A cada quien su tesis, en espera de la “post-verdad”. Para un segmento de la información cupular, el deseo de Trump de perseguir al Big Pharma, vinculado a la élite del Partido Demócrata, y que descuelga casi un billón al año, provocó que la devota católica Nancy Pelosi, aguerrida lideresa de la Cámara de Representantes a mayoría demócrata, lanzara el grito de guerra para defenestrar a Trump, arropada en un impecable discurso legaloide.

En mi más humilde sindéresis, Trump cometió un grave pecado capital, que le puede costar la vida, que versa sobre la persecución criminal por el Departamento de Justicia del mega-banco híper-mafioso JPMorgan Chase.

Lo obsceno es la intervención flagrante de la CIA para derrocar a Trump, quien ha cometido muchas pifias legales justificables de su defenestración (impeachment): desde el fétido “Ucraniagate”, donde fueron expuestos los intereses energéticos del establishment de EU, hasta el reciente “Chinagate”.

Aquí no importa la “legalidad” cuando tanto demócratas como Trump han incurrido en punibles falsedades.

Lo que vale, primero, son los votos del Partido Demócrata, que cuenta con la mayoría en la Cámara de Representantes, pero que, salvo volteretas y traiciones, no podrá pasar su impeachment en el Senado que requiere las dos terceras partes, donde el Partido Republicano reina omnipotente. Vale, en segundo término, la percepción de los votantes que castigarán en las elecciones a quienes juzguen más “mentirosos”.

Mientras Trump peligra de muerte, sea física o presidencial, vía el expedito impeachment, en el campo demócrata yacen ya dos cadáveres: la candidatura insostenible de Joe Biden, también ferviente católico, debido a las bribonerías criminales de su hijo Hunter desde Ucrania hasta China (aquí por 1. 500 millones), cuando ya empieza a apestar Adam Schiff, jefe del comité de espionaje de la cámara: vulgar títere de George Soros, coludido con el contrabandista de armas ucraniano Igor Pasternak, y quien aleccionó al fallido anónimo delator (whistleblower) de la CIA, según New York Times, rotativo adscrito al “deep state”.

En medio de una casi-guerra civil y de un casi-golpe de Estado de espionaje policiaco de la CIA, las comparecencias para el impeachment de Trump son “a puerta cerrada”, lejos de los multimedia que en su mayoría son lubricados por el deep state y abominan al presidente.

Dos jefes de los tres comités de la Cámara de Representantes, Adam Schiff y Eliot Engel, son financiados por George Soros, quien ha sido expuesto como un operador predilecto de la CIA por Wayne Maddsen. El mismo Trump acepta que el impeachment, con o sin razón (eso es lo de menos cuando se trata de una guerra civil legislativa), tendrá éxito en la cámara, pero que será desechado en el Senado.

Aquí lo que importa es qué tanto saldrá dañada la ya de por sí mancillada imagen de Trump por tantos escándalos, reales o montados.

Rob Urie, del portal alternativo de izquierda Counterpunch, articula en forma fascinante que detrás del “impeachment de la CIA” se encuentra la geoestrategia del control de los energéticos de Ucrania que enfanda a los Clinton, a Obama, a Joe Biden y a su hijo Hunter.

Mientras arde Washington, el anónimo delator contra Trump se está incinerando y la casi-candidata por el Partido Republicano, Elizabeth Warren –cuando el muy popular judío progresista Bernie Sanders acaba de sufrir un infarto que lo deja prácticamente fuera de la jugada– ha advertido que el whistleblower de la CIA puede ser asesinado, como presuntamente lo fue el pederasta Jeffrey Epstein, que en un retwiit Trump le endosó a Bill Clinton.

Aquí llama la atención que aún no haya corrido sangre, sin desearlo.

Esto apenas empieza cuando a la CIA se le quemó su delator anónimo, pero ya prepara a un segundo más eficaz.

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