Por: Óscar Baños*

Me gustaba correr en el monte, siempre llamaron mi atención los cerros enormes, la neblina que los cubría y que mojaba mi cabello cuando me internaba en ella. Tendría como ocho años cuando me perdí en el bosque, salí con mis padres a buscar leña y me distraje observando una madriguera de conejo, fue un instante, un momento en que perdí de vista a mis padres y después todo alrededor era diferente; estaba seguro de que sabía el camino, no nos habíamos alejado mucho de la casa, así que decidí regresar y esperar ahí.

Al avanzar, todo a mi alrededor era nuevo, los arboles enormes ocultaban al sol, desde la espesura gruñidos, graznidos de animales que imaginaba terribles, con fauces y picos que podrían arrancar mis brazos y mis piernas.

El sol empezó a descender, las sombras se arrastraban por el mundo y yo seguía en medio de la nada, ahora corría huyendo de aquellos sonidos que me perseguían y casi me alcanzaban. Detrás de  mí presentía a Don Ismael transformado en un enorme perro babeante, a punto de darme caza; era sabido que ese señor era nagual y que transformado en no sé qué animal se dedicaba a hacer maldades a las personas, a robar grano y de vez en cuando alguna muchacha que luego aparecía a medio monte con la ropa desgarrada y sin memoria de lo ocurrido.

Yo corría a todo lo que daban mis fuerzas, escapando, sobreviviendo. Cuando ya la noche se había dejado caer, alguien detuvo mi carrera y me tomó firmemente de la mano. Era un hombre moreno, con sombrero de palma y huaraches de vaqueta.

Sin preguntarme nada me llevó por una vereda que hasta ese momento no había visto y cuando menos lo esperaba, ya estábamos enfrente del jacal que era mi casa, mi abuela, desde el cuartito que servía como cocina salió de inmediato pues miró entre los huecos del carrizo que alguien se acercaba. Los perros no ladraron, el hombre que me llevó se limitó a decirle a mi abuela que me encontró en medio del monte y se fue.

Cuando mis padres regresaron de buscarme, ya estaba yo comiendo unos tacos de frijoles en la cocina, mi abuela les dijo del hombre que me regresó a casa y de cómo los perros no ladraron cuando apareció conmigo. La abuela dijo que eso había pasado por no pedir permiso al Señor del Monte para entrar a la sierra, que esa era una lección para que aprendiéramos a respetar sus dominios y que de seguro era él, con forma de cristiano, quien me encontró.

Después de aquello, tuve miedo de salir solo por leña, o al pozo por agua, sentía una presencia que me acompañaba a todas partes, unos ojos que parecía traer colgados a la espalda y que me vigilaban a donde quiera que fuera. Únicamente cuando estaba con mi padre o con mi mamá, me sentía seguro, no me despegaba del Tizón, nuestro perro ni para salir a jugar con mis primos o mis hermanos.

Una tarde lo vi como escondiéndose detrás de unos colorines, era él, estaba seguro, el mismo color moreno de la piel, los mismos pies anchos de quien acostumbra caminar largas distancias. Me acerqué para saludarlo, para darle las gracias que no salieron de mi boca por el susto cuando me encontró perdido, pero cuando llegué a donde lo  miré no estaba. Sin embargo, en el lugar había una piedra casi perfectamente esférica, no más grande que mi puño cerrado, pulida, su color rojo llamó mi atención de inmediato, al tomarla pude percibir que estaba tibia. Una sensación de seguridad me cubrió, desde entonces dejé de tener miedo y a todos lados llevaba aquel objeto que se convirtió en un amuleto con el que yo me protegía de los naguales, los duendes y hasta de las pesadillas.

A veces, al regresar con el tercio de leña o con el bote lleno de agua del pozo, presentía su figura entre las rocas o adentrándose en alguna milpa. Llegué a escuchar una voz profunda cantando en dirección al río, yo estaba seguro de que era él y entonces la piedra en el morral o en mi mano, parecía palpitar como un pequeño corazón y mi cara sonreía, pues me encontraba convencido de que ese hombre era el Señor del Monte que me cuidaba.  Él estuvo ahí, lo sé, en los momentos más importantes de mi vida a partir de entonces, un rostro más en la fiesta de salida de la primaria, la voz entonando melodías mágicas mientras nadaba con mis amigos en el río; el tiempo pasó lentamente, él no se fue y yo no intenté aproximarme cuando lo sabía cerca, me bastaba con su regalo, aquella piedra roja casi vidrio que me acompañaba siempre.

Hacía varias semanas que platicaba con Antonia, la acompañaba por agua al pozo cuando estaba sola, le hacía pequeños regalos, una flor encendida de amarillo, una figura tallada en madera que yo mismo había hecho, unos aretes de semilla comprados en la plaza.  Por fin accedió a ir conmigo al monte, le dije que a platicar; sentados en un viejo tronco reseco la abracé sin que protestara, acerqué mi boca a la suya y probé aquellos labios con sabor a café, ella me correspondió.

Mis manos tocaban su cuerpo con torpeza, me quité el morral y al ponerlo en el suelo la piedra roja rodó fuera de él. Antonia la miró con curiosidad y me preguntó de dónde la había sacado, le dije que la encontré al pie de un árbol de colorín, ella la tomó y pude mirar como sus ojos se perdían en sus resplandores de fuego; “regálamela” dijo, yo se la quité de las manos, ella trató de arrebatármela, la empujé con fuerza, tomé la piedra roja y la golpee en la cara una vez. Su sangre era del color de la roca, su rostro asustado me daba risa, Antonia bajó corriendo del monte, no quiso volver a verme, no me dirigió la palabra más, a nadie le contó lo que había sucedido. Yo ni siquiera intenté explicarle, me daba lo mismo.

*Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor del cempasúchil y las historias de naguales.

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