La mujer abrazaba el pequeño bulto cubierto en bolsas de plástico, aspiró la hediondez acre que se levantaba con cada paso titubeante sobre el terreno irregular del basurero.
Un relámpago partió el cielo y el rugido de un trueno anticipó las gotas que cayeron segundos después. La opresión que durante la noche se había sentido en el ambiente se liberó con las gotas espesas.
Los humores del terreno se condensaron, la mujer ni cubriéndose la nariz con la mano libre pudo escapar al acoso rancio. Frente a ella se elevaba el puente de la carretera principal y el río de aguas negras avanzaba lento como un flujo oscuro que se perdía en la misma noche.
El bulto resultaba anormalmente pesado.
La mujer se detuvo, su rostro estaba absorbido por la oscuridad, tosió un par de veces y, al aspirar profundo, se tragó la bocanada de aire pútrido y de inmediato unas contracciones en su abdomen la dejaron inclinada vomitando el líquido amarillento.
Por instinto, presionó su cuerpo con sus manos y sin que ella lo notara el bulto que cargaba se resbaló hacia el piso. Su figura se perdía con los demás desperdicios y fue el paso de un automóvil que descendió del puente lo que la hizo mirar al sitio donde se encontraba el bulto descubierto.
Se arrodilló frente a las facciones que ya se descubrían, ahí contempló a infante que parecía dormido, utilizó las bolsas de plástico como si se trataran de frazadas invernales.
La lluvia seguía cayendo, las gotas cada vez más delgadas y constantes. Ella, ahí arrodillada, comenzó a rezar una plegaria incompleta.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.