Desde 1974, cada 5 de junio se conmemora el Día Internacional del Medio Ambiente, fecha que se instituyó con la finalidad de concientizar a la sociedad sobre la importancia de cuidar los recursos naturales. Este año la conmemoración tiene un significado distinto al de otras ocasiones, ya que la fecha sirve como recordatorio de que la actual pandemia fue causada por la transmisión de un coronavirus de un animal silvestre al ser humano, lo que sucedió según todos los indicios por la alteración humana de los ecosistemas. Con base en esto me permito retomar una idea expuesta con anterioridad: gran parte de la humanidad se considera ajena a la naturaleza, siendo esto una gran contradicción cuando los humanos somos también seres biológicos.

Ahora bien, en esa distancia hacia lo natural llama la atención que el término medio ambiente sea empleado como sinónimo de naturaleza o recursos naturales. Es importante decir que el medio ambiente es un concepto que se refiere a factores biológicos y físicos de características propias de acuerdo al lugar de su existencia y que son transformados por la acción humana. Conforme a esto nosotros también somos parte del medio ambiente a pesar de que durante los últimos 200 años, a partir de la Revolución Industrial, nos hemos dedicado en mayor o menor grado a romper un equilibrio que había permitido la coexistencia de todos los componentes medioambientales.

Por otro lado, también hay que decir que existe una creciente conciencia sobre el efecto perjudicial de las actividades humanas en los recursos naturales; pero a pesar del cada vez más amplio conocimiento que tenemos sobre esto, no hemos atinado a lograr hacer algo relevante para detenerlo. Por el contrario, los principales acuerdos logrados por la humanidad para combatir problemas como el cambio climático, hoy en día están amenazados de caer en el abandono, debido a los cambios políticos a nivel internacional y nacional, mientras que el mundo se encamina nuevamente a un escenario de confrontación entre las principales potencias del mundo.

Pero a pesar de lo calamitoso que parece ser el momento actual, hay que reconocer que no toda la sociedad es depredadora. Así lo muestran los modos de vida de los pueblos originarios o indígenas, mucho más antiguos que la modernidad, quienes desde hace cientos de años aprendieron a coexistir con la naturaleza obteniendo de ella lo necesario para su subsistencia pero sin destruirla: agua, alimentos, medicinas, vestidos, material de construcción y espiritualidad. Por lo tanto, ante un probable colapso medio ambiental en el futuro de mediano plazo, esas poblaciones deben ser protegidas ya que en ellas se encuentran conocimientos y prácticas que serán necesarias para reconstruir lo que en este momento la sociedad no se preocupa por conservar.

A estos pueblos se debe sumar la labor de científicos y luchadores de la naturaleza, quienes realizan una labor titánica para evitar el colapso. Sin embargo, la voz de los primeros tiene poco eco y en el caso de los segundos, muchos de ellos han tenido que pagar un alto costo por defender a la naturaleza. Lamentablemente México no es ajeno a ello y junto con Colombia y Brasil, se ubica entre la lista de los países con más ataques, encarcelamientos y asesinatos en contra de luchadores ambientales.

Lo anterior es muy preocupante porque esta década será definitoria para la preservación de la naturaleza y requiere de todos los esfuerzos, sobre todo porque si no logramos algo relevante, para el año 2050 habremos superado los 1.5 grados de aumento global de la temperatura y con ello una serie de daños que podrían ser irreversibles. Pero asimismo también creo que la naturaleza nos tiene deparadas varias sorpresas porque justo ese es su carácter. Por ejemplo, el año pasado fue severamente seco en muchas partes del mundo y de México; particularmente en Hidalgo varias regiones resultaron con afectaciones rígidas y varios municipios de la Huasteca fueron catalogados como zona de desastre, por lo que la previsión de este año es que sería muy complicado en cuanto la disponibilidad de agua para consumo humano y para la producción agropecuaria.

Sin embargo, desde abril han venido cayendo lluvias tempranas en el estado, las que han permitido que ríos y manantiales nuevamente vean correr agua entre sus cauces y veneros. Esto es una maravilla porque permite contar con agua para lo que tanto se ha pedido durante esta pandemia: lavarse las manos con agua y jabón de manera frecuente. Pero no tenemos que confiarnos de la providencia de la naturaleza; hace casi una década que no llovía como en estos momentos lo está haciendo en aquella y otras regiones del país. Considerar que podría pasar otro periodo similar para que vuelva a llover como ahora está sucediendo, sería una catástrofe social y ecológica.

Asimismo no hay que olvidar que queda todo por hacer para que los pueblos indígenas tengan agua limpia y asequible. Cumplir con el derecho humano al agua y al saneamiento que en México está plasmado en la Constitución, es un punto de partida para lograr justicia y bienestar social para los grupos de la sociedad que desde tiempos centenarios aprendieron a coexistir con la naturaleza, siendo la clave asumirse como parte de ella y no como seres ajenos. No está por demás decir que esa justicia en realidad tendrá beneficios para todos, ya que al asegurar que los pueblos indígenas organicen, administren y gestionen sus recursos naturales la sociedad contará, por decir lo menos, con agua y aire limpio. La invitación entonces es asumirnos nuevamente como parte de la naturaleza.

Para finalizar, quiero comentar que lo aquí escrito fue parte de mis aportaciones al conversatorio virtual “Aprendizajes y acciones por un mundo sostenible después de la pandemia”, donde a propósito del Día Internacional del Medio Ambiente, junto con colegas de otras instituciones del país, hablamos sobre los escenarios socio-ambientales luego del periodo de emergencia sanitaria. En el caso de un servidor presentamos datos sobre la deficiencia en la infraestructura de agua para consumo humano y saneamiento en la microcuenca del Río Venado, que abarca partes de los municipios Atlapexco, Huazalingo, Huejutla y Yahualica. Lo que sucede en ese espacio ejemplifica una situación que se repite en otras cuencas del estado y del país: ausencia de mecanismos para incorporar a las comunidades en la gestión de los recursos hídricos, extracción de piedra, opacidad en el uso de los recursos financieros e infraestructuras no acordes a las necesidades locales. Hasta la próxima, por favor cuídense mucho que en nuestro estado el Covid-19 aún está causando muchos estragos.

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