Ana y Mateo quieren ser consumidores conscientes y responsables después de leer un reportaje sobre el trabajo infantil, la explotación laboral, el maltrato animal, los pesticidas agresivos que causan cáncer y las semillas transgénicas. Desearon, desesperadamente, ser de esas personas informadas capaces de buscar opciones de consumo de menos impacto sobre el medio ambiente y con efectos positivos en la sociedad. Afortunadamente, al final del artículo, venía un listado de pasos a seguir.

Primer punto. Considera el impacto ambiental: Toma en cuenta los procesos de producción, transporte, distribución, consumo y residuos que deja el producto.

Ana decidió dejar de comprar en Internet ropa muy barata, pero su nueva opción de acudir a centros comerciales la adentró nuevamente a la ruta trazada por los arquitectos que la obligaban a recorrer el centro comercial entero y, cuando aprovechó los grandes descuentos de cambio de temporada, se dio cuenta que el presupuesto asignado se había sobrepasado. Ana y Mateo no son personas que se sientan cómodos con ropa de artesanos, ni telares, ni bordados. Quisieron ir a las tiendas de diseñadores locales, pero de pronto se dieron cuenta lo difícil que era encontrar una camisa blanca. Después de mucho pensarlo, y como requerían de prendas de vestir, tuvieron que volver a las grandes marcas, tras una búsqueda en Internet se dieron cuenta que todas tenían explotación laboral en países asiáticos o latinos. Ya no tenían muy claro cómo conseguir la ropa estándar o los zapatos estándar o los accesorios estándar.

Punto dos. Buscar productos y servicios que respeten el medio ambiente y los derechos humanos.

Si Ana y Mateo ya no tenían claro qué hacer con la ropa, cuando tuvieron que pensar en la comida, todo fue aún más complicado. Mateo debe facturar todo lo que compre para deducir impuestos, por eso compran en supermercados. Intentaron ir al mercado, aunque eso les implicó un esfuerzo al que no estaban acostumbrados, no saben muy bien el precio del jitomate o la papaya y al final salieron de ahí con la sensación de haber sido engañados, no supieron recurrir a las preguntas que una señora a su lado había hecho de “¿por qué tan caro?” e incluso se sentían viles si regateaban. Gastaron en frutas y verduras un poco más de lo que pagaban en el súper y no pudieron deducir ese gasto mensual. Unos días después, alguien les recomendó un mercado orgánico, acudieron entusiasmados con sus bolsas de manta y canastas para colocar ahí las compras, no les quedó muy claro por qué los jitomates parecían de los mismos que estaban en el súper, de los que habían escuchado que alcanzan ese gran tamaño por hormonas y aguas negras. Les explicaron el concepto local, sustentable y orgánico, entendieron sobre las certificaciones, pero, aunque intentaron no comprar más en las grandes cadenas, terminaban muy cansados al final del mes para poder tener todo en un mismo lugar.

No quisieron llegar a los siguientes puntos de la lista de consumidor responsable, se sentían abrumados y con culpa. Preferían seguir siendo inconscientes y felices, cuestionarse menos.

Ana fue quien encontró la solución, una cosa a la vez, un paso, antes del otro. Comenzó por dejar de comprar el café en Starbucks cuando supo que el grano de café se compra a precio risible a los productores locales; también se informó que la leche, aunque de marcas mexicanas, su materia prima es de Estados Unidos donde tienen a mexicanos trabajando en malas condiciones. También supo que el chocolate, aunque comprado en el sureste mexicano, es producto de semillas transgénicas que pueden soportar las inclemencias del tiempo mejor que las semillas tradicionales.

No se pueden ganar todas las batallas responsables en un primer momento, pero sí se puede comenzar a pensar en pequeñas acciones, pensó Mateo.

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