Dos cosas muy bien sabidas por todos los conocedores de Stanley Kubrick eran su pasión por la literatura y la devoción melómana que desde siempre lo distinguieron a donde fuera. Tras el estreno de 2001: Una odisea espacial, sumada a Lolita y el Doctor Insólito, el calibre de Kubrick no estaba en tela de juicio bajo ningún concepto, pero la apertura de La naranja mecánica sigue siendo una de las grandes proezas en la historia del cine.

En una clave fina, de una sutileza que demanda ser nativo del Reino Unido, haber estudiado música, conocer bien la novela o leer un libro especializado, La naranja mecánica comienza, pese a tratarse de un arreglo de Wendy Carlos, con Música para el funeral de la reina María, de la que solo se interpreta el primer movimiento, “La marcha”.

El grado de libertad que tiene esa pequeña porción de la película es la declaración más amplia del dominio del director sobre su obra, así como la extensión de sus poderes en calidad de realizador, ya que en lugar de un prólogo narrado en el que se habla de un futuro donde la juventud ha perdido todo el control y las instituciones buscan cómo recuperarlo, la metáfora se resuelve en una frase: “la realeza ha muerto y nosotros estamos en su lugar, somos sus herederos”, con Alex y sus tres drogos sentados en el bar Korova, mientras se reproduce el arreglo de Purcell como música de fondo.

La anécdota de la pieza es por sí sola demoledora. Purcell, contemporáneo de Daniel Defoe, sobrevivió el azote de la peste bubónica con apenas seis años, mientras Defoe tenía cinco. La muerte barrió con Europa y dos de los creadores más grandes en la historia del Reino Unido, fueron no solo testigos, sino supervivientes de los decesos que acabaron con una porción importante de Bretaña.

Más interesante todavía es que quienes superaron esa cuota de muerte pasarían sin saberlo al pabellón de la batalla entre la reina Isabel y Felipe II, después de que la casa Tudor estuviese al frente del gobierno, con un paréntesis entre el reino Isabelino y los estragos de Cromwell. No obstante, el periodo que media la publicación de Diario del año de la peste, previo a Robinson Crusoe y Moll Flanders es uno de los más controvertidos en la historia de la literatura.

Mientras Robinson Crusoe continúa como una de las grandes obras de la literatura universal, es haciéndole sombra al magistral Diario…, que siempre queda debiendo bajo el concepto de que Defoe no estaba en edad para ser ciudadano consciente, por ello no se trata de una crónica fidedigna sino inventada, así como el hecho de que su prosa es apurada, sin los refinamientos de su obra posterior.

Otro aspecto que remata con dolor la narrativa del Diario… está en el hecho de contar cómo los terratenientes con recursos huían de las muertes en la ciudad para refugiarse en villas apartadas, sin saber que sus desplazamientos ampliaban la acción de la peste; de la misma forma, aquellos que con valor desmesurado se mantenían en sus oficios, así como al servicio de sus patrones, en algunos casos por encima del cuidado de su propio bienestar.

Es muy interesante que ahora en tiempos del Covid-19 El Decamerón de Boccaccio, La peste de Albert Camus y Los cuentos de la peste de Vargas Llosa, hayan ganado prestigio por la idoneidad con los hechos reales, pero el Diario del año de la peste solo ha sido revisitado en Europa y parte de Sudamérica. El resto del mundo parece ignorar su existencia.

Ficción, una característica de esta porción de la obra de Defoe, es la manera en que con sus recursos por demás abundantes, aunque se dice que solo son producto de la mano de un gacetillero, logró armar una versión narrada en primera persona, con un tacto analítico, aunque tomando la debida distancia, pero de tal modo calculada, inteligente, que se pensaría sí fue parte de la experiencia vital del adulto que se volvería clásico literario.

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