Eugenia Debayle nació en Nueva York, pero cuando era apenas una niña vino, junto con su familia a México, donde vivió y creció. Sus padres son de Nicaragua, pero de ascendencia francesa.

Estudió ciencias de la comunicación en México y, más adelante, mercadotecnia musical en la Universidad de Nueva York. Ha hecho estudios de historia del arte y de edición.

Así consignada parte de su preparación parecería un episodio de la fundadora de The Beauty Effect, plataforma digital de contenido de belleza a la que dedica la mayor parte de su tiempo, y que la ha convertido en referente y líder de este tema en México.

Pero hay algo más, que revela en su libro Mi día negro, que no deja de ser historia y ejemplo para jamás darse por vencida.

De su obra, precisa. “Este libro está dedicado al hijo que enjunca fue, mi intuición me dice que ibas a ser niño. Gracias por enseñarme que soy más fuerte de lo que pensaba”.

Después sus expresiones son dramáticas y dolorosas.

“Todos hemos pasado por duelos. Y no hablo solamente de muertes, sino de todo aquello que se nos escapa de la vida y nos causa dolor e infelicidad. Así me pasó: Lo perdí todo, incluso a mí misma. El horizonte se me nubló.

“2016 parecía el mejor año: The Beauty Effect, mi plataforma, se consolidaba como el referente de belleza en México, estaba a punto de casarme e iba a ser mamá. Pero un suceso lo transformó todo. Fui a una revisión médica y no salí del hospital en meses. Mi corazón se detuvo por tres minutos, estuve 20 días en coma y dos años en rehabilitación. Me rompí.

“¿Cómo se sobrevive cuando lo pierdes todo? No podía comer ni hablar, no recordaba dónde estaba, ni entendía por qué mi cuerpo no me respondía. Me morí. Pero ¿sabes qué?, renací. Junté las piezas de lo que quedó de mí y reconstruí a una nueva mujer, a una nueva Eugenia.

“Hoy estoy lista para contar mi historia. Por primera vez, sin secretos. La comparto porque deseo que en ella encuentres la fortaleza para vencer tus duelos, para que las lágrimas cedan el paso a las risas, para que sepas que siempre, siempre se puede aprender del dolor”.

El doctor Enrique Monares, intensivista a cargo, del caso de Eugenia. Hace una referencia. “He visto muchos corazones dejar de latir para siempre. He visto corazones dejar de latir y volver a palpitar de tal modo que sus dueños y familiares hubieran preferido que no volvieran a hacerlo. Solo he visto un corazón dejar de latir, para funcionar más fuerte y hermoso. Ese es el corazón de Eugenia”.

El texto se divide en tres partes. Y da luz sobre la causa de su problema “Según entiendo, mi corazón quedó agotado. Fue el que más sufrió porque, de hecho, fue la razón por la cual pasó todo esto. En pocas palabras, me dio un paro cardiaco. Mi corazón dejó de trabajar. Un infarto que después derivó en una falla multiorgánica. Fue tan, tan, tan grave lo que pasó que me provocaron un coma inducido. En los expedientes la llaman muerte clínica. “Cada segundo que pasé así, para mí fue un retroceso. Todos esos días empezaron a suceder cosas muy complicadas. Los riñones ya no estaban funcionando. El cerebro dejó de recibir oxígeno. Yo tenía un doctor para cada cosa. Neurólogo, angiólogo…, you name it. Hasta un especialista que se encargaba de mi pierna, que se empezó a gangrenar por falta de irrigación. Toda negra, realmente negra, calcinada.

“Cuenta mi familia que uno de los días más shokeantes, fue cuando el doctor les dijo abiertamente: ‘Hay dos opciones: o Eugenia se muere o queda en estado vegetal.

“De pronto, un día, mis órganos vitales se empiezan a recuperar; mi cuerpo empieza a responder muy bien al tratamiento”.

De esta forma, la paciente paulatinamente empieza el esperado regreso a su existencia. Lo expone con tanta honestidad, el paso a pasito hacia adelante que obtiene, de ya, el beneplácito del lector.

Escritura fluida, fácil hasta llega al anhelado epílogo, que ella cuenta a lo largo de su particular historia.

De Editorial Planeta, la primera edición es del pasado octubre, 2019.

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