En los escritorios de los funcionarios públicos se construyó una narrativa de las relaciones con nuestro vecino del norte, en la que se diluyeron las relaciones de poder a cambio de una nueva geopolítica mundial. Históricamente, el territorio y la producción en el campo han estado indisolublemente asociados a nuestra vecindad con Estados Unidos (EU). Hemos vivido tantos problemas de territorio en el pasado como ahora de la producción agrícola.

Cada época tiene sus peculiaridades. Tanto el modelo de economía neoliberal, el cambio climático, el incremento de la población en el mundo, así como la revolución ocurrida en la producción de alimentos debido a la biotecnología –se trata de una revolución tecnológica en el campo, que para los analistas a veces pasó desapercibida en la década de 1990–, nos indicaban que habrían nuevas estrategias agrícolas en el mundo.

Ante los factores que hemos enunciado en el párrafo anterior, las naciones económicamente dominantes tomaron diferentes posturas: 1. Dominar tecnológicamente la producción de semillas para controlar la producción de alimentos; 2. Crear una nueva institucionalidad que controle los precios a través de la bolsa de valores; 3. Eliminar el poder institucional local; 4. Garantizar que la producción mundial de alimentos se concentre en las naciones dominantes; 5. Comprar tierras.

La compra de tierras, sobre todo de naciones limitadas territorialmente (como Japón, países árabes), en otras no tanto, ocurre en África principalmente. Una minoría de la población ubicada en los países dominantes consume la mayor parte de los alimentos que se producen en el mundo. La regulación de la tierra, la producción agrícola y los precios se han modificado en las naciones dominadas. Los precios de los granos se deciden en las bolsas de valores de Chicago y Londres. La producción de semillas la dominan empresas como Monsanto.

Infelizmente, para los gobiernos neoliberales todas esas políticas fueron como música para sus oídos. Se cayó la inversión en el campo, se orientó la producción hacia aquellos bienes susceptibles de ser exportados, la poca inversión se concentró en apoyar a los grupos cuya capacidad económica se ajustaba a las nuevas políticas mundiales –capas mejor posicionadas económicamente, grandes poseedores de tierra y la agroindustria–.

En otras palabras, se invirtió menos en el campo y lo que se financió fue para facilitar una estrategia de producción de alimentos orientada al mercado mundial; léase, alimentar a la población de las naciones dominantes, sustentada en núcleos campesinos mejor posicionados. Y decir campesinos es mucho, en realidad se trata de empresas agroindustriales propiedad de empresarios nacionales y grandes multinacionales.

Lo anterior significa que los cambios ocurridos en la producción de alimentos básicos como son los granos, se modificaron en dos sentidos: nos hizo dependientes del maíz, fríjol, y arroz, que ahora se importan en su mayoría; asimismo, la producción para la exportación de otros bienes está influenciada por la revolución tecnológica ocurrida en la biotecnología, que manejan los grandes emporios.

Claro, nosotros no alimentamos en su totalidad a la población de EU, pero las políticas que se han aplicado en el campo nos han convertido en dependientes alimentarios de los estadunidenses. Lo que implica que somos más débiles ante la vecindad que tenemos con EU, lo que se puede apreciar en el momento en que nos ponemos a negociar. El neoliberalismo no es principalmente economía –que lo es–, sino poder y dominio entre naciones.

Las nuevas políticas sirvieron para que poco a poco se modifique la relación de fuerzas en el campo a favor de sectores de la agroindustria. Un cambio en las relaciones de fuerza en el campo apunta hacia la consolidación de un proyecto de economía agrícola que favorece los intereses de las grandes transnacionales, y que sostienen la política ya referida. Eso no es ningún secreto.

La recuperación de la hegemonía de clase en el mundo, con la caída del muro, tuvo que aterrizar en las relaciones cara a cara entre todos los ámbitos. Las elites que dirigen los destinos de la humanidad lo sabían. Valoraron perfectamente los cambios que implicarían la nueva política y economía mundial. La hegemonía de clase supuso una nueva versión de las relaciones cara a cara, en donde los sectores más débiles serían arrasados por las políticas económicas.

Por esa razón, y sobre todo en el campo, se crearon estrategias a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) y la ONU en general, para instrumentar políticas sociales para aplacar el descontento que se crearía en el mundo. Los apoyos económicos fortalecieron a las capas mejor posicionadas. Los apoyos económicos y en especie, dirigidos a los clasificados como pobres, han servido para atenuar el descontento social y fortalecer las salidas electorales.

Los ejidatarios y pequeños propietarios se han convertido en renteros –sobre todo en el norte del país en donde la agroindustria es más sólida–, fraccionadores de su tierra y jornaleros de la agroindustria. La reforma al artículo 27 constitucional, ocurrida en 1992, no puede entenderse de otra manera que como siembra de abono para facilitar la creación de un mercado de tierras, que sustente los cambios en la relación de fuerzas en el campo a favor del capital agrícola.

Esas políticas nos colocaron como en charola de plata, es decir, sumamente debilitados durante las recientes negociaciones de la migración centroamericana, ante el equipo negociador que envió Donald Trump.

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