Te levantas a la misma hora, con la piel y el cabello humedecidos. Tu esposa sigue profundamente dormida. Te bañas con torpeza. No tienes hambre, solo sed. Haces café cargado.

En la calle, el saco se adhiere a tu piel, te lo quitas y lo extiendes en el asiento del copiloto. El aire acondicionado solo escupe unas ráfagas tibias. Bajas el vidrio y te encaminas al trabajo. La gente va con lentitud. El tráfico aumenta. Tomas rutas alternas igual de saturadas. A diestra y siniestra, la gente conduce con el ceño fruncido. En la radio dicen que se espera el día más caluroso de la historia.

Veinte minutos de retraso.

Cuando llegas a la oficina ya te esperan en la reunión de resultados. El jefe no llegará, será una videoconferencia. Odias las videoconferencias, que la gente ya no se vea, que las llamadas telefónicas hayan cambiado por los odiosos mensajes de texto seguidos de dibujos con expresiones faciales. Quisieras volver a interactuar, pero no lo dices, temes que te vean resistente al cambio.

El espacio no mide más de tres metros y deben acomodarse 15 personas. El jefe saluda desde la terraza de su casa, se ve una alberca de fondo y él sentado ante una mesa de jardín. Está de buen ánimo. Saluda con una sonrisa amplia. Es tan solo unos años menor que tú y, sin embargo, luce jovial. Te avergüenza tu aspecto desprolijo, tu calvicie, la miopía, tu saco anticuado. Tal vez debes hacerle caso a tu nieta y tirar tus pantalones con pinzas. Odias tus lapiceros en la camisa, tu aire sombrío. La junta se prolonga por tres horas. El ambiente los va aprisionando. Mientras el jefe está en ese espacio perfecto, una mujer vestida con traje rosa y delantal blanco retira platos y coloca bebidas frescas. Al fondo de la escena, hay niños chapoteando en la alberca.

Se termina la reunión sin llegar a resultados.

Marcas el teléfono de tu esposa, ella te dice que pasará el día en casa porque el calor no se tolera. Te pregunta si ya comiste algo, mientes sin remordimiento diciendo que sí. Comes rápidamente unas galletas rancias que encuentras en tu cajón. Corres a buscar el material que te encargó tu nieta para su trabajo semestral. No puedes negarte, al final, que ella te necesite te hace sentir útil.

Llegas a la megapapelería que está a unas cuadras, el esfuerzo de caminar bajo los rayos del Sol es enorme, los pies parecen adherirse al cemento abrasador. Te refugias en la megapapelería que tiene el aire acondicionado funcionando a marchas forzadas, eliges los materiales de la lista. Sientes una opresión en el cuerpo cuando la suma corresponde casi a tu quincena completa. El joven que empaca se ofrece a llevarte las cajas hasta tu oficina, aceptas, no habrías aceptado en otros momentos porque odias dar propinas por actividades que puedes hacer tú, pero te sientes extenuado. Él carga las cajas, sale a la calle como si el repentino cambio de clima no lo afectara, a ti, sin embargo, te recibe como un golpe en la base del estómago. Abres la cajuela del coche y le extiendes una moneda que recibe con incredulidad, le das un billete chico que lo complace. Al consultar tu reloj te das cuenta que pasó ya la hora de la comida. Regresas a tu cubículo, encuentras en tus cajones nueces, panecillos y algunas galletas más. Suficiente, aplacas tu hambre. Te solicitan toda la información de la nómina actualizada en el programa de la computadora. Odias el programa de la computadora. Ya no pides ayuda, sacas tu libreta de notas en donde has registrado las capacitaciones que has recibido y los consejos de tus colegas 30 años menores que tú. Nadie te supera en los cálculos mentales y, sin embargo, parece que te estás convirtiendo en un mueble estorboso. Unos meses más debes resistir para jubilarte. Te aferras a ese pensamiento y sigues la segunda parte del día entregado a la asfixia y los números.

Terminas por fin tu trabajo, lo imprimes y se lo extiendes a la encargada de nómina, sin mirarlo, te solicita que le envíes el archivo por correo electrónico. Odias el correo electrónico, los muchos mensajes que recibes en la mañana y que se triplican a lo largo del día. Y le pones copia al jefe. Remata la mujer de nómina sin darte opción de chistar. Retomas tus anotaciones de cómo mandar un correo y poner el archivo. Una labor que te deja fatigado y que al resto del equipo parece no costarle trabajo alguno.
Sales una hora tarde.

La ciudad sigue empantanada por el calor. El aire acondicionado no enfría y vuelves a bajar tu ventanilla. La lentitud aumenta y la gente ahora, malhumorada, suena las bocinas de sus coches. Avanzas como si condujeras entre lava hirviente, densa, gelatinosa, destructiva.

Hora y media para conducir 10 kilómetros.

Llegas a casa, no sin dificultad bajas en dos tandas los materiales de tu nieta. Tu esposa te espera con la cena, comes hambriento y repites dos veces. Ella te dice que no comas tanto ni tan rápido, por eso estás tan gordo, que recuerdes lo que te dijo el médico, que mastiques 28 veces. La ignoras. Bebes un vaso de refresco con hielo, te quitas los zapatos y caminas descalzo. Hasta ahora te sientes mejor.

Llega tu nieta directo a ver las cajas. Te dice que no compraste todo lo que te pidió, que te escribió la lista, te grita, te reclama. La tranquilizas prometiéndole que mañana lo resuelves, ella brama que le estás quitando tiempo a su proyecto y la van a reprobar. Tu hija está ahí, al lado, la abraza como si consolara a tu nieta por tener un abuelo estúpido, incapaz. Entonces la punzada de nuevo, ahí en el brazo, en las entrañas y de pronto todo es oscuro.

No es un jovencito, dice el médico a lo lejos. Abres los ojos y estás ahí, en un cuarto blanco, dividido por cortinas, el bip bip de los aparatos te desorienta. Tu esposa está sentada a tu izquierda. “Siempre le digo eso, pero, mírelo, no para”. Cierras los ojos nuevamente. Sientes tu cuerpo sudoroso. No estabas preparado para el día más caliente de la historia.

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