El batallón de San Patricio, de la autoría de Pino Cacucci, es la vivencia de un grupo de soldados irlandeses, encabezados por John Riley, y que forman parte de una recopilación de un pasado aciago de nuestro país.

Lo dicen ellos al citar: “Éramos 48 hombres sin patria y sin uniforme; esperábamos encontrar ambas cosas más allá de las líneas mexicanas”.

Pero va más allá el conmovedor relato: “Riley y sus compañeros, en 1864 peleaban en las filas de los Estados Unidos durante la guerra fronteriza con México. Ellos, que habían escapado del hambre y de la opresión en su Irlanda natal, no pudieron permanecer sumisos ante la carnicería que su ejército cometía para expulsar a los mexicanos de sus tierras.

“Esta es la leyenda de unos desertores que se cambiaron de bando para combatir la injusticia y formaron el batallón de San Patricio, una unidad de artillería del Ejército de la República mexicana.”

Y se apunta que el texto es la recreación de la infamia cometida contra Riley y los suyos, juzgados por alta traición, condenados y marcados a fuego en la mejilla con una D, de desertores, y también es una apasionante novela de perdedores.

Sobresalen la épica y el rigor histórico de Canucci, novelista, guionista y traductor.

Su narativa, de estilo poético, estilizado y de documentada ambientación, se suele enmarcar dentro del género giallo, la renovada novela negra transalpina que supera el planteamiento de intriga, clásico para introducir temáticas sociales actuales.

Tiene predilección por los personajes rebeldes, arrastrados por un destino que han de cumplir, aunque se les vaya la vida en ello.

Paco Ignacio Taibo II refirió: “Pino Canucci es el más mexicano de todos los italianos. Su narración de la epopeya de San Patricio es un deleite y orgullo para nosotros”.

Hay unas líneas que conmueven: “Riley piensa y se pregunta: ‘¿Cómo se puede sentir nostalgia por una vida que nunca se ha vivido?’ E inmediatamente después ahuyentó aquella sensación de angustia obligándose a observar atentamente las líneas defensivas. Los escasos cañones, vetustos y mellados, apuntaban sus bocas inútilmente hacia la llanura. Los soldados mexicanos ya no recorrían el adarve agachando la cabeza, tal parecía que se hubiesen resignado a recibir un balazo en la testa, con el fatalismo que se apodera de los combatientes cuando sienten próxima la inevitable derrota”.

El desenlace es trágico, cruel. A las seis de la mañana del 13 de septiembre de 1847, los 30 prisioneros de San Patricio, condenados por la corte marcial de Tacubaya fueron llevados al patíbulo erigido en la colina de Mixcoac.

Pasarían otras horas antes del ajusticiamiento.

De editorial Grijalbo, la primera edición fue de mayo 2018.

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