Lol Canul
Maestra en ciencias de la salud

La salud se posicionó en un tema primordial desde que la pandemia que atravesamos comenzó, varios meses después sigue dando oportunidad para debatirla y profundizar en su entendimiento. Una de esas oportunidades se atraviesa en medio de estas celebraciones de fin de octubre y principios de noviembre que, sabemos, son tradición importante para la población mexicana.

Los estilos de vida saludables han sido objeto de estudio y su enfoque permite conocer la influencia de la cultura en ellos. Es sabido que las fiestas y celebraciones tienen afectación sobre todo en la dieta de las personas, pues el apego a los hábitos saludables suele modificarse en presencia de la familia y por la convivencia que representa compartir los alimentos. Las rutinas de sueño también suelen ser diferentes cuando las personas duermen o conviven con otras personas de la familia, las mujeres que son madres y ejercen cuidado muestran cambios en los horarios.

Pero cuando franqueamos como sociedad una epidemia de las magnitudes que la presente, es de preocuparnos por una festividad que es sinónimo de reunión entre familias, toda vez que las medidas de contingencia sanitaria son explícitas en cuanto a la restricción de agruparse con personas con las que no habitamos. Las fiestas de disfraces que suelen realizarse en lugares con inadecuada ventilación, cerrados y dudosamente pueden garantizar el espacio personal de metro y medio de distancia entre personas son otra de las inquietudes en el tema de salud. Se suma a esta lista la costumbre de que las niñas y niños visiten casas a manera de procesión pidiendo dulces y calaverita a las familias vecinas.

Poner en una balanza las costumbres y el riesgo a la salud es una tarea que debería ser cotidiana, sin embargo, cuando la cultura ha arraigado tales hábitos, es difícil desprender esa carga que pesa más que los cuidados. Es por ello que la salud pública es una disciplina sumamente compleja y que debe atender siempre a una atención integral para tener éxito en la misión de proteger el bienestar de la población. Por ello, no hay razón para menospreciar ningún esfuerzo que se pueda adherir a tal objetivo.

Nuestro estado ha llevado un historial delicado en el conteo de los contagios y la dispersión de la enfermedad del Covid-19. Es justo que usemos la balanza entre el riesgo y la ganancia tanto de manera individual como para nuestras familias y comunidades.

Algunas instituciones y organizaciones han emitido ideas y recomendaciones para que la vivencia de la pandemia no nos despoje de la práctica de nuestras tradiciones; mientras los significados sean guardados, las formas en que las ejercemos pueden adaptarse a las necesidades de salud que tenemos en este año.

La presente es una invitación a tomar nuestra responsabilidad como sociedad civil y asumir los cuidados debidos en la conmemoración de las fechas. Las iniciativas que tengamos pueden responder también a la diversión de niñas y niños de nuestros hogares sin que se implique ninguna exposición al riesgo. Actividades como hacer pan de muerto, poner una ofrenda o altar, cocinar dulce de calabaza, preparar los alimentos que se acostumbran, romper piñatas, esconder dulces por la casa, contar cuentos, ver películas o hasta los juegos de mesa familiares, permiten un espacio de disfrute con la familia y nos apegan a las tradiciones.

Debemos plantearnos a la salud como un bien y un derecho colectivo. La participación que tenemos como sociedad, tiene un impacto notable en la evolución de la pandemia. Por tanto debemos asumir el cuidado propio y de las demás personas como una forma de preservar nuestra cultura.

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