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El camino de la noche (Tercera parte)

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Por: Óscar Baños*

Después de aproximadamente 10 minutos, uno de los hombres tomó un cuchillo del suelo, lo levantó y apenas la sombra blanca de su forma podía reconocerse en esa negrura. En el torso del hombre recostado se dibujó un camino rojo, sus ojos temblaron levemente, yo no tuve miedo, miré sus entrañas vivas, el corazón latía acompasado. Las manos de quien portaba el cuchillo tomaron los intestinos y los colocaron sobre la hierba, después los riñones, el hígado, el páncreas, por último el corazón que latía cada vez más lento. Los intestinos fueron arrojados a un arroyo cercano, los otros órganos se colocaron en el caldero en donde se acompañaron con romero y algunas hierbas que no pude distinguir.

Comimos aquel guiso en silencio, acuclillados, era delicioso. Conforme el líquido resbalaba por mi garganta y se alojaba en mi interior, un calor llenaba mi cuerpo; empecé a distinguir claramente las imágenes nocturnas como si fuera de día, los sonidos y los olores también eran claros para mí, sentí crecer la fuerza de mis músculos y una alegría enorme se acurrucó en mi alma.

Casi al amanecer recogimos el caldero y los tazones, pude distinguir entonces que el hombre recostado en el suelo no tenía el torso abierto, de hecho no mostraba ningún tipo de herida o cicatriz y respiraba. Ocultos detrás de unos árboles aguardamos en silencio, el hombre despertó, se levantó lentamente y caminó tambaleante con dirección a la vereda que se dirigía al pueblo. Después supe, cuando acudí a la plaza, que aquel infeliz llegó a su casa y le comentó a su mujer que se sentía extraño, a media mañana cayó en cama para no levantarse y murió en medio de violentos estertores mientras vomitaba sangre a eso de las cuatro de la tarde.

Entonces comprendí todo, no era la primera vez que le ocurría algo así a una persona en la sierra; sabíamos que existían seres capaces de aquella maldad, sin embargo no imaginábamos en qué consistía. Yo no sentí pena, pues consideré que así como hay animales que se alimentan de otros, debían existir humanos que se encontraran en la cima de la cadena alimentaria, incluso sobre otros humanos. Nosotros somos diferentes, no volví a preocuparme por trabajar para conseguir comida, pues al alimentarme de la esencia de los demás mis capacidades físicas y mentales aumentaban de manera increíble. A veces también usábamos el hechizo que dormía a nuestras presas para sacar de sus jacales maíz, objetos personales y dinero, por lo que mi madre y mis hermanos no volvieron a padecer penurias.

He aprendido bien, sé identificar el lugar exacto en que el cuchillo plateado ha de hundirse y la fuerza que he de aplicar en los cortes para no dañar el alimento. Puedo elevarme por el cielo nocturno para salir a cazar y poco a poco mi cuerpo ha vencido al paso del tiempo.
Aquel hombre al que yo creí el Señor del Monte se ha convertido en un padre para mí y noche con noche me transmite su sabiduría centenaria en las artes oscuras, su conocimiento sobre la especie humana, tan débil, pero tan necesaria para nosotros.

He colocado la piedra de fuego en un sitio especial, una ceiba que es lugar habitual de juegos del más pequeño de mis hermanos, por la mañana la encontrará. Sé que la guardará en su morral de lana, sé que andará sin vacilar por el camino que lo llevará a la inmortalidad.

 

*Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor del cempasúchil y las historias de naguales.

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