El contrabajo, Patrick Süskind Double bass parade, Iván Sztankov y Erika Tóth

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El contrabajo, también conocido como violón, viola de gamba o tololoche, es uno de esos raros instrumentos que nunca han tenido forma definitiva a lo largo de la historia.

Muy raras veces llegó a tener seis cuerdas, pero la cuenta general es de cuatro, aunque se le encuentra con cinco. Cuando se le busca en otros idiomas y tradiciones musicales europeas, directamente como “contrabajo”, la gran sorpresa es que se identifica el registro acústico, pero no el instrumento, al que se conoce generalmente como “double bass” o bajo doble, pero con la profundidad acústica también están clarinete, flauta, saxofón y el basso profondo para describir ese timbre en la voz humana.

Ahora bien, todo lo anterior es por una razón. Patrick Süskind, ampliamente conocido por El perfume, cuya fijación con el olfato volvió a la novela uno de los momentos y ejemplares más trascendentales de la literatura moderna, aunque el escritor siguió produciendo, El perfume le hizo sombra a todos sus escritos previos y posteriores; pese a que de eso casi no se habla, Süskind siempre trabajó al mismo personaje.

Obsesivo, cínico, calculador, maniático, sociópata, sus protagonistas suelen ser personas trastornadas, prácticamente con ningún vínculo relevante para la humanidad y la única guía que los sostiene es una actividad que si bien tiene el rastro de un oficio, de una formación, sea académica o laboral, el personaje se encarga de llevarla por rumbos que solo pueden ser descritos como el extremo alienado de aquello que se consideraría ordinario.

Mientras que en La paloma el protagonista lleva una rutina enfermizamente mecánica, repetida día tras día sin la más elemental variación, hasta que para su sorpresa, en el alféizar de la ventana aparece la paloma titular, como si se hubiese aposentado un dragón monstruoso que amenazara su integridad. La gran paradoja de la novela es cómo el héroe de la historia tendrá que vérselas con la criatura y alterar su rutina hasta el punto de tener que reinventarse a sí mismo.

La historia de mr. Sommer no difiere gran cosa de las otras novelas y qué decir del cuento La batalla, que va sobre una partida de ajedrez que llegado el momento parece convertida en una guerra entre dos personas, pero la percepción alterada de uno de los jugadores convierte todos los movimientos en el tablero en una espectacular serie de maniobras que parecerían destinadas a cambiar el orden del mundo.

Así, cuando se revisa El contrabajo, su primera novela de 1981, resulta que Süskind, el escritor, todavía tenía asomos de un humor negro y demoníacamente inteligente. Como para el resto de sus protagonistas, el contrabajo es el centro del mundo y no existe otra cosa al margen de él. Justo en ese punto, el personaje empieza a hacer afirmaciones maniáticas y sin sentido que el propio autor sabe son erróneas, para las que una pequeña investigación demostrará cuán enfermo se encuentra su personaje, ya que llega a reelaborar el sentido de la realidad en función de las afirmaciones de sus disparates.

De forma por completa magistral, Süskind relata la vida de un sujeto que se sabe tan poca cosa que se siente obligado a demostrar la contrario mediante afirmaciones que cualquiera con un mínimo de formación podría rebatir sin problemas, pero de nueva cuenta, el genio del autor sale a flote: la narración se encuentra estructurada en forma de monólogo, un soliloquio dirigido a un hipotético escucha que quizás le dará la razón al personaje, pero asintiendo más por lástima y empatía que genuina convicción.

La existencia del contrabajo, en términos estrictamente musicales es uno de esos accidentes afortunados que le dieron al repertorio de la composición un recurso para ampliar la profundidad tonal en una orquesta, pero ni siquiera existen suficientes composiciones dedicadas al instrumento.

Schubert, Liszt, Nikolái Rimski-Kórsakov, Kusevitski, Tabakov, Rachmaninov, son unos cuantos, porque además el instrumento cayó en el favor y el aprecio de las culturas rumanas, pero gracias a que Europa apenas lo tomó en cuenta, es un ciudadano de segunda categoría, comparado con el cello o el violín. Razón de más para leer con detalle cómo la desgracia de la locura se encuentra en el sutil recuento de un instrumento.

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