En derruida vecindad de la vieja villa del mineral de argento a la anciana le picaba elucubrar sobre los sueños, repetía “son hermosos y maravillosos” aparecen siempre, suponemos, presumimos, inventamos cosas halladas en los pensamientos, en las mentes como pedazos de memoria, quedando en el olvido casi en su totalidad. En inaudible lamento redundaba “recordar, rememorar es andar los tiempos, es regresar situaciones pasadas, es escuchar pláticas, relatos, experiencia, lecturas para vivirlas o revivirlas, recrearlas al momento, sentirlas”, fue un gustillo que le llevaba a su máximo placer “desenmarañar la historia de la villa de Pachuca”.
Ese gran placer, aseguraba, “deja las cosas en su lugar y las desnuda”, de eso pasó a nombrar El Centavo, un comercio, el más pequeño, el más añejo, el más viejo, en donde se encontraban los más deleitosos dulces de a centavo, con el más grande surtido de golosinas para los chamacos de los barrios del mineral, vendía al mayoreo o por pieza. Por un centavo se compraban golosinas de la más ilusionada variedad, “todas ricas”, desde un cremoso chicloso de café o nuez, dorados caramelos confitados, los de leche, de coco, de nuez, los más sabrosos chocolatines, chicles de multitud de sabores y formas, los más buscados vinitos, agüitas y botellitas, los deliciosos chicharroncitos de coco con piloncillo conocidos como “coco duro” pequeños en forma de pirámide que se llevaban a la boca enteros y se deshacían en el paladar “poco a poco”, olorosas peritas de anís, los de caramelo macizo sin envoltura “encuerados” preferidos de piña, los de formas de cacahuatitos, pescaditos, corazoncitos, gomitas, los Tomys, los sobrecitos de papel de estraza con pinole.
Esa variedad se surtía en latas de lámina de 20 litros tipo alcoholero nombrados como “bote tamalero”, se exhibían en barrigones frascos de cristal, gruesos, con tapa de colores o vitroleros en rústicos estantes de madera bien apretujados en el estrecho local, pues sus dimensiones son diminutas; de frente de no más de 2.5 metros por 4.5 metros de fondo. Ese Centavo, “por acomodos del destino”, contaba la abuela, fue a plantarse en el recién edificio construido al sur de la plaza Mayor, Constitución, en el lugar más pequeño de la propiedad de don Guillermo de la Concha, luego del incendio del mercado Primero de Mayo, “del 15 de septiembre del 38, causado por los cohetes y castillos de la noche patria celebrada frente al palacio de gobierno”.
Quizá de los últimos de la primera mitad del siglo XX, junto con la nevería La Queretana de don Juan Castellanos, hoy atendida por su hijo don Ezequiel, El Centavo en 1938 inicia sus ventas como negocio de la familia Zacatenco, al frente por muchos años doña Eulalia, la suple el licenciado Alfonso Zacatenco, a pesar de haber desaparecido el centavo como moneda circulante, el de la plaza principal de la villa de argento sobrevive atendido por la enigmática, abismal, viajera doña Martha del Carmen Ortega Zacatenco, ejemplo de constancia y tenacidad, una apacible jubilada de profesión química, farmacéutica, bióloga.
Del añejo Centavo queda la perseverancia de los comerciantes de esta villa, los viejos entrepaños, una hermosa vitrina de madera, uno que otro de los dulces que fueran de a centavo, ha sobrevivido a mucho, pero ha perdido hasta el nombre al ser arrasado el letrero de éste por las afectaciones y la ignorancia de un presidente municipal. Desde hace 78 años al pasar aparecen ahí recuerdos placenteros, está el apolillado y polvoso nicho de una vieja virgen de San Juan que llegó junto con doña Eulalia, se huelen y ven dulces y golosinas que arrancan una sonrisa, un placer, un suspiro, un recuerdo y múltiples ilusiones que hacen apretar la mano, sudar, sentir la única y diminuta moneda.
El Centavo y La Queretana son una clave, una huella del destruido centro, en la virreinal plaza histórica de Mercaderes y Mayor que imperturbable enfrenta lo moderno, lo horrible, sin identidad, representan trazos en extinción de esa plaza Constitución. ¿Su lugar?, El Centavo se plantó, se ubicó, se acomodó en el hueco más pequeño de lo que se proyectó como acceso y escalera para los niveles superiores en un inmueble de la tipología del estilo deco que a pesar de quedar inconcluso, pues iba a ser un edificio de varios niveles, no perdió las formas, es de líneas verticales ordenadas, de erguidas puertas y aparadores de dinteles truncados, que tuvo hermosos exhibidores con limitaciones en fríos tubos, ventanearías de maderas, protecciones nocturnas en ruidosos juegos de tablas que lucían trancas y grandes candados. Esas formas de espíritu que armonizó con los virreinales portales, con la tipología de la plaza, con el atractivo quiosco, pérgola, pabellón también de las artes decorativas, ya destruido, con el mercado Primero de Mayo que fue desfigurado salvajemente a finales de la séptima década del siglo XX.
El cascabel al gato. ¡Ya cayó… ya cayó, el tuzoburro de Paco ya cayó”! Palabras prestadas. “No confundir” con aquellos que levantan la siniestra para tirar piedras a las autoridades y con la mano derecha le jalan la ubre, le aprietan y estiran el pezón de beneficios de comodatos. Es obvio, el tuzoburro de Paco nació muerto, no puede resucitar, no funciona, apesta; hay casi 2 mil millones sin aclarar, en corrupción, robados, defraudados, en obras de mala calidad; pavimentos de tercera cobrados a precio de primera, paraderos que no son estaciones, toboganes que no son puentes peatonales. ¡Lo sabe el gobierno! ¿Por qué hacer un simulacro de consulta si va a resultar lo que “usted diga don gobernador”? ¿Populismo?, la consulta ya está en las votaciones del 5 de junio 2016 que perdieron gobierno, la alcaldía y diputaciones aquí, ¿con quién es el compromiso de cubrir la espalda? Ya lo dijo Fayad “no funciona, es una locura invertirle más” al tuzoburro de Paco.

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