El Díaz de León

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independiente

“El que se va se
lleva su memoria
Su modo de ser río,
de ser aire
De ser adiós y nunca”
Rosario Castellanos

A medida que el tiempo transcurre y la vida se nos va yendo y se llega como yo a la tercera edad, como dicen algunos cursis con afán de no lastimar a uno, se recuerdan con mucha claridad sucesos de la infancia como si hubieran sucedido antier, y en cambio no se llega a recordar lo que pasó ayer.
Y viene a cuento porque cuando yo era muy niño, en mi barrio había muchos cines, al menos eso era lo que a mí me parecía.
Frente a mi casa estaba el cine Cervantes y a unas cuadras además de el Goya, el Mundial, el Teatro del Pueblo, el Máximo y el Rívoli; y cuando había una cartelera atractiva en cualquiera de ellos, solía llevarnos a mi mamá y a mí, mi papá, la tarde de los lunes, ya que ese día invariablemente era feriado para él y no trabajaba. Era san lunes, pero habrá que consignar que mi papá trabajaba todo el sábado, por eso se tomaba el lunes.
Mi madre preparaba suficientes y riquísimas tortas para los tres y llegábamos a las 16 horas dispuestos a ver tres películas por un peso. Eso costaba la entrada.
Desde siempre me gustó el cine, y en todas esas salas mi desprotegida mente infantil asimiló muchos churros, mismos que podría narrar con lujo de detalles y no resisto la tentación de consignar por lo menos uno de ellos.
La película se llama La virgen que forjó una patria, desde luego se trataba de la virgencita de Guadalupe, donde “actuaba” un inefable actor llamado José Cibriain, que hacía el papel de Juan Diego, el momento cumbre de la película era cuando el indígena ante el mero mero chipocludo de la iglesia despliega su ayate, caen de él varias rosas y aparece la figura de la virgen; el indio pone cara de entre humilde y retrasado mental que arrancaba las lágrimas del respetable. Pero lo más desconcertante para mí, era que el público aplaudía, como si se sintiera obligado a hacerlo cada vez que aparecía la imagen de la virgencita en la pantalla. La película era tan mala que creo que influyó negativamente en mí, razón por la cua´l creo no ser creyente. A mí me causó el efecto contrario al esperado por los que realizaron el churrazo.
El cine Díaz de León era un cine grande como todos los de esa época, tenía luneta y galería en forma de herradura como en los teatros de postín.
Ñeros y proletarios abarrotábamos las butacas, aunque hay que consignar que en la puntas de la herradura de la galería, eran bancas corridas por lo que a uno, al sentarse hombro con hombro, le quedaba de lado la pantalla y salía terminada la función, con dolor de cuello. Algunas veces nos tocó sentarnos allí al no alcanzar lugar abajo.
En esa zona las bancas iban en orden ascendente, por lo que la ubicada junto a la pared era la más cómoda, pues podía uno recargarse, así como la que estaba hasta abajo, ya que tenía una bardita a media altura con un barandal de tubo donde podía uno recargar el cuerpo hacia adelante, con la cabeza sobre los brazos cruzados. Este lugar era mi preferido, aunque el tubo me quedaba a la altura de mis ojos dada mi corta estatura y tenía que agacharme para ver la película.
Una vez que transcurría la función iba subiendo la temperatura, el calor era agobiante dentro de la sala y allá arriba, en la galería, el calor era comparable a un baño sauna y más aún cuando se acababa la Pepsi que llevaba mi mamá justo en la segunda película. Así que para la tercera no exagero si les platico que en lo oscuro y a la luz que reflejaba de la pantalla se podía ver claramente el humito de calor que despedía la gente de luneta, acompañado del característico olor de la mugre.
El llanto de los muchos niños de pecho que asistían llevados por sus padres, más la tos de fumador de algún ancianito, servían de fondo musical a la película.
En ese clima dantesco, justo cuando gruesas gotas de sudor resbalaban por mi frente, se escuchaba una voz que salía de la oscuridad como un murmullo que decía: paletassss…paletassss… era la voz de un beduino en el Desierto del Gobi.
Haciendo malabares para no pisotear a la apretujada gente, aparecía la gorda figura de un hombre con filipina blanca, que bañado en sudor, cargaba un cajón de madera lleno de paletas de limón.
Daba paletas a quien le compraba, regresaba cambio -siempre me pregunté cómo distinguía los pesos y monedas en la oscuridad- y descendía banca tras banca hasta la última, pero aquí se trepaba a la bardita y caminaba por la orilla, deteniéndose con la espinillas de sus piernas del delgado pasamanos de tubo, hasta el final de la herradura, donde abajaba el negro abismo. Su obesa figura se recortaba en negro contra la pantalla dos veces, de ida y de vuelta por el pasamanos, y yo, yo dejaba de ver la película aterrado, pegado al asiento y sudando aún más por los nervios. Mi temor era que ese hombre se cayera, se matara y apachurrara a algunos allá abajo, en la luneta.
En mi mente infantil imaginaba cómo iría su humanidad cayendo en cámara lenta junto a su blanca filipina y el collar de monedas en el aire, más el cajón de las paletas, brillando con la luz de la pantalla. Esta imagen me causaba tal desazón que me acompañaba por el resto de la función hasta bajar las escaleras y salir del cine de la mano de mi padre. Caminábamos de regreso a la casa y al dormirme tenía yo pesadillas.
Nunca se lo dije a mis padres, no sé por qué. No lo sé ni ahora que lo cuento. Ese recuerdo aún me hace cosquillas en la columna vertebral. Este recuerdo quizá haga las delicias de alguna de mis nietas que sea psicóloga.
Cuando tiraron ese cine, en ese terreno construyeron una escuela secundaria, a la que pasado el tiempo necesario, ingresé como maestro. Y no me crean, pero a veces estando en clase, al recordar que ahí había estado el Díaz de León, ese terror me asaltaba de vez en cuando.
El ser maestro en esa secundaria fue mi primer trabajo en el gobierno…
Pero esa es otra historia.

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