Las leyes de rendimiento decreciente en las burocracias siempre fueron de inspiración funcionalista. Se redactaron en periodos de bonanza del capitalismo galopante. Parkinson, Murphy y Peter, los más avezados, redactaron los principios en el “boom” de la administración cuando el dinero sobraba, después de la segunda Guerra Mundial.

Entonces el dinero corría a raudales y era imprescindible buscar explicaciones sobre el derroche burocrático, sobre la insensatez de encontrarle acomodo en las tareas del gobierno a los pelmazos que no servían para otra cosa, sino para medrar a costillas de los impuestos, bolsas dispuestas a crear fuentes de empleo a los marginados del aparato productivo.

Las tres leyes fundamentales de Cyril Northcote Parkinson son: el trabajo se expande hasta cumplir con el tiempo que se dispone para hacerlo; los gastos aumentan hasta cubrir todos los ingresos; el tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente distinto a su importancia. A esta última se le llamó “ley de la trivialidad”.

Esas tres leyes, al igual que otras que Parkinson formuló, como la ley de la tardanza o el arte de perder el tiempo, más la ley de ocupación de los espacios vacíos, fueron extraídas de la experiencia cotidiana que denunciaba la falta de oficio, la ineficiencia del trabajo administrativo.

Aquí, si algo sale mal, saldrá peor y después de corregirlo Cuanto más tiempo se tenga para hacer algo, dijo, más divaga la mente y más problemas ficticios serán planteados. El trabajo se expande innecesariamente y los cortos plazos son sacrificados en perjuicio de la gestión de obra, la dirección y la productividad de los programas esenciales.

Los datos se expanden hasta llenar el espacio disponible para su almacenamiento. Los gastos aumentan hasta cubrir todos los ingresos y el tiempo dedicado a cada agenda es contrario a su importancia, sobre todo cuando un país es menos desarrollado e impera la confusión y la ignorancia sobre el papel de cada uno.

Si algo puede salir mal, saldrá peor y después de corregirlo, el ciclo se repetirá de manera infinita y con consecuencias cada vez más severas, es en términos sencillos la amenaza real de la famosa cuarta Ley de Murphy, que ha demostrado la infalibilidad del desastre. En México ha resultado certera.

Se asentó ya la corrupción y la infalibilidad de la soberbia Los últimos días serán recordados como los que marcaron el errático rumbo del aparato gubernamental. Desde la cúspide de totomoxtle se tomó la decisión de corregir lo que según ellos iba muy mal, para que acabara siendo peor. El Estado completo abdicó en temas sensibles que han marcado el parteaguas del regimencito.

Ante un panorama de desolación en términos de crecimiento económico, salud, seguridad, obras del sector público, inversiones, empleo, desatinos en la justicia y absoluta impericia en los operadores de la corta decepción, se ha reculado hacia lugares poco imaginables. Se asentó ya la corrupción y la infalibilidad de la soberbia.

Se dejó en manos de un grupito de corporativos insaciables las 1 mil 600 obras de infraestructura prometidas, para que, con su acostumbrado colmillo de coyotes, dieran al traste con la rectoría estatal, con el empleo y con el circulante monetario. Todavía no se sabe dónde quedó el billón de pesos iniciales que iba a empujar la epopeya.

Lo que empieza mal siempre saldrá peor: el certero Murphy En función de esa abdicación, las persecuciones de campaña fueron pospuestas, las consultas populares para juzgarlos pasaron a ser parte del anecdotario chusco. El perdón y olvido sustituyó a toda la parafernalia vindicativa por la que votó la gente. Los gritos y sombrerazos desde las “mañaneras” pasaron a ser exabruptos del enano del tapanco.

Aunque el voto de julio del 2018 fue finalmente para legitimar la voracidad de los adversarios, hoy compinches en la aventura, la Ley de Murphy resultó implacable. Lo que empieza mal siempre saldrá peor. Algo que pueda ir mal, irá mal en el peor momento posible.

