Estuvimos esperando, digo estuvimos porque incluyo a M, artífice de la ocasión. Estuvimos esperando con anhelo la llegada de la noche del sábado para asistir al concierto de una de nuestras cantantes favoritas.

Como somos gente a la que le gusta la tranquilidad y el sosiego, la música de esa cantante es melódica, ni más alta ni más baja que nuestra satisfacción de oírla y entender sus canciones sin más esfuerzo que poner bien las orejas para el disfrute.

Así que muy puestos, pero con la mesura de afeites y demás mejunjes que nos caracteriza, nos presentamos a la hora indicada, aunque un poco apresurados, en la sala donde iba a tener tan magno acontecimiento.

Cuando llegamos escuchamos por la megafonía interna aquello de “tercera llamada”, así que echamos una carrera hasta la escalera mecánica, precedida esta de una breve revisión de boletos y cuerpos a través del escáner, que como era de esperar no hizo con nosotros su sonido agudo de advertencia.

¡No sé porque corrimos tanto! Eso sí, con nuestro característico paso desacompasado y suelto, ¡tan elegante! El caso es que llegamos ahogaditos, ¿y para qué? El concierto empezó 10 minutos después.

Ni M ni yo podíamos disimular nuestra emoción ahogada a través de la semioscuridad. Quedamos a la espera de que iniciara la felicidad en forma de música deliciosa, qué para eso nos habíamos llegado hasta allí muy monos y a la carrera.

Las parejas a nuestro alrededor hacían malabares con sus celulares de brillantes pantallas aulladoras de luces cegadoras. De vez en cuando pegaban un grito ensordecedor que les parecía lo máximo y a nosotros nos hacía taparnos los oídos con delicadeza.

De pronto, se escuchó en el aire el zumbido de un tambor que llenaba la sala-selva de estridencias horripilantes para tan delicados corazones como el de M y el mío. Para nuestra sorpresa empezó de esa manera el concierto.

Nada de melodías tiernas. El ruido era tan espantoso que se comía la voz de la cantante, quien gritó en cuello procuraba gritar más que el público y la música ensordecedora. Lo cual debía ser un esfuerzo sobrehumano.

Al segundo aplauso, M y yo nos pusimos unos tapones en los oídos. Precaución que nos sirvió para mantenerlos a salvo y sin daño. No sé qué hubiese sucedido con nuestro grado auditivo de no ser por M, quien en su bolso lleva de todo.

Pasamos así dos horas, con los oídos taponados y escuchando los tambores de la sala-selva, los gritos del respetable y algún aullido agudo de la cantante, a quien no hay que negarle mérito alguno, dadas las condiciones de contaminación acústica con las que trabaja.

Salimos un tanto sordos y decepcionados del concierto, pues las alturas alcanzadas por el volumen no permitieron que lo disfrutáramos como era debido a la ilusión puesta en él. El malhadado ingeniero de sonido nos mató el gusto.

El caso es que al día siguiente, para olvidarnos de todo lo sucedido en el concierto, fuimos a comer a un buen restaurante. Pero hete aquí que tenía, ¡qué espanto!, un DJ. Y que este ponía música disco a todo dar.

M le dijo al camarero en tono suave, aunque gritando, pues ya no se oía nada, que si podían bajar un poco la música. Este le contestó: “No puedo, es política de la empresa, y a medida que pasa la tarde se sube más y más el volumen”. Así que, M sacó de su bolso mágico los tapones para los oídos.

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