un sillón con orejas, como le gustaba. Desde él se veía la Plaza de la Cebolla y un largo trecho de dos calles, concretamente la de La Concepción, que quedaba a la izquierda, según su ángulo de mirada, aunque algo desplazada, y la de La Gloria, que quedaba justo a su derecha, sin desplazamiento alguno.

En los días en que no apretaba mucho el frío, desde ese balcón –situado en un segundo piso, que en realidad era un tercero, pues la finca tenía entresuelo– veía pasar el tiempo en forma de transeúntes que iban y venían con paquetes y sin paquetes, con bolsos y carteras, y sin ellas, con las manos sueltas y llenas de aire.

También frecuentaba el balcón en las noches de verano, cuando el calor era tanto que la habitación era un horno donde su piel hervía y el sueño se presentaba como una tarea imposible de realizar. Entonces, se sentaba en el sillón y respiraba el poco aire que salía de la noche y prestaba atención al silencio de la plaza, tan solo interrumpido por el murmullo del agua que caía por los caños de la Fuente de la Trinidad.

También, de vez en cuando, se escuchaba el ronronear de un gato en un tejado próximo, y si no era muy tarde llegaban hasta sus oídos algunos murmullos de las ternuras de enamorados que frecuentaban el frescor de la fuente.

Esa era la vida de don Damián, que vivía en una ciudad pequeña de provincia y que regentaba una mercería, que estaba justo debajo de su casa. La cual, junto con una renta procedente de un capital que le había dejado un tío lejano, don Abundio, que había hecho las américas, le daba lo suficiente para sus gastos.

Aquellos consistían básicamente en: un vestuario decente, que cambiaba cada cinco años; sus apuestas en las partidas de dominó de los sábados, la limosna de los domingos en la Iglesia y la sopa de col diaria, acompañada de pescado los martes y carne los jueves, excepto los días de Cuaresma que los invertía.

Don Damián nunca se había enamorado y siempre vivió con su madre, doña Teresa. Decimos que nunca se había enamorado y tal vez estamos equivocados, pues las apariencias engañan en exceso y nos guiamos solo por lo que es notorio: que nunca tuvo novia y nunca formalizó una relación con el fin de casarse, como sí hicieron los pocos amigos que tenía.

Sabemos, sin embargo, por lo que nos dijo uno de ellos, que se emocionó mucho de joven, quizá fuera amor, con una muchacha de Madrid, sobrina del boticario, que vino a pasar unas vacaciones de verano con su pariente.

Nuestro informante añadió que en aquella época se le veía mirándola con demasiada insistencia desde el balcón o por el escaparate de la mercería. No sabe si le llegó a hablar más allá de algunos saludos. Nunca se les vio tener una conversación ni un cruce de miradas.

El caso es que ella se marchó un día y nunca más volvió. Desde entonces don Damián vistió de negro, como si estuviera de luto, y su rostro fue todavía más fúnebre que su vestimenta. Sus ojos siempre estaban muy tristes.

Se refugió por años en el balcón, pero desde allí ya no veía más que sus recuerdos, inventados o no. Un día, sin que nadie supiera el motivo, la causa o la razón, dejó de vérsele. El sillón permaneció vacío y la mercería fue recogiendo el polvo que deja el tiempo.

Comentarios