Hoy estamos seguros de que quienes se oponían triunfaron en toda la línea. Que fue cierta la amenaza de los grupos de poder que arrodillaron a billetazos al titular empequeñecido. Que están en la cima para ver hasta cuándo aguantamos.

Que no se cansarán de alimentar los “otros datos”, pues al fin y al cabo los indicadores y encuestas dirán que somos muy felices y que todo ha sido arreglado en los mejores términos para un país de ciento veintiséis millones de desesperados. En el momento álgido del rendimiento de cuentas de mercachifles.

Lo único que sabemos es que no sabemos lo que nos pasa México ya no va a ningún lado. El grupo Slim-Salinas se fue a los cuernos de la luna y nosotros lo único que sabemos es que no sabemos lo que nos pasa. Sin necesidad de comparecer en los momentos del debate público, donde supuestamente el caudillo da la cara a los empresarios de segundo talón, ninguno de ellos se aparece. Los de segundo talón se obligan a apoyar a las pequeñas y medianas empresas generadoras del empleo. Todo lo demás es inútil.

No hay necesidad. En el país gobernado por la insensatez de un solo personaje, no pasa nada. Todo es miel sobre hojuelas, confirmando el otro principio de Lawrence Peter de que ha llegado a su nivel de absoluta incompetencia. Al rendimiento decreciente de los piraos, al páramo de la ignorancia con todo y bandita presidencial.

Hemos confirmado que nunca salimos de donde estábamos ‎Con la promesa de llegar al país justo, hemos regresado a algún lugar al que nadie apostaba volver. Presumiendo retornar de todos lados, hemos confirmado que nunca salimos de donde estábamos. Que si estábamos mal, hoy que ellos dicen estamos mejor, tenemos la certeza de que estamos peor.

Regresó con el “territorio Telcel”, esa maravilla de la conjura ridícula, el famoso pato criollo, aquél que a cada pisada, una cagada. Regresamos al hoyo de donde nos prometieron haber salido. Lo peor de este, más lo acumulado de los neoliberales, está campante destruyendo lo que quedaba del país.

‎Hasta analizado con teorías de lo más abominable de los sistemas capitalistas, la corta decepción sale debiendo. No es para menos, es el país de un solo hombre que ya no da para más, que no reflexiona, ni recapacita, ni entiende.

Nos toca tomar la palabra y emprender las acciones pertinentes Y el cataclismo ahí está.

Por si algo nos faltara después del sonado fracaso mundial del populismo y la demagogia de nuestro gobiernito.

Toca al pueblo tomar la palabra y emprender las acciones pertinentes.

Así no se puede.

¿No cree usted? Índice Flamígero: En la “mañanera” del jueves, el presidente Andrés Manuel López Obrador acusó ¡ooootra vez!, a sus adversarios de tratar de dañar la imagen de México para desprestigiarlo ante la comunidad internacional en medio de la epidemia del Covid-19. “Así como en la mayor parte de la gente, la inmensa mayoría del pueblo, se ha portado muy bien, hay un grupo de adversarios que quieren que nos vaya mal y que se dé una mala imagen”, dijo. “Pero no han logrado su propósito de desprestigiar a nuestro país y de desprestigiar al gobierno. Editoriales en diarios famosos del mundo en contra nuestra y creo que desde la época del presidente Madero no se había atacado tanto a un gobierno, como ahora”. El Mandatario recordó que su Administración acordó dejar las decisiones relacionadas con la pandemia a los equipos técnicos y especializados del sector Salud, para evitar que la intromisión de la política. Sin embargo, denunció, los opositores a su Gobierno han intentado lucrar con la situación. “Nosotros nos guiamos por estas recomendaciones, repito, los políticos no somos todólogos, no somos sabelotodo y no queremos utilizar esta circunstancia para sacar raja, como también lo están haciendo algunos de nuestros adversarios que aprovechan esta circunstancia para estar atacando al gobierno federal, también con mala fe”, expresó. “Nosotros tenemos que actuar con mucha responsabilidad porque es un asunto delicado”.

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