El deep fake es un acrónimo del idioma inglés que es usado para expresar la magnificación de una mentira, que también es traducido como “ultramentira”. Ese término es usado de forma más común para referir una falsificación, descontextualización y/o manipulación de videos, con el objetivo premeditado de generar realidades virtuales alteradas empleando algoritmos de aprendizaje en ecosistemas de inteligencia artificial.

Varios políticos y celebridades del cine ya han sido víctimas de ese tipo de técnicas de manipulación de masas, donde se les exhiben en actos de pornografía y/o haciendo declaratorias contrarias a la realidad. Con esas técnicas se han manipulado ya a miles de personas que no tienen el expertise para distinguir videos reales de los que son falsos. Toda persona a quien se le quiera, de manera premeditada, cuestionar su reputación y profesionalismo puede ser objeto de una venganza mediática con esos recursos y ser sentenciada por la falsa democracia que ofrecen las redes sociales, porque enjuicían sin sustento y con la facilidad que permite estar detrás de una pantalla en el anónimato.

El deep fake es una técnica que ha evolucionado del fake news y que está siendo usada para denostar, mermar la credibilidad de políticos y de ciudadanos en general. En el ámbito político, Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de EU, fue objeto de señalamientos hace unas semanas luego que se difundiera un video editado donde parecía estar en estado de ebriedad y hablando del presidente Donald Trump. En pocas horas, el material digital apócrifo fue difundido en redes sociales y logró hasta cerca de 2.

4 millones de vistas, lo que también incluía las comparticiones hechas por adversarios políticos que aprovecharon las evidencias “reales” que la tecnología moderna ofrece; miles de usuarios no tenían duda de que Pelosi dio un discurso en completo estado de ebriedad y se señaló a la funcionaria a partir de ese video.

Como se ha indicado, esa herramienta tiene diversos riesgos en el ámbito político, porque un video editado puede acabar con la carrera de cualquier empleado público y, desde luego, de cualquier persona que sea sometida a ese tipo de prácticas, ya que erosiona la dignidad y honorabilidad de las personas.

En el ámbito de la política internacional, también hay peligros que pudieran desatarse por la difusión de videos falsos de algún representante de organismos internacionales, como por ejemplo de la OTAN o la ONU. Una declaratoria falsa de los líderes de esos organismos pude ocasionar conflictos que escalen y desaten guerras entre países, promuevan racismos y atenten contra la democracia local e internacional.

Frente a esos riesgos de la sociedad digital en la que vivimos, se debe normar el uso de las herramientas de inteligencia artificial y promover la creación de bases éticas y jurídicas que permitan una sana covivencia, pero sin atentar con la libertad de expresión y el derecho al acceso a comunidades tecnificadas.

Esa regulación digital es un proceso inacabado debido a la rápida evolución de la tecnología que ofrece cada vez más retos. Sin embargo, es necesario implementar acciones de gobernanza global para creadores y difusores de mensajes falsos que afectan la armonia social, genera conflictos y atenta contra la débil democracia de nuestros pueblos. En México, ya varios políticos han sido víctimas de esas estrategias de manipulación de masas, por lo que no estamos excentos a que en el corto plazo los triunfos electorales estén a merced del deep fake y que, en consecuencia, la mentira sea el lenguaje común de nuestras sociedades y que el que venda más mentiras, designe al que nos represente.

Los usuarios de ese tipo de contenidos digitales deben de educar sus sentidos y contar con mecanismos para filtrar la información que se consume y que se difunde para evitar ser manipulado y responder a interes de terceros sin darnos cuenta. En tiempos de confusión organizada no siempre debemos de creer lo que vemos y oímos.

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