Un niño de primaria, cualquier niño, pide permiso en clase para ir al baño. La maestra continúa, mientras él se cambia la ropa, alista un arma de fuego y se prepara para disparar contra sus compañeros. Después de terminar el asunto, se suicida.

Un niño acepta convertirse en asesino y está listo para quitarse la vida.

Cualquiera pensaría que la Secretaría de Educación Pública (SEP) tiene un concepto claro de “mala conducta”, pero a decir verdad no los veo alzando la voz para exigir un protocolo de contención al estrés o algún seguimiento psicológico especial. La consternación ha sido suficiente para enfocarnos en explicar lo sucedido como un hecho aislado.

El gobierno habla de fanatismos y videojuegos, las madres del amor de la familia, algunos acusan a la educación, otros a las estructuras sociales, a la ineficiente “operación mochila”.

¿A quién sirve realmente la narrativa de los problemas mentales, la sociedad decadente, la del gobierno responsable, las obsesiones o fanatismos?
Los únicos aliviados de la culpa detrás de la atrocidad, del temor de verse representados en ese horrendo potencial humano de crueldad, somos nosotros. Una vez explicado el crimen, el niño vuelve a ser solo un niño, tonto e inocente y nosotros volvemos a nuestras cosas. Nadie pierde los estribos.

Ahora, imaginemos que Trump es un muchacho cerca de sus 20 años y que sus declaraciones son un diario personal en donde leemos la palabra Irán, algunos ensayos sobre los mexicanos, el “make america great again” entre dibujos y garabatos. Al mismo tiempo, según ese joven, su compañero de clase Soleimani, a quien acaba de asesinar, era un monstruo que “debió haber sido exterminado hace tiempo”. Así podemos vislumbrar a cualquiera como Eric Harris, el famoso asesino de la masacre de Columbine en 1999. Tanto Trump como Harris tuvieron razones suficientes para obrar como lo hicieron. En el mundo de cada cual, la obra siempre es justa y necesaria.

Pero hay un límite: la tragedia. ¿Qué nos escandaliza realmente? ¿Lo sucedido objetivamente concreto o la eclosión de una flagrante consecuencia de nuestra propia estupidez?
Compadezco al niño, al mismo tiempo que le guardo un espacio de rencor. Sé que tal vez no pudo entender o siquiera preguntarse por qué de pronto le brotó esa pasión por el camino del asesino. Sin embargo, tampoco creo que una sesión de caricias y preguntas hubiera evitado lo sucedido ni el fármaco ni las prohibiciones burdas.

Ese niño elaboró una compleja decisión, como muchas personas a esa edad, y tiene el derecho de ser juzgado por las consecuencias objetivas de sus actos. La equivocación y la flaca costumbre de no “pensar el pensamiento” son elementos propios de la humanidad como también lo son la farsa y el autoengaño.

Pero todos son debates entretenidos de Facebook hasta que un niño consigue un rifle o aprende a hacer bombas caseras junto a intrincados planes y estrategias para “exterminar” a sus coetaneos. ¡Cuán brillante son las personas determinadas!
En esos casos, el espectador intenta explicar la tragedia siempre desde lo externo: los vagos diagnósticos disciplinarios, la pseudo ciencia, la débil fe del sermón dominical y los pendones de la comprensión sin fundamento. De esa manera parece tolerar el acto cruel: con una máscara de falsa humanidad.

De ahí que cuando en efecto sucede la tragedia, como los tiroteos en Estados Unidos, el niño de Torreón, aquel de Monterrey y en toda situación de crueldad, corremos despavoridos a encubrir la evidente flaqueza de la obra de la razón humana.

Por eso, los niños han de ser acusados duramente cuando cometen actos de crueldad, así como cuando sus pensamientos conducen hacia la violencia; la agresión no es un descuido, es una consecuencia de una serie de acciones encaminadas en última instancia hacia el daño. Esa es la virtud de regañar y reprobar al estudiante, al hijo.

Al final, una cosa es segura: la moral vigente oculta una tragedia mayor. Los “adultos” no sabemos cuestionar ni juzgar nuestras propias conductas y no podemos enseñar las posibilidades, límites y riesgos del pensamiento; ya no sabemos cómo interpretar el mundo, no nos interesa asir la realidad ni cuando nos es más propia.

Ese horrible silencio, disfrazado de opiniones masivas sin pies y sobre todo sin cabeza, es debido a que, de hecho, somos nosotros los que no tenemos un pensamiento propio, ya que no sabemos lo que estamos construyendo y esperamos, en secreto, que los niños entiendan que no podemos ayudarlos.

Comentarios