Cuenta la leyenda que la celebridad de Paul Auster comenzó con todo su vigor a partir de la publicación de El palacio de la Luna, alrededor de 1989, y un año después cuando comenzó las entregas de La trilogía de Nueva York. No obstante, el 25 de diciembre de 1990, el New York Times publicó “El cuento de Navidad de Auggie Wren”, relato que además de consagrarlo, lo mandó a las puertas del mundo cinematográfico.

El cuento relata cómo un escritor, a quien por encargo de un diario de gran circulación se le pide escribir una historia de Navidad, primero a regañadientes y después interesado en sacar adelante el reto, no sabe qué escribir. Así, comienza por desarrollar una historia sobre su reencuentro con Auggie Wren, el tendero de un quiosco donde compra puros holandeses que no encuentra en ningún otro lado excepto en ese rincón de Brooklyn

Con el tiempo, el escritor y Auggie se vuelven amigos, gracias a que Auggie descubre una publicación ilustrada con una foto en la que se habla del escritor y se encarga de revelarle que, a su manera, él también es un artista, pero de la fotografía, y tiene un proyecto que le va a compartir cuando él esté dispuesto.

A partir de esa anécdota, el cuento se transforma en una serie de revelaciones en las que Auster se encarga de desmontar la naturaleza del cuento de Navidad y cómo con unas cuantas pinceladas de nada se tiende a narrar una tradición de lo que representa el cuento de Navidad para la cultura occidental y que, además, es una extensión del espíritu de buenaventura que se despliega por las fechas.

Lo cierto es que el cuento, además de encantador, posee una riqueza inusual en términos de una capacidad bastante evocadora de imágenes con un carisma atípico que no se encuentra en suficientes relatos contemporáneos. En cierta medida, Auster admite de manera autobiográfica que el cuento por encargo no pudo serle más indiferente y ajeno a su estilo que cuando se le pidió, pero gracias a la calidad del texto, su reputación nacional se elevó por los cielos.

El relato cayó en manos del cineasta Wayne Wang y con la misma premisa que detalla el texto nació Smoke, cuyo argumento escribió Paul Auster y extendió en una galería de personajes interpretados por William Hurt, Harvey Keitel y Forest Whitaker. El pretexto del argumento prácticamente no estaba en ninguna parte, salvo en el descubrimiento causal del escritor cuando conoce la cámara y el tripié de Auggie, así como sus álbumes de fotografías, más el cierre de la cinta, donde se desarrolla íntegra la narración del cuento.

Pero una vez filmada con el apoyo de un reparto solidario de las filmaciones independientes, así como la intervención de realizadores aficionados al cine experimental, la cinta no tardó en hacerse un éxito en el Festival de Berlín de 1995, donde ganó el Oso de Plata. Por si fuera poco, así como Jim Jarmusch ya le había dado un sólido éxito a Tom Waits al sacarlo de las sombras con una participación protagónica en Down by law, cuya banda sonora también musicalizó, hizo otro tanto para Wang.

Tomando un éxito olvidado de 1978, Smoke cerró la narración con una de las canciones más bellas de Waits: “Innocent when you dream” de su álbum Frank wild years y que ilustra cómo Auggie obtuvo la cámara con la que retrata un rincón de Brooklyn todas las mañanas durante 12 años.

A partir de ese momento, entre 1995 y 1998, el prestigio de Auster, Wang y Waits creció como la espuma y la escena underground de Nueva York se hizo de una nueva fama en la que coincidieron todos los autores con una celebridad que todo debía a su origen en uno de los epicentros de Estados Unidos, más bien reconocidos por su efervescencia social, pero que por apoyo de Madonna, Lou Reed, Jim Jarmusch, Michael J Fox, Ashley Judd y Harvey Keitel, al menos durante un breve periodo de creatividad, abrieron la escena para el que se convertiría en el concierto del final de milenio, gracias a un cuento de Navidad.

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