La mujer abraza el pequeño bulto cubierto en bolsas de plástico, aspira la hediondez acre que se levanta con cada titubeante paso sobre el terreno irregular del basurero.

Un relámpago parte el cielo y el rugido de un trueno anticipa las gotas que caen segundos después, se libera la opresión que durante la noche se sintió en el ambiente.

Los humores del terreno se condensan. La mujer intenta cubrirse la nariz con la mano que tiene libre; frente a ella se eleva el puente de la carretera principal y el río de aguas negras avanza lento, como un flujo oscuro que se pierde en la misma noche.

El bulto resulta anormalmente pesado.

La mujer se detiene, tose un par de veces y al aspirar profundo se traga la bocanada de aire pútrido, la respuesta de su cuerpo son arcadas que concluyen en un vómito amarillento, por instinto, presiona su abdomen y el bulto se resbala al piso, se mezcla con los desperdicios.

Ella limpia su boca con el antebrazo, levanta el bulto y le quita las bolsas de plástico, se sienta en un vetusto sillón destartalado y comienza a cantar. La lluvia sigue cayendo, las gotas cada vez más delgadas y constantes.

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