Se oía el estruendoso ruido producido por el manteo o descarga del material, traído de diferentes laboríos de los reales mineros hasta el viejo tiro de San Juan, junto con las enormes y escandalosas quebradoras primarias y los molinos de bolas de acero hasta dejar el material hecho polvo en la molienda para obtener el mogrollo o riqueza, ese día retumbó hasta ser perfectamente reconocido por el grupo de asnos maiceros de los Pelones que habían nacido en la villa en medio de ese monumental sonido sin haberlo distinguido, siempre fue parte de la identidad del viejo mineral de Pachuca.
Llevándose el negro dedo índice de la huesuda mano diestra hasta juntarlo verticalmente con su pequeña y hermosa boca que significativamente paraba los labios en forma de puchero, pidiendo silencio para que se escuchara su perorata, en la virreinal plaza Mayor. La viejilla inició sus dichos históricos, muy solemne dijo de cuando se independizó la nación mexicana del imperio gachupin en el siglo XIX, aseguró, sin inmutarse, muy seria, “aquí no hubo esa famosa historia de libertad, pues no estábamos cautivos, la versión libertaria se creó en el Porfiriato por escritores oficialistas para agradar al supremo, para crear un falso nacionalismo, una superioridad que se manifiesta en un sentimiento de patriota, de buen ciudadano, porque amas y te preocupas por la tierra que te vio nacer, donde está enterrado tu ombligo”.
Contó que el nuevo pueblo mexicano, la nueva nación, que además fue botín de unos pocos criollos, recibió en 1847, siglo XIX, una de las más grandes afrentas, una de las más terribles ofensas que puede imponer un país, una nación, que sintiéndose y creyéndose superior invade a un vecino Estado. En ese año, siendo presidente de los bolillos gringos James Polk, con un enorme ejercito perfectamente habilitado con todo tipo de armas y comandado por “un güero de rancho enchilado”, así lo dijo la anciana, Winfield Scott, entraron salvajemente por el paso de los volcanes, por el mismo camino por donde entró Hernando Cortés, con la baja y aviesa intención de apoderarse de una gran parte del territorio hasta invadir la muy noble y leal Ciudad de México y humillar así a la joven nación mexicana, hicieron ondear la bandera gringa el 14 de septiembre de 1847 en el antiguo palacio de Moctezuma que luego fue Palacio Novo Hispano y hoy es Palacio Nacional. Esos días fueron las más tristes fiestas patrias nacionales registradas en la historia de México, al ser una guerra de despotismo, abuso, inequidad, de codicia para robar los tierras del norte, más de la mitad del territorio nacional.
Ya excitada en grado sumo gimió, sollozó y balbuceo entre mucosidades “lo único que dijo el presidente Peña y Peña para consuelo de pocos fue ‘la Republica sobrevivirá a su desgracia’ al tomar las riendas de la joven ultrajada y estrujada nación a la ridícula huida cobarde del cuacho-rengo de Santa Ana”. Con una sensación de orgullo gritó la anciana con contundencia “preciso, aunque no se puedan palpar, todas las memorias libres con la cara en alto, sin humillarse o arrastrase ante nadie son un legado para dar continuidad a la villa de argento del mineral de Pachuca, son para armar, reconstruir los sucesos y costumbres antiguas con el mañana, acontecidas y reflejadas en esta plaza Real de Mercaderes, Constitución, entre ellas se cuentan las tristes, las alegres, de festejo, religiosas, políticas, las tragedias y hasta los de desquite o desahogo.
La viejilla recordó que “aquí mismo, en esta histórica y virreinal plaza se vio y se vivió un acontecimiento de gran ironía que vino a reafirmar, a reflejar, la identidad nacionalista del pueblo mexicano, recordado y comentado por años, en el que se vio a un puñado de adultos pachuqueños con unas jícaras de pulque encima y una procesión de chamacos dando de comer en abundancia a un enorme asno, un burro joven y fuerte, tan luego devoró los alimentos fue obligado a tomar purgante en gran cantidad revuelto con unas jícaras de curado de sangre de conejo”. Luego de tales ingestas le fue atada en la crin y en la cola la bandera norteamericana de las barras y las estrellas, decía la abuela sin ruborizarse que “le trajeron diarrea, chorrillo con gran presión, que provocó desasosiego al inocente animal al ser azuzado el asno por los chamacos resaltando en él el lábaro patrio estadunidense hondeando completamente barnizado se le vio paseada en gran carrera”.
Tal hecho se dio en respuesta al descontento de la invasión gringa al puerto de Veracruz en abril de 1914, sumado al disgusto causado por los bolillos perpetrado por maltrato que recibía la población minera desde 1906 que habían adquirido la Compañía Real del Monte y porque en esos días los norteamericanos izaron su lábaro patrio junto con el mexicano en el añejo edificio de la Real Caja de Azogues. “Afrenta, humillación al mineral” así lo calificó la viejecilla, que por mucho tiempo revolvió el estomago a los enterados, lo único que abreviaba tal ofensa era el recuerdo del burro abanderado barnizando la bandera de las barras y las estrellas vista recorriendo el espacio virreinal de la plaza Constitución, el Portal de Mercaderes y el templo de la Asunción, para regocijo de muchos.
El cascabel al gato, aunque sea corto. Primero cayó Batista dictador por 10 años, luego entró Castro dictador por 50 años que acabó con puticlubs, ruletas, juegos, encueratrices disfrute de gringos. Fidel alfabetizó la isla, dio educación superior y salud de calidad, hoy las prostitutas son profesionistas con maestría y doctorado, es paraíso de pedófilos, con tarjeta hasta para cigarros y el gramma, filas para compras aún con dólares por cubanos de segunda, críticos llenan las cárceles, ¿manipuladores y vividores van a homenajearlo?

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