El 5 junio se conmemoró el Día Mundial del Medio Ambiente, que es celebrado desde 1973 con motivo de haber sido el día en que se llevó a cabo la primera reunión mundial sobre el medio ambiente, encabezada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La ONU, como organismo mundial, ha logrado promover una conciencia ambiental sustentable a nivel planetario; sin embargo, la agenda a la que dio origen esta organización mundial ha sido envenenada por intereses ajenos al ambientalismo que se pretendió promover y cuyos efectos ahora los vivimos trágicamente con la actual pandemia. La agenda ambiental fue contaminada y sustituida por la agenda del neoliberalismo.

Para decirlo más clara y contundentemente, la ONU y sus esfuerzos por establecer una agenda ambiental planetaria terminó por desterrar los verdaderos intereses del naciente ambientalismo y, lenta, pero de manera firme, su lugar fue poco a poco ocupado por la agenda económica neoliberal que impuso una economía salvaje de mercado en todo el mundo. Cuando el ambientalismo empezó a cuestionar el desastre ambiental causado por la sociedad industrial y mostró las implicaciones a las que irremediablemente llevaría, con una potencia y legitimidad que ofrecían las evidencias que por doquier se presentaban, las élites mundiales establecieron una estrategia para esterilizar e inmunizar al modelo de sociedad industrial contra los movimientos ambientalistas.

La reunión mundial sobre medio ambiente, celebrada e impulsada por la ONU en Estocolmo, Suecia, en 1972, fue el primer esfuerzo por retomar y apropiarse de la agenda ambiental y de los señalamientos que se dirigían al modelo de sociedad industrial capitalista, desde algunos ámbitos entre los que se encontraban filósofos de la naturaleza como el sueco Arne Næss (1912-2009) creador de la filosofía profunda. Esta corriente, señala Raúl Pérez Verdi “…centra su posición en la conservación integral de la biosfera: ningún aspecto constitutivo de la biosfera debe ser tocado por las actividades del hombre, salvo en caso de urgencia. El hombre no posee ningún derecho sobre los recursos naturales. Por el contrario, los elementos no humanos poseen derechos que el hombre debe respetar. Las consideraciones éticas se extienden así a la naturaleza entera y valen para siempre…”.

Una segunda corriente, llamada conservacionista, igual planteaba una propuesta bastante radical con respecto a lo que ahora domina las creencias relacionadas con el ambiente. Citamos al mismo Raúl Pérez Verdi: “ve en los recursos y en los problemas del ambiente una restricción para el crecimiento económico. Sugiere que este deberá detenerse de buen grado o por la fuerza. Estos son los partidarios del crecimiento cero o del estado estacionario. Se trata de un punto de vista antropocéntrico… se distingue (de la ecología profunda) por su preocupación por mantener una base de recursos naturales. Las consideraciones éticas intergeneracionales dominan netamente a las preocupaciones intrageneracionales y conducen a sacrificar el crecimiento presente en aras del beneficio de las generaciones futuras”.

En México, surgieron figuras como Enrique Leff. Ahora, teniendo como dominante a las corrientes económicas sustentables o sostenibles, se ha tratado de ridiculizar o interpretar las discusiones que en su tiempo abordaron estas corrientes, a veces con bastante mala voluntad. Pero, por el momento, es importante destacar para efectos de esta entrega periodística una cosa: su visión irreconciliable con la sociedad industrial. Entonces, en el contexto de la posguerra, se presentaron ante las élites mundiales una amenaza directa contra el modelo occidental implantado en todo el mundo desde Europa; segundo, una amenaza latente que era la existencia del bloque comunista y, un tercero, una caída de las tasas de ganancia a las que llevaba y conducía los beneficios que esta misma sociedad tuvo que hacer para evitar que la clase obrera se desviara hacia el modelo comunista.

Las élites mundiales, como señala Harvey, se lanzaron en una cruzada por recuperar el poder y su hegemonía a nivel mundial, lo que implicó un juego de estrategias económicas, tecnológicas y geopolíticas. El neoliberalismo, para recuperar las tasas de ganancia basados en la explotación de fuerza de trabajo barata; la promoción de la revolución tecnológica ocurrida con los sistemas computacionales y la incorporación del potencial mercado mundial más grande del mundo a la esfera capitalista: China y la India. Pero igualmente apropiarse de la agenda ambiental que se dirigía a cuestionar de manera directa y tajante al modelo de sociedad industrial.

Aquí cabe una pregunta: ¿las élites eran conscientes del peligro que implica la crisis ambiental que se presentó de manera evidente en la segunda mitad del siglo XX? Sin duda, pero las élites reaccionaron bajo la lógica del sistema al que pertenecen y lo hicieron con la misma sagacidad que caracteriza a esta clase desde su nacimiento, aunque como ahora les vaya la existencia misma, aunque no a todas los subgrupos les queda esta aseveración: tomaron en sus manos la agenda ambiental y ecológica y se lanzaron en una aventura que implicó eliminar las banderas del ecologismo y ambientalismo radical y las sustituyó por una que pudiera combinarse con su propia agenda empresarial y que no cuestionara al modelo de sociedad occidental.

Para ello, encontraron a un organismo como la ONU cuyas características se ajustaban a sus intereses que no habían podido prosperar, debido a que eran esfuerzos individuales o de grupo que intentaban otra manera de fundamentar la crisis ambiental, además de distanciarse de las agrupaciones conservacionistas o de la ecología profunda, biocéntrica. La ONU hace un llamado a todos los gobiernos del mundo y, aunque con cierta resistencia de las naciones clasificadas como tercermundistas por aquellos tiempos, finalmente pudo imponer una agenda en la que primero incorporó el problema de la ciudad, la educación ambiental, el problema de la población y los problemas de pobreza y hambre para luego orientar la ofensiva a través del incorporar el concepto de “sustentabilidad”.

El libro promovido por el Club de Roma, titulado Los límites del crecimiento, fue el inicio claro de que la ofensiva de las élites era colocar como eje de las preocupaciones ambientales no a la sociedad industrial sino a la población y los recursos finitos con que cuenta el planeta. A este le siguieron El Informe Brundtland, que hizo visible un nuevo elemento: el sentido de culpabilidad dirigido a las naciones del tercer mundo y la población pobre como responsable del deterior ambiental. De ahí, faltaba un paso y lo dieron: la economía (es decir, la sociedad industrial), debería ser sustentable. El fin de los cuestionamientos a la sociedad industrial llegó de la mano de la sustentabilidad. Ahora, la economía debería actuar sin sentimiento de culpa, la sustentabilidad le dejaba el camino libre para destruir sin resistencias al frente.

Las reuniones de Río (1992), legitimaron la sustentabilidad; Johannesburgo (2002), se incorporó el financiamiento para el “desarrollo sustentable”, el pleno del BM y el FMI; 2012, otra vez Río, pisaron firme las empresas guiadas por las tecnologías verdes.

La agenda ambiental y ecológica se envenenó con dinero y sustentabilidad… La actual pandemia es su manifestación más evidente.

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