Había una vez un conejito que se creía canguro. Saltaba, saltaba y se ponía contento y cuanto más contento estaba más saltaba. Su mamá le decía: “Jaimito, si sigues saltando así algún día llegarás a la Luna y no podrás volver”. Se lo decía medio en broma y medio en serio, pues estaba preocupada.

Todos en el prado lo conocían y estaban habituados a verlo saltar por encima de las nubes y aterrizar en cualquier parte, incluso en los tejados de las casas, que con sus sótanos madrigueras eran el hogar de los conejos.

Pese algunos desperfectos sin importancia que enfadaban a los más ancianos, la realidad era que Jaimito era muy apreciado y querido por la comunidad, y su manía de saltar no disminuía el cariño que sus vecinos le tenían.

Sus padres eran los más preocupados por tantos saltos sin ton ni son. Al fin y al cabo, su hijo no era un marsupial saltador para estar siempre caminando por las nubes, en expresión popular que se había hecho famosa por aquellos días.

Su mamá le preguntó un día: “¿Hijo mío, por qué saltas todo el tiempo, no te gusta caminar como los demás conejos?” “No, no es eso mamá. Lo que ocurre es que salto y soy feliz y esa felicidad me hace saltar más alto. Si no lo consigo me pongo triste y dejo de saltar”, le contestó.

No entendió lo que le dijo su hijo y quedó más preocupada. Se lo contó a su marido, quien para consolarla se limitó a señalarle el hecho inexorable que terminaría por crecer y eso le haría ser más razonable.

No estuvo de acuerdo en esperar a que creciera para que dejara de saltar. Además, era probable que aquello no ocurriera y su hijo se convirtiera en un vago sin oficio ni beneficio. Eso no lo admitiría nunca, ver a un hijo suyo dedicarse a la farándula del salto. Solo pensarlo le hacía sufrir.

Una mañana muy temprano, lo levantó de la cama y sin darle de desayunar lo llevó al doctor más famoso de la ciudad. No importaba lo que costara, aquel sabio lo curaría de su rara enfermedad.

No lo hizo. Lo único que logró fue un consejo: “Señora, su hijo no está enfermo. La edad hará que deje de saltar”. Era lo mismo que le había dicho su marido. ¡Para eso había gastado tanto! Estaba rabiosa consigo misma, pero seguía sin estar de acuerdo con aquel diagnóstico y muy preocupada por el futuro de su hijo.

No le faltaba razón a mamá coneja, pues un día Jaimito saltó tan alto que llegó a la Luna. Los selenitas canguros, todos ellos saltarines, lo miraban de forma enojona, porque saltaba igual que ellos, pero no se les parecía en nada.

El conejito cada día estaba más triste y por tanto cada día saltaba menos y andaba más como sus congéneres. Terminó por ser rechazado por los canguros, quienes lo despreciaban por raro y porque ya no saltaba.

Un día escuchó que alguien lo llamaba desde un agujero cercano. Al acercarse se llevó una gran sorpresa. Era un anciano conejo. Le dijo: “No estés tristes conejito. Tienes que estar contento y feliz para que vuelvas a tu hogar”. Luego le contó su historia y resultó que era su abuelo materno, del que solo sabía que había desaparecido.

Jaimito lo convenció de que saliera de su madriguera y que saltaran juntos, pues sabía que su mamá se pondría muy contenta de verlo regresar con él. Y así fue, ambos saltaron y saltaron hasta que un día aterrizaron en su prado.

Todos se pusieron muy contentos de ver a Jaimito y a don Jaime regresar a su casa, y los que más fueron los padres del conejito, quienes lo habían extrañado mucho. La doble celebración fue muy grande y el banquete de hierbas espléndido. Después de aquello, abuelo y nieto no volvieron a saltar, pero eso no les impidió ser felices por el resto de sus días, que fueron muchos y muy alegres.

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