Enid Carrillo*.- Vivió atrapado en el tiempo como en una fotografía, destinado a ejercer el viejo pero exclusivo oficio de ser fantasma. Leopoldo Mucarzel era el más elegante de los aparecidos, un espectro de clase alta que desde hace tiempo buscaba la forma de trascender y desaparecer por completo.

Últimamente, un aburrimiento de plomo le atormentaba los días, parecía que la eternidad le había ofrecido una segunda oportunidad para sentir todas las cosas que apenas llegó a percibir cuando estuvo vivo. Leopoldo habitaba la nueva versión de un viejo edificio construido por su padre en 1927 que una noche del año de la Gran Depresión fue destruido por el fuego enojado durante una fiesta y que, luego de la reconstrucción, se había convertido en las oficinas de correos de la ciudad.

Este fantasma tenía bigote negro azabache, igual que su cabello engominado, vestía un traje negro con chaleco y llevaba la pipa de adorno. A los fantasmas les están negados todos los placeres: no pueden comer, no pueden tomar ni fumar, ellos son asuntos pendientes destinados a repetirse hasta que puedan desaparecer.

En vida, Leopoldo era guapo y refinado. Le fue dado el don de la belleza y del buen gusto al vestir. Nació la noche en que murió el siglo XIX. Llegó al mundo por la puerta grande y perteneció al grupo de los elegidos: sus padres fueron descendientes de libaneses que durante años se dedicaron al comercio de textiles de primer nivel, telas elegantes con las que vistieron a la clase alta de la ciudad.

Al ser hijo único, fue educado en los mejores lugares. Sus padres diseñaron cada paso de su camino con una meticulosidad repugnante. Su vida era lo más parecido a la perfección. Vivió así hasta la mitad de sus veinte años, rodeado de lujos que pronto le parecieron normales y ordinarios. Era un hombre con dinero que tenía acceso a los placeres. ¡Con cuánta facilidad le llegaban las mujeres! Y con cuanta facilidad él rechazaba a casi todas.

Ya de fantasma se vio obligado a buscarlas, a mirarlas a todas, a detener su mirada en ellas, porque la soledad de los fantasmas es horrorosa, cosa que llevó a Leopoldo a crear sus propias costumbres: daba paseos por los baños de mujeres, le gustaba verlas maquillarse y abrir los ojos grandes para pintarse las pestañas. El fantasma engominado solo espantaba a las mujeres que le parecían lindas; a las feas pocas veces les hacía caso, porque según él, el único poder que le quedaba era elegir a quién asustar. Por ello elegía siempre a las personas que consideraba dignas de que un fantasma como él les metiera un susto.

Otro de los pasatiempos de Leopoldo era abrir sobres y cambiar las cartas de lugar. Esas travesuras tenían crueles consecuencias, porque al cambiar una carta destruía una hermosa historia de amor y creaba una de odio, interponiéndose a la cercanía. Nadie sabe cuántas vidas destruyó desde la clandestinidad de su existencia. ¿Cuántas veces nuestra presencia anónima nos ha hecho cambiar el rumbo de otras vidas? ¿Cuántas veces hemos sido la mano fantasmal que nos avienta al olvido o a la guerra?

Pero ya todo eso había perdido sentido, llevaba 30 años así: mirando al mundo como un espectador condenado a la soledad y a la culpa.

A veces miraba de lejos a Cristina, la secretaria que hacía los paquetes que repartían los carteros. La observaba curioso y a veces se acercaba para soplarle la nuca, ella se estremecía y lo buscaba en al aire como si percibiera alguna presencia. Él se sentía menos solo cuando sabía que lo buscaban. La miraba a ella porque su cara de niña le recordaba a María Inés y le daba confianza.

Leopoldo quería hablarle y pedirle ayuda, pero no sabía cómo porque los fantasmas no tienen voz, es lo primero que pierden cuando quedan atrapados en la deuda, en la culpa.

Ese silencio en el que vivía lo llenó de angustia y desesperación, por lo que trató de encontrar el origen de su castigo. Una noche subió a la azotea y se acostó para mirar el cielo, parpadeó con pesar y vio en la Luna el brillo que alguna vez él tuvo en los ojos; se sintió envuelto en la melancolía y decidió entregarse a ella. Repasó su vida con cuidado para ver en qué punto exacto estaba el origen de su castigo, porque tal vez así podría encontrar una forma de terminar con su pesar. Estaba seguro de ser el fantasma que menos había resistido a la eternidad.

Los pensamientos sobre su vida comenzaron a aparecer, entre esa maraña de recuerdos, aquel elegante fantasma descubrió con quién era su deuda. De entre todos los nombres y caras que miró en el cielo, un nombre se apareció: Marcelo Bertoloni.

*Este cuento, de Enid Carrillo, pertenece al libro Lotería. Compilación de cuentos de la editorial Elementum y fue compilado por Agustín Cadena

** Es comunicóloga, colaboradora en la revista de periodismo narrativo 451 EFE; es además creadora del proyecto Esto no es un libro; ha participado en Pillaje Cibernético y revista Letras Raras. Logró el premio estatal de cuento Ricardo Garibay 2018 por la obra
“La noche nunca termina”

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