En octubre de 2007 dijo Miguel Calero: “Los dos trabajos más riesgosos que existen son el de presidente de la República y el de técnico de futbol. Cuando me retire, no me inclinaría por ninguno de los dos”.
Arquero, ya leyenda en el futbol mexicano y, sobre todo, del Pachuca, también citó:
“No sé si soy el mejor o el peor, pero soy de los rentables. Como portero tengo tres B: bueno, bonito y barato.”
Ya era para entonces un estelar de los Tuzos, a los que había llegado en mayo del 2000, con debut oficial el 30 de julio, en juego en el que Toluca ganó 4-3.
Al final, en recuento estadístico, participó en 495 encuentros.
Identificado como el Cóndor, nació el 14 de abril de 1971, en Ginebra, Valle del Cauca, Colombia.
Inició una carrera futbolística en la que, además de sus cualidades, sobresalía su ligero buen humor.
Con un metro 89 de estatura, en muchas ocasiones se sumó a tareas ofensivas, en algunos casos con éxito.
Pareció tener muchas similitudes, en su compromiso de guardavalla con otro grande: René Higuita.
El balompié era su vida.
En septiembre de 2007 le diagnosticaron trombosis venosa en el brazo izquierdo. En ese octubre de 2007 ya lo habían intervenido y era ostensible su delgadez, al perder casi siete kilogramos.
El cuadro hidalguense había registrado un decremento en su rendimiento. Al cuestionarle si eso obedecía a su ausencia, manifestó:
“Estaría alucinando si pensara que este bache es causado porque no estoy en la alineación. Podría decir que he ejercido liderazgo, que lleva su tiempo, pero hay circunstancias que no pueden soslayarse.”
Con simpleza, enumeró:
“Lesiones de Leobardo López y Alfonso Salazar; la falta de Aquivaldo Mosquera, vendido a Sevilla, en España.
“Pudo surgir una fatiga mental, no física. Todos son atletas y saben responder. No se olvide que en siete meses, que se fueron así de rápido, logramos tres títulos. A veces puede aparecer una saturación; el jugador es un ser humano, no una máquina.”
Calero aludió a la política.
“Soy nacionalizado. Tengo la opción de votar, aunque aparentemente no puedo ser votado. He cumplido mis deberes ciudadanos.
“Me interesa la política. Es parte de la vida misma estar enterado. No se puede permanecer ajeno a lo que ocurre en el país. Estoy alejado de partidos, pero con mi sufragio entrego mis mejores deseos por la paz y bienestar de la República y, particularmente, con este estado que me ha colmado de buenos tratos.
“Es ya una convicción familiar: vivir para siempre en Pachuca. Es nuestra casa.”
Quien primero advirtió sus cualidades fue Andrés Fassi.
“Le comentó a Jesús Martínez, quien inició el trato para adquirir mi carta. Yo no conocía México, salvo las habituales referencias que da el deporte.”
La mala fortuna del arquero empezó a escribirse un miércoles, pasado el mediodía, en Monterrey.
Por la noche jugarían contra los Tigres.
“Empezó con una inflamación en el brazo izquierdo, que fue subiendo de intensidad. Nunca apareció el dolor. Esperé minutos hasta que hablé con el doctor Torres.”
-¿Miedo? ¿Temor?, preguntó el médico.
“Nervios; solo eso. Usualmente no me amedrento ante nada que no sea la soledad o una mujer con celos. Diagnosticó trombosis venosa profunda; desde luego no jugué”, recordó Calero.
Consultaría a un especialista guatemalteco, Ernesto Molina, quien lo operó el 9 de septiembre.
Se retiró como jugador el 20 de octubre de 2011 y, poco más de un año después, el 4 de diciembre de 2012, falleció en el hospital Médica Sur, de la Ciudad de México por un paro cardiorespiratorio.
Un día después, el 5, hubo un sentido, doloroso adiós, ante más de 10 mil aficionados en el estadio Hidalgo.
Jesús Martínez y Andrés Fassi, directivos de los Tuzos, conmovidos, dijeron: “Se fue uno de los grandes; de los más grandes del deporte”.
Ciertamente, tenían razón.

Comentarios