El modo de produccción capitalista sigue siendo hasta nuestros días el eje ordenador de todo el espectro social contemporáneo, el cual permea los aspectos económicos, políticos, sociales y culturales del orbe entero. En la actualidad es difícil encontrar espacios donde los instrumentos del capital no hayan establecido relaciones de propiedad privada, promuevan la distinción de clase social y fomenten el individualismo que cosifica todo: el amor, la vida y la muerte. Nuestro entorno está impregnado por el espíritu del mercado, porque todo se vuelve mercancía y, en consecuencia, todo tiene un precio.

Esa visión hegemónica del mundo atiende a un paradigma económico que se erigió como único en el siglo XVIII y que tiene en el centro de su filosofía la libertad económica y la promoción de la propiedad privada. El “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar) es una de las frases célebres del liberalismo atribuida a los teóricos fisiócratas franceses, quienes asumían que el Estado no debía involucrarse en la economía, porque el mercado tiene la capacidad de autorregularse bajo un orden natural inherente.

El paradigma liberal capitalista es vigente hasta nuestros días, promueve la libre circulación de las mercancías, somete todas las relaciones humanas a la ley de la oferta y la demanda, creando la imagen de que productores y consumidores mágicamente se ponen de acuerdo para encontrar el punto de equilibrio entre precios de venta y cantidades de productos a consumir. A esa falacia la economía vulgar le llama la regulación del mercado, porque permite el acceso de unos cuantos que pueden comprar las mercancías para satisfacer sus necesidades y condena a la muerte a otros que no pudieron pagar por los productos, condenándolos a la pobreza y la desesperanza.

En México se ha intentado emular de manera incompleta las directrices de la economía liberal, porque las élites locales no han sabido copiar fielmente esos principios como otras economías primermundistas. De hecho, se ha implementado un capitalismo suigeneris “a la mexicana”, que combina recetas liberales sugeridas por los grandes organismos financieros internacionales, pero que también ha protegido con uñas y dientes a los capitales nacionales para evitar la competencia dentro del territorio nacional. Por muchos años, ese pacto entre las élites se había mantenido sin cambio, pero la correlación de fuerzas parece haber cambiado con el ascenso del nuevo gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador, que tiene la afrenta de dar continuidad a esa mezcla esquizoide de políticas económicas liberales y/o keynesianas (proteccionistas), o exclusivamente decidirá por una de las dos. Al tiempo.

¿El nuevo gobierno mexicano podrá domesticar al capital?

Aunada a esa inmoral forma de organizar la economía, esas distorsiones creadas por las élites dominantes no responden del todo a los principios liberales de la economía y usan a conveniencia todos los instrumentos del Estado para cerrarle el paso a otros competidores, argumentando la defensa de la soberanía nacional frente a la embestida de las transnacionales. Sin embargo, históricamente se ha tratado de una manipulación y sometimiento del estado a los intereses de los capitales y no a los de las mayorías, lo que ha generado concentración de riqueza en unos cuantos en detrimento de millones de pobres expulsados de la lógica liberal y del rapaz consenso nacionalista de las élites gobernantes y económicas que han pactado por varias décadas en México.

Esa fórmula favoreció el impulso de monopolios nacionales y se crearon nudos en libre circulación de las mercancias, representándo para los mexicanos la adquisición de productos y servicios a precios muy elevados, porque no se permitió la competencia o no se administró correctamente a las empresas del estado desmanteladas en el periodo neoliberal. “El capitalismo a la mexicana” es liberal cuando conviene a la élite en turno y se dice defensor de la soberania cuando se atenta contra el interés económico de los capitales nacionales, esa forma esquizoide de dirigir la economía evitó que se estableciera una genuina competencia entre oferentes, ocasionando que compremos los servicios más caros en el mundo, por ejemplo, los de telefonía e Internet.

Frente a ese histórico modo de operar del capital nacional, el nuevo gobierno mexicano tendrá el reto de implementar medidas para domesticar el capital nacional y transnacional que es chantajista por ontonomasia. La primera afrenta se tuvo la semana pasada cuando se decidió el cambio de sede del nuevo aeropuerto, llegando al extremo de generar la percepción de crisis y volcar la especulación financiera en contra del nuevo gobierno. Como nunca, los capitales de la élite mexiquense se vistieron de nacionalistas y amenazan con la organización de marchas para defender la soberanía popular de un loco que quiso consultar al pueblo.

A muchos no convenció la consulta, porque se trata de una sociedad tan lastimada por el autoritarismo, que cuando se les consulta salta la indignación. Esperemos que sea más el peso de la decisión popular sobre el destino de la economía y de la vida pública que el chantaje histórico del capital.

Los monstros del capital (y sus mascotas) están enfurecidos con la alternancia política, pero como en todo proceso de domesticación el capital seguirá mordiendo hasta que la fuerza popular lo amanse, por la vía del convencimiento o por la fuerza de la revolución.

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