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El camino de la noche (Segunda parte)

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Tenía 20 años cuando lo volví a ver de cerca, fue en la vereda que va hacia la cabecera municipal, eran las cuatro de la mañana, caminaba solo para llegar a la plaza, prefería hacerlo a esa hora porque el calor no es tan terrible como cuando el Sol se asoma entre los cerros; sentí su presencia pero era algo tan cotidiano que no presté atención. De repente, entre los árboles de aguacate que bordeaban una parte de la barranca, sentado en una gran piedra lo topé de frente, su mirada de ojos negros me clavó al suelo, detenido, sin saber qué hacer, me quedé quieto.

Óscar Baños

Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor
del cempasúchil y las historias de naguales.

Él se acercó, era idéntico a como lo recordaba, esta vez, sin embargo, llevaba camisa negra y sombrero del mismo color. Tocó mi hombro y sentí al contacto de su mano, cómo la piedra de fuego en el morral se movía. Con voz profunda me dijo que lo siguiera. Fueron alrededor de dos horas las que recorrimos brechas desconocidas internándonos cada vez más en aquella Sierra poblada de sonidos extraños. Los pasos de aquel hombre eran seguros, veloces, parecía deslizarse sobre el suelo, su pantalón limpísimo no se ensuciaba del polvo del camino, ni del lodo de los charcos. No me dirigió la palabra y yo, aunque tenía muchas preguntas no me atreví a hablar.
Llegamos a un jacal, apenas pude distinguirlo pues estaba casi cubierto de vegetación. Dentro, el piso de tierra muy bien barrido, una mesa de madera y dos sillas; él prendió el fogón y colocó una olla, cuando estuvo caliente me convidó del guiso más delicioso que yo había probado, trozos de carne bien cocinada en un caldo preparado con hierbas que le daban un sabor muy particular se deslizaba por mi lengua, y poco a poco mi cuerpo comenzó a sentirse más fuerte, más despierto.

Después de comer en silencio, el hombre me hizo señas para que lo siguiera; de regreso por las veredas mis pies andaban ligeros, casi sin que pudiera percibirlo llegamos al camino en el que lo encontré, el hombre dio media vuelta y regresó por donde habíamos llegado; pasé toda la tarde en la plaza, no sentí hambre, regresé al anochecer, aquella energía que me acompañó desde el encuentro con el Señor del Monte no se fue hasta muy entrada la madrugada.

Los meses pasaron, una mala tarde y mi padre cayó de su caballo desnucándose; la velación duró toda la noche según la costumbre. Se esparcieron pétalos de flores en el patio de tierra y al amanecer nos dirigimos al camposanto; un trío huapanguero entonaba canciones alegres que endulzaban la muerte. Por la tarde, después de convidar a todos a comer tamales y beber café, oí la voz profunda del Señor de Monte llamándome. Fui hacia el arroyo, el hombre estaba parado en una gran roca con forma de caparazón de tortuga, me acerqué, la altura del hombre me pareció exagerada, es verdad que él estaba subido en la piedra, sin embargo, se veía más alto a como yo lo recordaba, pensé entonces que como Señor del Monte tenía la facultad de escoger el tamaño con el que se presentaría a la gente e incluso su forma.

Lo seguí y como la vez pasada, los caminos me parecieron nuevos. Llegamos a un claro, ahí, varios hombres en cuclillas comían de unos tazones; aquellas personas platicaban y reían, poco a poco el dolor por la muerte de mi padre fue desapareciendo. Me dieron de comer, al probar la carne, imágenes extrañas llenaron mi cabeza, vi a una mujer y como en un sueño supe que la amaba, era como si fuera otro, viviendo una vida que no me pertenecía; todos los recuerdos del hombre que en esa visión yo era, pasaron por mi mente y mi corazón, sus dolores, las nostalgias viejas, la esperanza y finalmente el vacío negro de la inconsciencia.

Cuando volví del sueño, los hombres con los que me había llevado el Señor del Monte me miraban divertidos, uno de ellos me dijo que no prestara atención a las visiones, que era normal mirar esas cosas cuando uno come en medio del campo y por la noche. Los hombres se despidieron de mí dándome la mano; de vuelta, el Señor del Monte me dijo que era tiempo de que yo tomara una decisión, que me estaba ofreciendo un camino que a pocos se les abre, explicó que yo tenía una opción pues fui llamado por la noche, por ello me extravié en el bosque, por ello la piedra de fuego me escogió de entre los demás muchachos. Yo no sabía a qué se refería ni que implicaba seguir el camino del que hablaba; ya en la casa, recostado en el catre, no podía sacarme del pensamiento que el Señor del Monte vendría por su respuesta en la Luna nueva.

La Luna nueva llegó, el cielo oscurecido se recostó sobre el mundo, los cerros fueron engullidos, el arroyo silenciado, y las criaturas de la noche aguardaron la señal para comenzar sus correrías. Esperé fuera de la casa a que el destino viniera por mí, esperé sin que el Señor del Monte llegara; alrededor de la una de la mañana entré al jacal y me recosté en el catre pensando que quizás todo, desde que era niño había sido un mal sueño. No lo fue, cerca de las tres de la mañana el Señor del Monte comenzó a cantar con fuerza, tuve miedo, miedo de que despertara mi madre y mis hermanos, pero no lo hicieron, estaban dormidos, aun así esa voz profunda cruzaba la noche sin miramientos y me llamaba, no con palabras, era más bien una especie de latido, grave, rítmico.

Salí despacio, no tenía miedo, miré hacia atrás, mi madre dormía, su rostro cansado parecía una máscara, una mueca en la que estaban guardadas todas las penurias, el hambre, las noches sin dormir, los partos numerosos y difíciles. Sentí pena por ella, por mis hermanos y hermanas, condenados a morir en la serranía voraz.
Caminé hacia la figura, perfectamente visible a pesar de la oscuridad. Echó a andar, le seguí de cerca, su olor era fuerte, parecido al de los animales del monte, un sonido como de tambor latía y marcaba nuestros pasos.

Llegamos al claro de la otra noche, alrededor de la lumbre los hombres preparaban en la olla un caldo. Al acercarnos, pude mirar un cuerpo recostado en el suelo, parecía dormido, yo lo había visto algunas ocasiones en el pueblo, era un señor de unos 40 años, dueño de algunos cafetales, supuse que el Señor del Monte y sus acompañantes lo habían llevado a ese lugar quizás para curarlo de algún mal.

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