Ante el cuadro, el caballero dejaba pasar el tiempo. Desnudo de pensamiento y todo corazón examinaba con minuciosidad las facciones de la dama desconocida: los ojos grandes de negro azabache, resaltados por pestañas largas e interminables. El porte del rostro, emotivo, iniciaba en una pequeña barbilla de una redondez deliciosa. Más arriba, unos pómulos rosados y un poco alzados realzaban la belleza de la dama. Los labios, de un rojo intenso, incitaban al desborde de las pasiones. El cabello, de un negro brillante, se extendía ocultando el busto. Justo ahí acababa el retrato y empezaba la sala. Enfrente, en un banco de madera sin respaldo, el noble Antonio miraba la pintura con ojos de fiebre.
K contemplaba la pintura impresionista, de un autor poco conocido, en la galería de arte de su amigo C. No era de dimensiones excesivas y su sobriedad de colores y trazos la hubiesen hecho poco atractiva de no ser por la genialidad que el artista había puesto en ella. Había logrado, con gran economía de medios, algo muy difícil de alcanzar; de hecho algo que solo se lograba ver en obras pictóricas mayores. Se trataba de una combinación sintética de formas que invitaban al espectador a presenciar un momento único.
K, emocionado, dijo: “Nunca había visto nada igual. La obra respira un aire de originalidad repleto de purezas estelares inigualables. ¡Es una maravilla!” Su amigo, que en aquel momento embalaba lienzos en grandes cajas, lo escuchaba entre martillazo y martillazo. Tenía en el rostro una sonrisa enigmática.
C dejó de trabajar y propuso a K ir a tomar un café en la cafetería de la esquina. Le prometió que frente a la humeante taza le contaría toda la historia de la adquisición, la cual era tan extraña e impresionante como la pintura.
El camino lo hicieron en completo silencio, cada uno de ellos embebido en sus propios pensamientos, que tenían en común a la extraordinaria obra y las sensaciones que les provocaba. Una unión evocativa, la de ellos, que les emocionaba.
El humo del café caliente subía en volutas hasta estallar en el artesonado. Un enorme espejo en la pared de enfrente rebotaba sus rostros desdibujándolos. Las luces mortecinas del local contrastaban con las chispas encendidas que salían de la vieja chimenea. Los cristales de las ventanas lagrimeaban. Frente a frente veían las cortinas de lluvia inundar el mundo.
C inició su historia: “Era un día como este cuando llegué al castillo de la condesa M. Me hizo llamar porque había encontrado en el desván, entre las cosas de su bisabuelo Antonio, un bulto que por su forma podía ser un cuadro, pero que no se atrevía a desenvolver sin mi presencia. Llegué a la hora acordada y después de una breve charla, junto a una taza de té, subimos por una escalera empinada de escalones desvencijados.
“El lugar estaba oscuro, aunque había cierta claridad procedente de una claraboya. Minúsculas partículas de polvo volaban a nuestro alrededor iluminadas por los escasos halos de luz. El orden, sin embargo, era absoluto. Los bultos estaban acumulados en diversas partes del desván sin mezclarse. M me explicó que estaban clasificados por la pertenencia a un antepasado concreto. Una forma curiosa de clasificación que me llamó poderosamente la atención.
“‘Ahí está’, me dijo. No era un objeto de gran tamaño. Su forma, como me había dicho, correspondía a lo que pudiera ser un cuadro, no solo para un ojo entrenado como el mío. Le propuse llevarlo a un lugar mejor iluminado y allí desenvolverlo con las precauciones debidas. Estuvo de acuerdo.
“La tormenta arreciaba y el horizonte resplandecía a intervalos por rayos terroríficos, que precedían al estruendo de truenos monstruosos. La luz se fue y M volvió con un candelabro barroco en las manos. Los cirios de iglesia encendidos producían imágenes fantasmagóricas en la inmensa oscuridad.
“Puse el bulto en el suelo y empecé a sacar una por una las hojas de papel plegadas que lo envolvían. La condesa, arrodillada a mi lado, me alumbraba desde arriba. Las sombras que producían las llamas se confundían con mis propias sombras y las del objeto.
“Con manos temblorosas retiré el último pliegue de papel. La mano derecha de M en mi hombro también temblaba. El cuadro apareció ante nuestros ojos repletos de lágrimas. Sorpresivamente volvió la luz.”
Con la pintura bajo el brazo llegó a la casa. Su mujer lo observó extrañada pero no le preguntó qué traía. Por la noche escuchó ruido en el salón. No le dio importancia, su marido hacía esas cosas. Al amanecer, contempló a K sentado delante del cuadro. Luego se sintió reflejada en el retrato, como en un espejo. Miraba al noble Antonio.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.